lunes, septiembre 19, 2011

Tres formas de perder la cabeza

La oscuridad del bosque es tan densa como un pastel de tres chocolates, camino junto a las vías de tren más tétricas que haya visto nunca, pisando a saber qué, tal vez hojas muertas de un árbol que ya no existe o crujientes cucarachas que fueron buscando un lugar donde morir. Camino junto a las vías como si fuera un río muerto y contaminado, donde sólo habitan zapatos, latas de cocacola y condones con nudo.

Respeto mucho a esas vías, que me susurran un graznido con desprecio, tal vez me estén insultando. Acerco mis oídos a ellas y su silbido punzante me chilla que un tren se acerca, aunque aún está lejos. Es el momento de coger al toro por los cuernos y al tren por la chimenea. Tengo miedo, claro que tengo miedo, y eso es bueno, ¿acaso no es el miedo el brazo más fuerte con el que me agarro a esta vida? Me pongo de pie sobre las vías y escupo en ellas un lapo de varios centímetros de radio. Sonrío tenuemente – el tren va a derrapar, digo –.

Me meto las manos en los bolsillos y me voy a mi sitio favorito de la vía, justo donde está la curva más cerrada, andando por uno de los raíles creyéndome un malabarista perdedor. - ¡Y sin red!, grito, sacudiendo una sonrisa que no proyecta nada de luz - Nunca me he explicado cómo coño se las apaña un tren para tomar esa curva – reflexiono cuando dejo de sonreír como una maldita hiena -.

Acerco de nuevo la oreja a la vía, el raíl casi me muerde la oreja con un chirrido eléctrico y perforador. Ya casi está aquí el tren. Pasajeros al tren.

Me llamo Marcos, y estoy a punto de perder la cabeza.

Me pongo en mitad de la vía, con unas manos cobardes que se esconden cabizbajas en mis bolsillos. Mi pupila se sale de las órbitas al ver, ya no tan lejos, el foco del tren que se acerca como una manada de velociraptores intentando arrancarme a dentelladas la vida. Trago un depósito de saliva mezclada con un puñado de mocos y que hubiese preferido escupir. Me tiembla el pulso y mis pulsaciones rozan las 160 por minuto. Mi pies dudan y quieren salir corriendo, mientras yo les ordeno vehemente que se queden donde están, como si fueran un par de perros malcriados. El tren se acerca y empieza a pitarme – Es porque soy guapo, rico y muy bueno, me digo para espantar al miedo, aunque es tan efectivo como intentar derrotar dragones con cazamariposas -. Mi esfínter anal pierde el pulso – esto sí que es un pastel denso de tres chocolates, me digo -. Mi vejiga explota en un recuerdo húmero entre mis piernas. No me muevo de las vías. El tren está a unos 200 metros. Aprieto los dientes y me trago los empastes, las fundas y una muela del juicio. Saben a sangre, arena y barro. El tren está a unos 100 metros. Y yo estoy quieto en mitad de la curva relampagueante. Un torbellino de adrenalina se apodera de mi sistema circulatorio. Tengo una erección de caballo en celo – no por lo largo, sino por lo eficaz -. El tren está a 50 metros. Cuanto hacia atrás desde cinco. Cuando llegue a cero saltaré y caeré sobre las hojas muertas o las cucarachas como un saco de mierda. Cinco… el foco del tren me mira como un cíclope imparable… cuatro… noto como trozos de carne de la palma de mi mano pasan a formar parte de mis uñas de gato manso… tres… mi corazón empieza a quemar el leño rojo… dos… mis pies quieren saltar, salvarse, pero no se atreven a desobedecerme, son aún más cobardes que mis manos… uno… me corro encima, adornando el recuerdo húmedo… cero… salto justo a tiempo y evito el tren. Respiro aliviado en el suelo, que me recoge con sus manos rocosas y asquerosas. Tirito de miedo, pasión o frío. Mis manos tiemblan como las alas de un colibrí harto de cafeína. Mis pies están dormidos, como si un millón de hormigas carnívoras se estuviesen dando un festín a mi costa. En fin, que me siento vivo de nuevo, me siento feliz de nuevo. Hora de volver a casa.

Estás en la barra de un garito que no sabes ni cómo se llama, como te gustaría que pasara con tus amantes… si los tuvieras. Sientes que no estás, que no respiras. Que no tragas ni palpitas. Sientes que no sientes nada, que es la peor de las cosas que puedes sentir. Necesitas algo diferente que te estimule, un golpe de efecto que te descoloque y te desmarque de una vida que no sientes como tuya. Necesitas hacer algo urgentemente porque el aire ya no cala en tus pulmones coloreados con un amarillo nicotina. Te bebes de un sorbo el gintonic que te has pedido, aunque la tónica sigue entera. Te vas al baño, esperando encontrar un poco de aliento, un poco de salsa para tu sosa vida. Ves el espejo inmenso que tiene el baño. Te ves en él y no te gusta lo que ves.

Te llamas Rosa, y estás a punto de perder la cabeza.

Te apartas un poco del espejo, que casi te insulta con lo que te enseña, porque la verdad es el arma que más duele, que más se clava cuando te atacan con ella… porque difícilmente tiene defensa eficaz. Te alejas otro poco, para verte un poco difusa, para que el color de ese cristal con el que te miras sea un poco distinto, como si alejándote la luz fuese a mostrarte otra cosa. Y parece que lo consigues, parece que ya no eres tú quien está delante del espejo sino alguien mejor. Alguien que siente. Te muerdes los labios escasos de besos, te clavas los dientes hasta saborear el cálido paladar que tiene tu sangre. Tocas tus senos, que empiezan a endurecerse y a querer asomar como un pollo recién salido del huevo. Te gusta lo que ves en el espejo: alguien que siente. Tú jamás sientes, y te machacas por ello. Notas un ruido en algún lugar del baño. Eso te excita y casi ruegas que entre alguien. Alguien que te bese: que te haga sentir.

Te buscas entre las piernas, donde tienes un pequeño oasis que casi siempre es un espejismo. Esta vez no es un espejismo. Esta vez sientes. Tal vez porque lo que ves en el espejo no es la realidad. Pero te da igual. Sientes. Acaricias tu botón y formas pequeños círculos, como rodeándolo. Escribes la palabra deseo sobre tu abdomen y deseas con todas tus ganas tomarte un sorbo de ti usando tu ombligo como vaso improvisado. Tu garganta ruge, tus dientes desean arrancar un poco de sabor carnal de un aire cargado de tabaco. De repente alguien abre la puerta, tu cuerpo se pone en tensión, gimes derramando un susurro que llena el baño de destellos. Miras al espejo y ves a alguien feliz, a alguien que pierde la cabeza por ganarle a la vida un racimo de sentimiento. Quien quiera que sea decide no entrar. Tal vez te ha visto, tal vez le ha surgido otra cosa. Ya no te importa: ya sientes. Y pierdas la cabeza mientras te corres y disfrutas de la imagen que ves en el espejo. Te retuerces de placer como una cometa luchando contra un tornado.

Te sientes viva de nuevo, te sientes feliz de nuevo. Es hora de volver a casa.


Siempre la ha gustado mucho su nombre. Aunque es de las pocas cosas que le gustan de ella. Le dicen que es demasiado controladora para ser feliz. Que no arriesga nada. Que nunca muestra sus cartas ni pronuncia una palabra más alta que otra. Que la mayor locura que ha hecho ha sido no pagar una multa en los primeros 15 días. Se siente avergonzada por ello, pero es que tenía a su hija en el hospital y no podía ir a pagarla. Tuvo que conformarse con pagarla a los 20. Su vida está llena de huecos de experiencias que no podrá llenar fácilmente Ya no sabe qué hacer para salir de esa jaula autoimpuesta de control, de riesgo cero y apuestas seguras en la que se ha encerrado. Hoy quiere cometer una locura: Va a ir a un concierto de Dream Theater. Apuesta arriesgada teniendo en cuenta que sólo ha ido a conciertos de Los Pecos. Disfruta de las canciones, de los combates a muerte de John Petrucci contra una guitarra atronadora y maravillosa.

Se llama Jimena, y está a punto de perder la cabeza.

Mastica un chicle sin azúcar que se deshace entre sus dientes. Se lo traga, nerviosa, porque está a punto de colarse como una vulgar loca en el escenario. La noche es fría y clava sus rayos de hielo sobre su fina piel. Se aparta de la muchedumbre y se desnuda entera dejándose sólo una máscara que le tapa parte de la cara. En sus tetas escribe: “Kevin, quiero un hijo tuyo”. Sueña con vestirse e irse. La parte razonable de tu cabeza que siempre te ha dominado se deshace como un chicle sin azúcar entre tus dientes. Pero sus ganas de salir por una vez del tedio, de su jaula, de tomar un puto sorbo de aire fresco pueden y le animan a cometer la locura. Sueña con que huye volando, con que el universo va a protegerla de todo. Se da una guantada y se convence de que ella es la única que puede protegerse. Reúne el valor que le queda a regañadientes y sale al escenario. Desnuda como los deseos más tiernos de un bebé. Desnuda como un pequeño pájaro que quiere volar sin apenas plumas. El concierto para. Se hace un silencio casi completo. Se escuchan algunos silbidos, no, lo que se escucha es un tren a lo lejos, se escucha un gemido de una chica saciándose. Se escucha, por fin, el sonido metálico de una jaula y unos grilletes que se rompen. Todos la miran y, de repente, se quita la máscara. Kevin, el cantante de Dream Theater, deja de cantar y le aplaude. Todo el mundo le sigue. Todo el mundo le aplaude.

Se siente viva de nuevo, se siente feliz de nuevo. Es hora de volver a casa.

1 comentario:

flux dijo...

Es genial! Me ha gustado mucho tu trilogía... Espero que para sentirte vivo no tengas que perder nunca la cabeza... TQ.