domingo, agosto 31, 2008

Spiderman, Tomo 22 Panini




Y con esta reseña espero dar por cerrado mi ciclo de reseña-protesta en la que muy poco o nada he contado sobre el cómic, simplemete me he despachado a gusto. Aunque bueno, quizá siempre lo haga así.


Tienes su máscara, pero no su marca, ni su huella. Tienes sus sentidos y sus instintos, pero no tienes su tacto. Tienes su cara, pero no su cruz, ni sus cruces. Tienes su fuerza, pero no su aliento, ni su rabia. Tienes su luz pero no sus sombras, ni sus penumbras, ni su parte oscura. Tienes su fuego, pero no su hielo. Tienes su traje, pero no tienes su alma, ni tienes sus adentros. Tienes su nombre pero no su identidad. Tienes su voz pero no sus silencios. Tienes sus trucos pero no su magia. Tienes su velocidad pero no su aplomo. Tienes sus puños pero no su pegada. Tienes su mundo pero no tienes casi ninguno de sus puntos de apoyo. Tienes su azúcar pero no su sal. Tienes sus golpes pero no su swing. Tienes su mente pero no tienes su anhelo. Tienes sus colores pero no sus pasiones. Tienes su calma pero no su tempestad. Tienes su sol pero no su luna. Tienes su apellido pero no su símbolo, no tienes lo que representa. Tienes su mar pero no tienes sus ríos que lo vertebran. Tienes su todo, pero no sus todos. Tienes su nada, pero no su nadie. Tienes su voz pero no tienes su palabra. Tienes su tronco, pero no su madera, ni su raíz. Tienes su paz pero no sus guerras. Tienes sus pies pero no su pisada. Tienes su imagen pero no su reflejo. Tienes su altura, pero no tienes su base. Tienes sus ojos pero no su fe, ni su esperanza, ni siquiera tienes su deseo.

Lo tienes todo, pero no eres nada. No eres nadie.

lunes, agosto 25, 2008

A 3 pasos del oro.




Oro parece. Es una plata que parece oro, que huele a oro, que aspira a oro. Cada punto de Rudy de Gasol o de Felipe eran de oro, eran balas de plata (y nunca mejor dicho) para matar a los hombres lobo americanos. Eran balas de plata contra puños americanos de oro, contra silbatos de oro que tenían una frecuencia favorable a los hombres lobo americanos.

Nos quedamos a 3 pasos del oro y solo conseguimos el metal argénteo (con el solo entre comillas). Un oro que merecimos, porque fuimos guerreros de oro con almas de oro, porque fuimos los mejores conductores.

Nos quedamos a un zarpazo del oro, a un triple de Carlos Jiménez que no fue, un Carlos que estuve impresionante, desquiciando con su defensa densa y pegajosa a todo americano que defendía, a todo hombre lobo que apuntaba con sus balas de plata.

Nos quedamos a un destello del oro, atrapados en una defensa americana propia de los gladiadores americanos del siglo 21, ese programa presentado por el gran Hulk. Nos quedamos atrapados en una defensa americana que era una jaula de oro custodia por un árbitro de un solo ojo (only one eye).

Nos quedamos sin el oro y sin balas de plata apuntando a la nuca de los hombres lobo y escuchando solo el clic al disparar con el cargador vacío, nos quedamos sin la bala de plata de Carlos Jiménez, pero nos quedamos con el espectáculo dorado, con los chicos de oro, con la medalla de plata.

Nos quedamos sin el oro, pero más que nunca esa plata reluce más que el oro por el espectáculo que tiene detrás.

martes, agosto 19, 2008

Spiderman, Tomo 21 Panini




Las palabras que dijo la bruja escarlata volvieron a mi cabeza y provocaron un eco estridente que aún perdura en el vacío inmenso que hay en mi testa. Bueno, 2 de esas 3 palabras, que la última venía cambiada: No más Spiderman. No diré, puedo garantizártelo, ni una sola vez en esta ¿reseña? que el cómic no es gracioso. No diré ni una vez que el cómic no es divertido o que no te ríes con él. No lo diré porque, leyéndolo con total abstracción, es la monda y Dan Slott está en plena forma. Pero aún así, aún sin decir nada malo sobre el cómic, sí voy a decir que en algún momento de la lectura me estaba planteando muy seriamente dejar de leer. Me pregunté un par de veces qué coño estaba leyendo, qué coño estaba pasando. Durante la lectura me apareció un par de veces el spidey fantasma pre-UDM, ¿sabes de lo que te hablo, no? Sí, por momentos pensaba que nada había pasado y que spidey seguía tal y como estaba antes, como ocurre cuando se te acaba de romper el reloj y dejas de llevarlo, que por unos días estás constantemente mirándote la muñeca desnuda para ver qué hora es, cuando descubres que allí no está tu reloj sino que, como mucho, hay una marcha blanca con forma de tu reloj en tu piel bronceada, te maldices, ¡claro que te maldices!
Me sentí así leyendo spidey, como si mirara un reloj que no existe o como si sintiera una parte de mi cuerpo que ya no existe. Maldigo, ¡claro que maldigo!
Maldigo porque tengo que tachar algunas reseñas que hice, como la civil war 2 o la muerte de Harry Osborn. Maldigo porque me han contado mentiras dentro de las mentiras (es mentira todo lo relacionado con Spiderman, claro está, pero esas mentiras que he decidido creerme, ahora son mentira). Maldigo con los lanzarredes orgánicos en las muñecas en las que solo tengo una marca de sol de un reloj, con los papeles de boda de Peter y MJ en una mano y el certificado de defunción de Harry en la otra. Maldigo con la fuerza de un universo ficticio, maldigo con el guión de Straczynski a mis espaldas y el dibujo de Romita Jr. en mi retina. Maldigo con mis manos perdidas pasando las páginas de Un Nuevo Día. Maldigo con las yemas de mis dedos manchadas con la tinta de las páginas de un cómic que se desangra. Maldigo a gritos con tipografía comic sans tamaño 50 en color rojo y trazo negro y saliéndose por todos lados del bocadillo. Maldigo con la palabra y con el silencio, con los gestos y con las carantoñas.
No más Spiderman, o casi no más Spiderman, que yo aún no me he bajado del carro, como tú, Quesada, que no te bajas de tu trono, ni te apeas de tu burro.
No más Spiderman, grito, mientras te maldigo, Quesada.

lunes, junio 09, 2008

Spiderman: Un día más.




El diablo es como la banca, siempre gana. Pactar con el diablo es apostar todo tu dinero al rojo en una ruleta que solo tiene números negros. Porque nadie sabe más que el diablo. Porque nadie ha tenido tantas experiencias vividas como el diablo. La muerte no pacta. El diablo sí. El diablo te enseña cartas cargadas de magias, te muestra caminos que se salen de lo natural. Caminos con peaje. Peaje con intereses de usurero. El diablo conoce cada rincón de tu casa y de tu alma, conoce la llama que te da fuerza y conoce tus debilidades, tus miedos y tus traumas. El diablo conoce tus heridas y hurga en ellas con su dedo de azufre mientras te pregunta que si te duele. El diablo sabe siempre de qué pie cojeas y no quiere tu alma. Ya no la quiere. Ya quiere cosas mejores. Cosas naturales y únicas y no repetidas e insípidas almas cargadas de tormento. El diablo ha aprendido a apreciar lo bello, lo auténtico y lo original. El diablo le da la vuelta a las medias mentiras y las convierte en medias verdades, aunque tú y yo sabemos que no es lo mismo. El diablo tienta tu presente mostrándote tu pasado y tus posibles futuros, hace que cualquier destello de luz aspire a relámpago. Y nos lo creemos. Y el diablo nos convence para que le demos nuestro tesoro por otro futuro y otra realidad. Nuestro tesoro por un sobre sorpresa. El diablo respira tu aire y tú respiras su carbono, su azufre y su sulfato amónico. Y juega contigo. Y te gana. Y te afecta y te deprime. Y te compra a precio de saldo. Y te vende a precio de oro. El diablo se ríe de ti y contigo mientras le entragas una a una cada una de las monedas que te pide. Se ríe de ti y contigo mientras tu alma arde entre las llamas del diablo. El diablo se ríe de ti mientras te marchas por la puerta de atrás, mientras tu cuerpo cae rendido en el vagón de cola. El diablo te da una de arena y te hace creer que lo malo es la cal.

Extraño a Harry y el perfume de la ausencia de Gwen. Pero lo romántico, lo que da fuerza a ese extraño cariño que se le tiene a estos personajes ficticios es que sabes que no van a volver. Que no deben volver. Pero el diablo le enseña a Harry los caminos de vuelta, pone las miguitas de pan para que regresen entre una maraña de telarañas tejidas por la mano ácida del diablo, orquestadas con la gorra de director de orquesta del diablo.

Sí, sé lo que me vas a decir, que Mefisto no es el diablo, solo es un simple demonio interdimensional. Pero yo no hablaba de Mefisto, hablaba del diablo, de Joe Quesada.

martes, abril 08, 2008

La suite de Manolete



La suite de Manolete es un libro con muchos libros dentro, es una historia compuesta de muchas historias. Es un conjunto de líneas llenas de entrelíneas, algunas de ellas escritas por el autor y otras por el lector. La suite de Manolete es un libro que cuenta las historias de varios hombres acompañados de la soledad, pero no de una soledad romántica o poética sino de una soledad moderna, una soledad que es un mal nuevo y que no se cura con la compañía de otras personas.

La suite de Manolete es un perfecto cruce de historias que entremezclan historias reales con historias ficticias por medio de las geniales líneas que escribe Joaquín Pérez Azaústre y las sutiles entrelíneas que aporta el lector. Es la historia de Bruno Díaz, un nombre que ocupa menos de una línea pero más de una entrelínea, un hombre enfermo de esta soledad moderna. Bruno recibe la llamada de un amigo de siempre, Jon Garcés, pero que no sabe de él desde hace unos años, en esa llamada hablan de sueños y alegrías antiguas, y esperanzas nuevas. Y, al poco, antes de que puedan verse, recibe la mala noticia del suicidio de Jon. Bruno descubre que Jon estaba escribiendo en sus últimos días de vida una biografía del diestro Manolete y, desenmarañando un hilo que llega hasta Córdoba (de mi alma), descubre que nada es lo que parece. En este proceso, Bruno va fusionándose con el desaparecido Jon, mimetizándose con él, pero a fuego lento, despacio, siguiendo sus pisadas y repitiendo sus gestos metiéndose en su piel y en sus costumbres por medio de una cazadora, unas gafas o unos cigarrillos.

La suite de Manolete nos cuenta la historia de lo que es el poder y de lo que es parecer poderoso. Es la historia de un hombre que se cree poderoso, Carlos Colomer y un hombre que es poderoso, Manolote. Colomer también tiende a mimetizar, en este caso a Manolete. Pero lo imita mal, rápido, quedándose en una superficie muy fina aunque sea de muchos quilates, se queda en lo superfluo sin sospechar siquiera que hay una raíz, sin imaginar si quiera que Manolete tenía muchos puntos de apoyo para mover el mundo. Colomer imitó solo lo fácil y ya se creía poderoso. Se creía poderoso porque dominaba a los medios y al público, porque con su látigo conseguía que se obedecieran órdenes. Pero era un hombre terriblemente solo a pesar de su poder mediático, era un hombre marcado por las obsesiones y los miedos tapados por las máscaras más grandes y vistosas, máscaras que también ocultaban sus debilidades, pero que estaban ahí.

La suite de Manolete también es un grato recuerdo de historias verdaderas, de José García Nieto y de Juana García Noreña y, por supuesto, es la deliciosa biografía de Manolete, perfectamente documentada y escrita con las palabras mejor elegidas y el acento cordobés de Joaquín.

La suite de Manolete es la historia de varios hombres y sus soledades, ninguna romántica y todas vistiendo de negro, como Spiderman. Porque estas soledades con las que empapa el autor a los personajes no son un estado de ánimo, ni siquiera un estado físico, es una forma de vida, tan negra como la cara oculta de la luna o como la novela negra que encierra en sus páginas.

viernes, febrero 15, 2008

Los regalos de la muerte XX

Mil perdones por el interminable retraso, pero ya está aquí el nuevo capítulo, aunque tendréis que releeros todos, que ya estarán olvidados!! :lol:

Capítulo XX: Enemigos naturales.

- Ramiro España, ahora –

No sabes qué coño te ha contado Froi sobre [i]saltos al precipicio [/i]pero has creído entender que te han lavado el coco. Estás sentado en el suelo de tu casa apoyado en la pared y viendo cómo Froi se marcha con tu sombrero puesto y gritándole al viento que Villaescusa lo va a pagar muy caro. Cuando se va te intentas incorporar, pero tu cuerpo se balancea y tus piernas apenas pueden contigo. Tiemblan como si fuesen de gelatina. Como si tuvieses miedo. Haces un titánico esfuerzo por ponerte de pie pero parece que ningún músculo de tu cuerpo quiera responderte. Te tambaleas para todos lados, como si te hubieses bebido, sin comer, una piscina llena de ron. A pesar de que te tambaleas no te caes y tu situación te recuerda a uno de esos muñecajos que tenías de crío que tenían una base esférica y que se movían hacia todos lados sin caerse. Pones una mano en la pared para ayudarte a subir porque tus piernas ya no dan más de sí, de tanto que tiemblan parece que solo quieran bailar el twist. Te muerdes con fuerza desmedida la manga de la gabardina del brazo que te queda libre. Y gritas por la impotencia, por el quiero y no puedo, dejando unas marcas de saliva ácida la zona que has mordido. La impotencia también te hace golpear la pared con la mano que te sirve de apoyo. Gritas de nuevo. Maldices. Blasfemas. Tu orgullo y tus cojones hacen que te pongas de nuevo en pie. Tu corazón se queja y lanza un ultimátum a tu cerebro para que te deje descansar aunque sea en el suelo. Pero tu cerebro comunica, incluso por la línea caliente. Notas que por tu esófago galopa tu desayuno, ese café y esos dos donuts que te tomaste en el bar después de visitar a Villaescusa, intentando trepar por tu garganta y huir por tu boca. Cuando ves que vomitas solo bilis entiendes que te han comido el coco, que te han hecho creer que has desayunado, que te han hecho creer ver a Luna muerta. Recuerdas la imagen que creíste ver de Luna muerta y eso te da el coraje que te faltaba para ponerte de pie y caminar. Tus piernas aún tiemblan, aunque ya no parecen gelatina, ni siquiera flan, ahora solo tiemblan como un adolescente en su primera cita. Sientes una punzada en el costado, como si te estuviesen taladrando el páncreas que, aunque no lo sabes, está inyectando en tu sangre un torrente de insulina para regular el déficit de azúcar que ha producido en tu cuerpo el salto. Interpretas esta punzada y el vómito de bilis como el chivato de la gasolina de un coche y llegas como puedes hasta tu cocina, y comes algo. Entonces evocas de nuevo a Luna tirada en tu sofá, muerta. Aprietas los dientes y cierras los puños clavándote las uñas en las palmas de la mano. Esta imagen te hace sentir miedo, incluso tiemblas. Y sientes que Luna está en peligro. Sientes que tienes que salvarla. “Salva a la prostituta, salva al mundo” – mascullas – y muestras una tímida sonrisa en tu cara, como la de un adolescente en la primera cita. Y pones en marcha tu caldera y tu nevera. Y empiezas a echar fuego por la boca. Y hielo por tu mirada. Y te vas para la comisaría, que tienes que currar, detener a alguien y salvar a la prostituta.

- Julio Gandía, antes -

Le late el corazón más rápido de lo normal, primero por el morbo que da coger y leer los papeles de otra persona. Abre el folio doblado por la mitad de Luna y lee la primera línea: “Luna, dulce Luna”. Esta línea ya le mosquea y el pumpum del latir de su corazón se acelera aún más, pero ya no por el morbo de leer un papel que no es suyo, sino porque ya sospecha (sabe) que es un poema dedicado a Luna (a su Luna) por el muerto de hambre o por el gilipollas de la canasta. Gandía se pone de mala hostia y terriblemente (e irracionalmente) celoso. Las yemas de sus dedos casi derriten el folio como si fuese una lámina de chocolate con leche, le hierve la sangre y le devoran los celos. Lee el poema y lo memoriza, se aprende cada palabra mientras su odio crece telescópicamente como la caña de pescar más larga del Decathlon. Arruga el folio y lo convierte en millones de papelitos de confeti coloreados con su odio y sus celos. Se repite cada estrofa del poema, mutilándose con cada una de ellas, que se le clavan en el corazón y el orgullo machito.
Luna, dulce Luna, - se repite en su cabeza llueve la soledad sin ti,y llora el cieloporque le falta la luna.
Luna, bella lunaamarga es mi libertady triste es mi vozsin tu mirada gatuna.
Luna, de ojos clarosde oscuros labiosde cabello de trigode escarcha de amorde sincero dolorde apresuradas risasy de lánguidos sueños.
Luna, de jardín tempranode semilla de besosde sentido perdónde silueta firmede musical desconciertoy de fatal perdición.
Luna, de mañana sin míLuna, de camino inciertoe indudable temblor.
Gandía memoriza la poesía y planea mil formas de estrangular al muerto de hambre y de degollar el puto jugador de baloncesto. Esos dos mierdas están revoloteando sobre (su) Luna. Le importa tres cojones quién haya sido de los dos, pero planea mil formas de matarlos y las memoriza todas, quizá algún día le sea útil.
Justo cuando planea la forma 1002 de matar a Javier Lagos y Andrés Reyes aparece Luna, que venía al recoger su bolso. El mismo bolso en el que había estado hurgando Gandía y del que le robó el poema.
- Vaya, pero si está aquí la dulce Luna… ¿pero de verdad llueve la soledad? Menuda chorrada… - Dice Gandía intentando disimular sus celos con unos gramos de ironía sin conseguirlo demasiado.- ¿Estás celoso, Julio? – Responde Luna, alegrándose en cierta medida de que lo estuviera.- ¿Yo celoso? ¡Y una mierda! Y menos del muerto de hambre o el tonto del culo de la pelotita naranja – Dice Gandía sin convencimiento, sabe que ella se ha dado cuenta y que su intento de disimularlos ha sido tan fútil como el que se echa desodorante en las axilas estando sudadas y pretendiendo eliminar el mal olor. Pero te voy a decir una cosa, Luna – continúa Gandía acercándose a ella y cogiéndola por el brazo, clavándole sus pulgares y derritiéndole la piel como si fuera una lámina de chocolate o un trozo de papel con un poema – tú eres mía (y solo mía) y así será mientras yo (y solo yo) siga sabiendo tu secreto, ¿te queda claro, no?
Luna no contesta, solo le mira con asco aunque disimula mejor que Gandía los celos y es capaz de hacerlo pasar por asentimiento. No contesta, solo se suelta de Gandía para terminar diciendo: “Me haces daño”.
- Porque estos dos mindundis – continúa hablando Julio – son unos perdedores, pero están jugando conmigo e intentando ser mis enemigos naturales, ¿y ya sabes qué hago yo con mis enemigos naturales, verdad? ¿Sabes cómo he llegado yo hasta aquí, no?
Ella no responde, solo le abraza, y le hace ver que es suya (y solo suya).Gandía memoriza ese abrazo (como hace con todo) y lo compara con sus registros anteriores y lo acepta como sincero.

- Froilán Caraballo, antes –
- Día del encuentro con el inspector Caraballo –
- (día de la primera y única derrota de Caraballo al ajedrez) -


Te pones de pie como puedes, y mientras notas cómo tu fuerza se va recuperando miras al tiparraco con bata blanca que hay frente a ti (por cierto, no tienes ni pueda idea de dónde estas). Cierras tu puño, le dices que apriete los dientes, le pegas un puñetazo con la fuerza de un tanque del ejército y lo dejas KO. Te llama la atención la consulta y le echas un largo vistazo. Ves en un diploma que tiene colgado que el tipo que hay tirado en el suelo y que ha saboreado tus puños se llama Eduardo Villaescusa, un doctor parece ser. Vuelves con él, lo levantas a pulso y le das un par de veces en la cara para que espabile. Cuento recupera la conciencia, le hablas.
- Espabila, Edu, ¿puedo llamarte Edu? Sí, seguro que sí, siempre puedo. Verás, doctor, tengo un jodido problema o una jodida virtud, a saber. He notado que cuando mis pulsaciones superan las 140 por minuto me vuelvo, digamos, muy muy fuerte pero, ah, terriblemente inestable. Esto solo lo sé yo, doctor, así que confío en su profesionalidad y en que no largará nada. O mejor que confiar en su profesionalidad, confío en que sepas que no te conviene tenerme como enemigo (natural), ¿capishi? Sí, seguro que sí, siempre lo entendéis. He estado trasteando tu chiringuito y veo que tiene muchos libros sobre temas del coco, del comportamiento humano y de las, cómo decirlo, capacidades, virtudes y dones de las personas. ¿Tengo yo un don, doctor? ¿Cree que puede ayudarme, Edu? Cuéntame de nuevo eso del alma, del cerebro y del acople de ambos, que no me he enterado muy bien y me interesa.
Mientras tienes cogido al doctor por el pecho, se recupera, te mira y te responde:
- Sí, puedes llamarme Edu. Sí, sé que no me conviene como enemigo (natural). Sí, tienes un don y muy posible que nivel 4. Sí, puedo ayudarte y gustosamente te cuento lo del cerebro y el alma – termina diciendo el doctor con una sonrisa de abismo y con voz de celda de alcatraz.

- Ramiro España, ahora –

Llegas a comisaría como llegó Maradona a casa el primer día que probó la coca, allí encuentras a Gerardo de la Santa y al chico nueva que nunca recuerdas cómo se llama. Ves que tienen el pasamontañas con la E mayúscula bordada a altura de la frente y te temes lo peor… te van a volver a pedir que hagas el numerito del capitán España. Oh, no, ahí vienen.
- Hey, Rami, menuda cara tras, tío, ¿estás bien? – te pregunta de la Santa con cierta preocupación pero sin soltar el pasamontañas.- Más o menos bien, chico. He estado mucho peor – dices intentando sonreír pero sin conseguirlo. - Tío, hazle a Joaquín la escena del capitán España, ¡que le va a encantar!- Veeeenga, dame el pasamontañas que lo hago – dices ahora consiguiendo sonreír esta vez.
Te pones el pasamontañas y gritas:
- SOY EL CAPITÁN ESPAÑA, ¿O ES QUE CREES QUE ESTA “E” SIGNIFICA FRANCIA? – vociferas señalándote con el dedo índice la letra bordada del pasamontañas.
- JUA JUA JUA JUA, JUA JUA JUA JUA – se descojona de la Santa mientras le dice al chico nuevo que hay que ser muy friki para pillarlo.
-Ah, Rami, por cierto, tengo información nueva sobre el caso Lagos/Reyes – dijo de la Santa olvidando ya la broma y poniéndose serio. Iba a llamar a Froi para contártelo pero ya te lo digo a ti también – continuó de la Santa – Froi me pidió un extracto de los movimientos bancarios de la última semana de las tarjetas de Federico Laviña y, ¿adivina qué? Compró con su tarjeta de crédito unos guantes solo una hora antes del asesinato de Javier Lagos y en la gasolinera más cercana al lugar. Interesante, ¿verdad?
Podría decir que esta noticia me sentó mal, esta prueba apunta con gran fuerza hacia Laviña como el asesino, pero estaba tan seguro de que era Gandía, al que había empezado a sentir como mi enemigo natural…
- Y otra cosa más, Rami, acaba de llegar el cartel de “Se busca” de Federico Laviña, que está en paradero desconocido y la prueba de la compra con la tarjeta le convierte en el principal sospechoso. Échale un vistazo, a ver qué tal.
Cojo el cartel y lo miro. Me cambia la cara al verlo, se me olvida lo mal que me encuentro y salgo pitando en busca de Froi.

martes, septiembre 04, 2007

Civil War 2


La máscara es la huella suave del héroe, la marca dulce, o unos ojos para mirar tras sus ojos, un color para el cristal con que se mira. La máscara es la belleza del ausente, el hombre tras la cortina o el as en la manga. Peter Parker es Spiderman. Lo sabíamos nosotros porque así se llamaba una de sus colecciones, pero no lo sabían la mayoría de los personajes ficticios al otro lado de la máscara, de esos ojos blancos polarizados. Peter Parker se ha quitado la máscara y ha dicho a todo el mundo que es Spiderman, que no se arrepiente de ello y está orgulloso. Peter Parker es Spiderman y se ha quitado la máscara sin saber dónde va pero sabiendo muy bien dónde no va a poder volver nunca. Ni al instituto. Ni a la redacción del Daily Bugle.
Peter Parker se ha quitado la máscara, quizá animado por Tony Stark, que quizá sea un pepito grillo corrupto.
Peter Parker rompe con su pasado mostrando su mayor secreto, quizá su mayor virtud, su mayor encanto o su mejor arma. Rompe con su pasado y arrastra con su máscara muchos de sus recuerdos, ya irrepetibles... no sabe dónde va, pero sí dónde no va a volver nunca. Arrastra con su máscara a forma de saco parte de lo que es, gran parte de su libertad y toda su intimidad.
Peter Parker se quita la máscara en público, y mete en ella los más jugosos gusanos... los mejores reclamos pero sin anzuelos para sus enemigos.
Y hay quien le odia. Y hay quien le mataría. A él y a ellas.
Peter Parker se quita la máscara, disfrazando a su libertad y su intimidad con las más elegantes camisas de fuerza y poniéndose el traje de moda que marca Stark y el registro.
Peter se quita la máscara y ya casi nadie puede mirarlo a la cara.

jueves, agosto 30, 2007

La entrada más amarga.




Esto no es un cuento, ni un relato. Es la despedida amarga. De un amigo que ni conocía en persona pero que era un amigo. Amarga como la mirada del otro, que nunca ves pero que siempre quieres ver. El 11 de junio nos dejó Sebas, uno de los grandes del PAMMHG, al que perdíamos siempre en las caídas y siempre recuperábamos. Esta vez no, amigo, maldita sea, y no sabes cuánto lo siento. Nos dejaste el 11 de junio, pero me acabo de enterar y ha sido un jarro de agua fría. Mil jarros de agua fría. No me hago a la idea, amigo mío, todavía de tu pérdida, de que siempre vas a faltar, como la mirada del otro. Te echaré muchísimo de menos, amigo, aunque todavía no me haga a la idea de cuánto. No puedo entender que no estés, no puedo entender que faltes. Todavía no puedo entender la amarga soledad que nos espera sin ti. No puedo entender que siempre vayas a estar desconectado en mi messenger, el hilo que me unía contigo a falta de conocernos en persona, cuando siempre estabas conectado y hablando conmigo de muchas cosas (amigo, spidey ya no será lo mismo sin ti). No puedo entender que ya no estés cuando eras el que más estabas, no puedo entender que ya no estés porque siempre me decías que las cosas había que hacerlas hoy y no dejarlas para mañana. No puedo entender que ya no estés, ni lo macabro de la jugada de dados de la parca para elegirte.


Hasta siempre, Sebas, amigo mío. No sabes cuánto te echaré de menos, ni siquiera yo me hago a la idea.

martes, mayo 22, 2007

Los regalos de la muerte XIX.

Los regalos de la muerte.

Capítulo XIX: Luna, dulce Luna.

- Luna Valdivieso, antes –

Julio Gandía se sienta a tu lado, en una nueva sesión, terapia o lo que sea este invento del doctor Villaescusa con el que dice que te va a curar tu mal. Gandía te sonríe con 1 parte de sinceridad y 9 de babas. Hace un movimiento lento y te pone el brazo por encima. Te incomoda, incluso te molesta, pero no haces nada. Sólo le devuelves la sonrisa con 1 parte de odio y 9 de asco.

Llega el doctor y saluda al grupo. Te pregunta cómo estás. Si estás mejor que ayer. Le contestas que más o menos igual. Él te asiente y te dice que es normal, que necesitas un par de días más para que empieces a notar una sensible mejora. A continuación os cuenta a ti y al resto del grupo que, hoy mismo, van a unirse 2 nuevos miembros al grupo y que deben de estar a punto de llegar. Dice, fascinado, que ambos tienen un don de nivel 4. Villaescusa alucinando, Gandía parece alegrarse, Laviña recela y parece proteger su brazalete con su brazo en forma de escudo, y tú, indiferente, escupes un “¡vaya!” más falso que un duro de chocolate. Te la suda, ni siquiera sabes qué significa tener un don nivel 4. Ni tampoco qué significa un nivel 3, al que perteneces. Sólo quieres volver a ser la misma. Quieres ser otra vez Luna, apasionada como ninguna.

Y de repente suena el timbre, y escuchas a Beatriz hablar con alguien. Reconoces enseguida la voz de ese alguien. Te pones un poco nerviosa, tu corazón palpita un poco más deprisa y con más fuerza, tanto que escuchas tu sangre circular por tus venas más cercanas al oído. Dios, es Javi, te dices. Y te alegras. Te alegras de que sea Javi, al que creías que no volverías a ver. Al que le habías dicho que no querías. Lo escuchas hablar con Beatriz y notas un punto de coquetería en la chica y un millón de puntos de más en Javi. Y te sientes celosa, a pesar de estar con Gandía y tener sus zarpas en tu hombro. Entonces decides fingir que te pica el hombro en el que Julio te tiene puesta la mano y se la apartas para rascarte confiando en que no vuelva a ponértela. El aguijón de los celos se te clava un poquito más con la risa de seducida de Bea y con la voz contundente de tu ex-amante.

Villaescusa dice que ya ha llegado el primero de los nuevos integrantes y dice que va a salir a recibirlo. Al instante regresa con Javi al que el doctor presenta al grupo. Y Javi, como siempre, entra como un torbellino en la casa de paja del cerdito del cuento. Notas que está nervioso, pero también como siempre, saca un as de la manga para compensarlo y empieza a chulear a Laviña, que se hace enormemente pequeño con los envites de Javi. Después de acabar con Laviña se vuelve hacia ti y te sonríe. Al principio le odias. Pero de repente te dice: “Hey, Luna”. Y te lo dice con su tranquilidad, su aire de despreocupado y su cierta mirada de cordero, que te recuerda al poema que te escribió, el que tituló “Luna, dulce Luna”. Con el que te enamoró. Con el que consiguió que te decantaras por él antes que por Andrés. “Hey, Javi” le contestas, con tu sonrisa de algodón de azúcar y devolviéndole la mirada de cordero degollado, que consigue ponerlo, de nuevo, un poco nervioso.

- Froilán Caraballo, antes –

(día de la primera y única derrota de Caraballo al ajedrez)

- Vaya, vaya, mira quién me llama, je, je, je, ¿qué querrá este ahora?... ¿Dígame? – digo, como si no supiese quién llama, al descolgar el móvil.
- ¿Froi? Soy Fede, ¿qué tal, tío? ¿Por qué no te vienes a echar una partida de ajedrez? Después de la partida del otro día creo que puedo ganarte... – me contesta con sorprendente confianza. Supongo que estará de coña... el otro día lo machaqué de manera humillante.
- Joder, Fede, al ajedrez serás un paquete, pero tirándote el pisto eres único. ¿Quieres que vuelva a machacarte? Está bien, tío, está bien. Salgo para tu casa.
- Aquí te espero, ¡y prepárate para tu primera derrota!

El camino hasta la casa de Fede lo aprovecho para pensar mil y una maneras de vencer y humillarlo en el tablero. Me entretiene la “pre-partida” tanto, que el viaje se me hace cortísimo. Cuando me doy cuenta, ya estoy en casa de Laviña, colocando mis fichas negras y pidiéndole Laviña una birrita bien fría.

Laviña me trae la cerveza, sin decir palabra y sin dejar de mirarme a los ojos. Me sorprende que sea así, porque normalmente mira al tablero, al techo o al suelo, pero no me incomoda que lo haga. Es más, tampoco le aparto la mirada. Coloca sus fichas sin dejar de mirarme, poniéndolas perfectamente en su sitio y de memoria. Cuando termina de colocarlas, hace su apertura.

- Apertura del peón del rey – te dice colocando el peón 2 posiciones más adelante, serio e inmutable, en lugar de su típico chiste “jaque, jaca tú que yo ya he jacao”.
- Tío, ¿estás bien? Estás irreconocible... – le contesto perplejo. Bah, si quiere tomárselo en serio, adelante, voy a machacarlo de cualquier forma.
- Sí, estoy bien, es tu turno - me dice con voz de saxofón antiguo pero afinado.

Hago la misma apertura, peón del rey y rápidamente mueve él, colocando el peón del alfil del rey 2 posiciones más adelante y ofreciéndome un gambito del rey*. Y se queda callado, en lugar de decir su manida frase: “gambito del rey... ¡el rey de los gambitos!”. Decido no aceptar el gambito y sacar el alfil para amenazar al caballo que ha dejado al descubierto con el segundo movimiento.

La partida transcurre de manera extraña, me cuesta ver la jugada y Fede siempre hace los movimientos que yo hubiera hecho, como si me leyera el pensamiento, como si ahora él en lugar de yo pudiese anticipar los movimientos. Me está puteando, jamás Laviña había llegado tan lejos es una partida. Ni Laviña ni nadie que se hubiese enfrentado a mí. Fede tenía la claridad de movimientos de Capablanca y la agresividad en ataque de Fischer. Había conseguido neutralizar mi ataque con una defensa incontestable y, para más inri, consiguió evitar que hiciese un enroque.

Y entonces llegó el momento que más temía...

- Mate en 2 – me dijo con voz de cuchillo afilado.

No pude decir nada, sólo mirar el tablero. Era mate en 2. Joder ¡ JODER !

Laviña no dejada de mirarme, impasible, sin decir nada, sin regodearse de su victoria incontestable.

- ¡ JODER ! – grito perdiendo los papeles y tirando el tablero con todas las fichas. ¡JODER!

Me siento derrotado, por los suelos, mucho peor de lo que nunca haya podido sentirme. Quizás no lo entiendas, es sólo una partida, pero para mí es algo muy grande. Jamás he perdido una partida, con nadie, nunca. Esto me resulta muy doloroso. Salgo a la calle, sin despedirme. Huyo gritando como un desalmado, como un paranoico. Mis pulsaciones rozan las 180 por segundo. Siento los ojos salirse de sus órbitas y mis puños cobrar una fuerza descomunal. Me acerco a mi coche y pillo a alguien intentando robarme la antena del coche.

- ¡¿ QUÉ COÑO HACES ?! – le grito, y le enseño mi puño con nudillos de garras de león, y golpeo el lateral de mi C3 hundiendo la chapa y desplazando unos centímetros el coche. La fuerza del puñetazo fue sobrehumana, incluso sobrepaquiderma (quizá proporcional a la de una araña). El chico que me intentaba quitar la antena se le puso la cara blanca como los 3 últimos años del Real Madrid y salió huyendo manchando sus calzoncillos con batido de chocolate... o similar.

Mientras insulto al chico huyendo, encuentro en mi limpiaparabrisas una octavilla que reza: “¿Tiene problemas que no le dejan vivir? El doctor Villaescusa tiene la solución. Llame y hablemos.” Pero no me salía de la polla llamar, así que como venía la dirección decidí acercarme en coche sin pedir cita previa. Y allí me presenté.

Me abrió directamente el tal doctor Villaescusa.

- Ru, ruuu – me dice, dejándote totalmente descolocado.
- ¿Qué coño dices? – le pregunto alterado.

Y me coge la mano. Y me dobla la muñeca. Caigo de rodillas del dolor.

- Ru, ruuu – me dice con voz de teléfono móvil sin cobertura.

Estando de rodillas, me pone la mano en la cabeza, y me la acaricia.

- Ru, ruuuu, azúcar... ru, ruuuu, no puedes.... ru, ruuuu – me dije de forma ilegible con voz de megáfono afónico.

Ahora me coge el pelo y tira fuerte de él. Me hace daño y va a pagarlo. Por mis cojones que va a pagarlo.

- Ru, ruuu, hasta que se consuma, ru, ruuuu, sólo puedo salvarte yo, ¿entiendes?, ru, ruuuu, y no puedes despertar, ru, ruuu – me dice con voz de iceberg derritiéndose.

Entonces me levanto, me pongo en pie a pesar de que me tambalean las piernas, le digo al tipo que tengo frente a mí que apriete los dientes y le golpeo con todo lo que tengo la repulsiva cara del tipo este. Cae al suelo inconsciente.
- ¿QUÉ COJONES DICES? – le grito alterado y recuperando totalmente la conciencia. Mientras le veo caer del puñetazo brutal que le he dado.

- Fede Laviña, antes –

(día de la primera y única derrota de Caraballo al ajedrez)

- Villaescusa, viene de camino Froilán Caraballo, le practico el salto al precipicio y te lo mando. – le dice por teléfono Laviña al doctor Villaescusa.
- Excelente, Fede. Si llega hasta mí y se confirma que es un don nivel 4 te habrás ganado el brazalete con creces. – Le contesta el doctor con voz de excitado voyeour.
- Ve preparando el brazalete – concluyó Laviña antes de colgar.

Fede esperó a Froi en la puerta de su casa escondido en una esquina. Esperó paciente, hasta que entró. Se abalanzó sobre el inspector y le puso 3 dedos en la cara. Luego 2. Y luego 1. Y, finalmente, le habló.

- Shhhh, tranquilo, Froi, tranquilo, déjate llevar.
- GARHHHGGG – apenas pudo articular guturalmente el inspector.
- Tranqui, Froi. Ahora vas a imaginar que te gano al ajedrez, con movimientos que harías tú. Y después de perder la partida te vas a dirigir a la C/ Alcorcón, 4, 6º B en Fuenlabrada. A la consulta del doctor Villaescusa pidiendo ayuda. ¿Lo entiendes?
- GIIIIRHHH
- Lo tomaré como un sí, Froi.

Y Froi, hipnotizado y cumpliendo órdenes, se marcha.

- Villaescusa, va para allá. Le dices al doctor cuando ves partir al inspector.

- Eduardo Villaescusa, antes –

(día de la primera y única derrota de Caraballo al ajedrez)

Abres la puerta y te encuentras a Froilán Caraballo, con los ojos en órbitas, en tu puerta. Se movía como si convulsionara, como si su sistema nervioso estuviese loco. Le das la mano y se la aprietas con fuerza. Con tanta que cae de rodillas del dolor. Por los síntomas deduces que Laviña le ha practicado un salto al vacío agresivo. Qué hijo de puta, piensas.

Le acaricias la cabeza, casi con amor. Tienes a tus pies y de rodillas a un presumible don nivel 4. Y está a tu disposición. A tus órdenes. Y no puede hacer nada que tú no le digas que haga. Y le empiezas a hablar.

- ¿Sabes, Froi? Puedo llamarte Froi, ¿verdad? Verás, Froi, te han practicado un salto al vacío agresivo. ¿Y qué quiere decir esto? Quiere decir que estás jodido. Que tu alma está es desacople con tu cerebro y que te están haciendo creer cosas que no están ocurriendo. Pero sí están pasando para tu cerebro. ¿Trágico, verdad? Sí, lo es, sobre todo porque tú no tienes ni puta idea de lo que está pasado. Te cuento, tus neuronas están funcionando como 100 veces más rápido de lo normal, el consumo de glucosa, es 100 veces mayor. Tu cerebro demanda azúcar, pero, a su vez, tus músculos, en tensión, palpitando, están demandando 100 veces más glucosa y, lo que es peor si cabe, 100 veces más de oxígeno. Que tú sólo puedes proporcionar a muy corto plazo. Tu cerebro, desesperado y por instinto, empezará a buscar oxígeno y azúcar de cualquier rincón de tu cuerpo. Cuando no encuentre nada, te lo quitará de las uñas, que se pondrán azules por la carencia de oxígeno, no puedes vivir si yo no lo quiero.

Entonces dejas de acariciarle la cabeza y le tiras del pelo con violencia.

- Estarás así hasta que se consuma todo tu azúcar o todo tu oxígeno, hasta que ya no quede nada en ti. Te consumirás como una supernova, sólo yo puedo salvarte, ¿entiendes? Estad a mí merced y no puedes despertar si yo no te lo ordeno.

Cuando acabas de hablar, Caraballo se pone de pie ante tu sorpresa. Ha salido, inexplicablemente, del salto al precipicio. No sabes reaccionar y escuchas que te dice: “aprieta los dientes” justo antes de descargarte un puñetazo con la fuerza de un Renault Fuego con el motor trucado que le hace caer al suelo inconsciente.

- Luna Valdivieso, ahora –

Despiertas estando desorientada y presa en un espacio muy pequeño. Oyes algo y ves que una puerta se abre. Aparece la figura de tu raptor, que reconoces inmediatamente.- ¡TÚ! – le gritas, y supones inmediatamente que él es el asesino de Reyes y Lagos.

jueves, febrero 01, 2007

Los regalos de la muerte (XVIII)

Después de un largo paréntesis, seguimos con Los regalos de la muerte con un nuevo capítulo que va especialmente dedicado a flux, druida, Selena e Isis. A disfrutarlo! :D

Los regalos de la muerte

Capítulo XVIII: El brazalete de Laviña


- Froilán Caraballo, ahora –

- “Tomo el mando” le dices a Ramiro España mientras te ajustas el sombrero que le has quitado y te marchas susurrando que Villaescusa lo va a pagar muy caro.

Tu corazón se acelera, te pones unos segundos los dedos en el cuello y calculas tu frecuencia cardíaca... más de 120 pulsaciones por minuto. Maldices a Villaescusa mientras sacas los nudillos como un león las garras. Te dices a ti mismo que vas a por él, a machacarlo. Va a pagar con muchos intereses el haberle practicado un salto al único poli que te sigue el ritmo de todo Madrid y una de las mejores personas que conoces. Vuelves a maldecir al doctor y te imaginas cara a cara con él y se te ocurren mil y una formas de vengarte, todas violentas, todas con tus puños con garras de león cabreado como protagonistas y tu corazón se desboca y empieza a parecerse a un motor de un ferrari alimentado con gasofa de un millón de octanos. Calculas que rozas las 150 pulsaciones por minuto e intentas calmarte, para ello acaricias ligeramente el ala del sombrero de España, inspiras por la nariz y espiras por la boca muy lentamente... casi 160 pulsaciones. Gritas a voz en cuello que no sirve de nada, blasfemas, maldices y entonces te sientes culpable. Te sientes tremendamente culpable por no haber compartido la mirada de hielo con Ramiro, ni la boca de fuego. Te sientes miserable por no haber llevado junto a él el peso de las termitas, por haberte apartado. Cuando tienes 180 pulsaciones por minuto te das cuenta que no hay otra salida. Que tienes que hacerlo. Que vas a hacerlo. Con las 180 pulsaciones decides hacerte el vaciado. Te paras en la acera, cierras los ojos y extiendes los brazos formando unos cuernos con los dedos y, tras unos segundos, los usas para cerrar el puño. Levantas ligeramente la cabeza unos segundos y luego la echas todo lo que puedes hacia atrás. Abres tus párpados pero tus ojos aparecen en blanco, como salidos de su órbita y te concentras. Piensas en el universo, en las estrellas, recorres mentalmente un viaje del Enterprise. Y al cabo de unos segundos has terminado el vaciado y aparece en tu rostro una sonrisa de tiburón, con la fuerza de tu corazón a mil por hora y la ambigüedad de la mueca de Mona Lisa, aparecen de nuevo tus ojos, que parecen estar otra vez en sus cuencas. Pero tus ojos son ahora inexpresivos, como si le hubiesen arrancado la vida, como si fuesen de cristal, hasta el marrón de tu pupila palidece pasando de ser de marrón brillo a marrón mate. Y tus pulsaciones bajan vertiginosamente, estabilizándose en las 40 por minuto.

Con tu sonrisa de tiburón disfrazado de Mona Lisa, tus ojos vacuos marrón mate y tus pulsaciones de Indaráin en sus mejores tiempos te marchas hacia tu coche, vas a hacerle una visita sorpresa al buen doctor mientras sonríes y te preguntas si Villaescusa le tiene miedo a los tiburones. Concluyes que sí y enseñas los dientes de tiburón.

Cuando llegas a tu coche te encuentras a un chico intentando robarte la antena de la radio. Te acercas a él tan tranquilo y venenoso como un campo de trigo y le dices con un tono de voz poco más potente que un susurro que deje la antena, que no es comunitaria, mientras haces un gesto con la mano y le preguntas que si lo pilla. El chico se vuelve con gesto amenazante clavando su pupila en tu pupila marrón mate. Y tú te metes las manos en los bolsillos, le sonríes y le dices... “poesía eres tú”. Y transformas su gesto amenazante en balido de cordero degollado paralizado por el miedo. Te acercas a él, sin superar nunca las 40 pulsaciones por minuto y le dices que esté tranquilo y que se marche a casa. Le regalas una sonrisa más de tiburón blanco y te metes en el coche.

- Javi Lagos, antes –

Villaescusa quedó impresionado con las citas que tuvo con Javier Lagos y Andrés Reyes. Hacía mucho tiempo que el doctor no se las había visto con personas con dones de nivel 4. De hecho, hasta ahora, sólo conocía a una persona que lo tuviera... Froilán Caraballo.

Así que el doctor decidió telefonear a Javi y Andrés para que se unieran a El Grupo. Enseguida consiguió contactar y convencer al primero, el jugador de baloncesto ni siquiera le cogía el teléfono. De momento se conformó con Javi, y quedó con él para una sesión con todos los componentes de El Grupo.

Javi no faltó a la cita. No sólo no faltó, sino que llegó con más de un cuarto de hora de antelación, cosa que delataba el interés desmedido que le despertaba este grupúsculo. Había hablado con el doctor de su don, de la teoría del conocimiento del alma, de El Grupo que lo forman gente con dones. Sí, tenía mucho interés, tanto como para hacerle llegar más de un cuarto de hora antes. Lo recibió la secretaria/enfermera.

- Buenos días, ¿ llego pronto, señorita...? – saludó Javi alargando la última a de señorita un par de segundos.
- Buenos días, señor Lagos, llega pronto pero no va a tener que esperar mucho. Por cierto, me llamo Beatriz Abad y... no quiero más chistes malos sobre nombres – dijo la secretaria con sonrisa picarona y con mirada expectante, como exigiéndole que le contara un chiste sobre nombres con la autoridad de las enfermeras de los pósters de los hospitales que piden silencio con el dedo índice entre los labios.
- Ja,ja,ja, pues vaya, se me acaba de ocurrir uno sobre tu nombre.
- ¿Con Beatriz? ¿Pero qué chiste puede haber sobre ese nombre?
- ¿Eso significa que quieres que te lo cuente, señorita Abad?
- Eso significa que de haberlo, es malo, muy malo.
- Ja, ja, ja, pues sí, es bastante malo. Pésimo, diría yo – dijo Javi con ese tono entre pasota y chulesco que tan bien le salía. Esta era su especialidad, hacerse el interesante.
- Pues nunca viene mal saberse los chistes sobre tu propio nombre. Dispare.
- Mujer valiente, sin duda. Está bien, ahí va... ¿sabes cuál es el masculino de Beatriz? – preguntó Lagos levantando un par de veces las cejas y luego arqueando sólo la derecha.
- Ja, ja, ja, ¡ni me había parado a pensarlo! ¿Cuál es?
- Beator – contestó Lagos y como suponía que no lo iba a pillar susurró: “Ya sabes, actriz... actor, institutriz... institutor...”
- ¡Pero qué malo! – exclamó la enfermera alargando la o un par de segundos.
- Pésimo, diría yo – añadió Javi sonriendo.

En ese momento llegó a recepción proveniente de un cuarto el doctor Villaescusa, que dio los buenos días a Javi y le pidió que le acompañase. El doctor lo llevó al cuarto del que venía. Estaba nervioso, y no es que los chistes malos lo pongan nervioso, es que la curiosidad lo desbordaba, como a los gatos.

En el cuarto, además del doctor había 3 personas. Al verlas se llevó un sobresalto. La sorpresa casi le hace gritar, pero aguantó estoicamente y guardó las formas.

- Javier, te presento a El Grupo. La chica se llama Luna Valdivieso, él es Julio Gandía y, por último, te presento a Federico Laviña.
- Los conozco a todos, doctor – dijo Javi tragando 3 metros cúbicos de saliva.
- Pero... ¿Cómo...? ¡Increíble!

Javi estaba mucho más que nervioso, casi arrancaba a sudar, le picaban las palmas de las manos y su boca estaba seca. Intentó reaccionar y miraba para todos lados, movía los ojos de un sitio para otro intentado encontrar algo que lo tranquilizase. Y se fijó en que Laviña, su prestamista, llevaba un brazalete puesto. ¿Qué cojones será ese brazalete? Se preguntó. Como vio que eso lo calmó un poco, insistió en ello.

- Fede, ¿y ese brazalete? – preguntó Javi a Laviña señalándose el bíceps.

Laviña quedó callado, confuso. Se le notaba una pizca de miedo y 2 cucharadas de inseguridad. Por momentos parecía que temía que se lo quitasen. Sentimiento que, por supuesto, Javi notó enseguida. No dudaría en aprovechar ese temor de Laviña para paliar el nerviosismo y las ganas de huir que tenía.

- A su debido tiempo lo sabrás, Javi – Le contestó como asustado Laviña, ocultando el brazalete que lucía en su brazo izquierdo y formando una especie de escudo con su brazo derecho.

Javi hizo un amago de ir a quitarle el brazalete y Laviña reaccionó de un respingo muy brusco.

- Tranquilo, Gollum, que no te quito tu brazalete para unirlos a todos – dijo Lagos entre risas. Mi tesssoro – añadió.

Laviña no le respondió con palabras, pero sí con una mirada de odio que aumentaría en 8 grados centígrados el calentamiento global del planeta.

viernes, diciembre 15, 2006

Amazing Spiderman 121 y 122

Amazing Spiderman 121 y 122: La muerte de Gwen Stacy

Reseña dedicada a Druida, que le gustaba más el spidey anterior al simbionte :p




Yo te maldigo, duende verde, porque has destrozado de un golpe todo mi ser. Me has golpeado, humillado, amarrado, envenenado. Me has privado de mi intimidad, duende verde, me has arrancado mi futuro, mis sueños y los has tirado al río Hudson. Has matado a la mujer a la que amo. Todo lo anterior te lo perdono, no es nada, pero esto no. Me planteo incluso matarte, duende verde. Sí, puede que te mate (no, matar nunca). Sí, puede que lo haga a pesar de ser culpa mía. Gwen murió por mi culpa. Le fallé. A ella y al capitán Stacy, al que le prometí en su lecho de muerte que la protegería. Ni siquiera soy capaz de proteger a la persona que más me importa. Es culpa mía, sí, porque debí dejar de ser Spiderman, debí dejar de llevar esta vida tétrica, oscura, de máscaras y puñetazos, de violencia. Debí ejecutar el Spiderman no more. Yo te maldigo, duende verde, porque incluso me haces sentirme responsable de tus malos actos.

¿Sabes, duendecillo? Me alegró verte morir. Disfruté viéndote agonizar. Casi reí al ver tu aerodeslizador clavado en tu pecho, destrozando lo que sea que tengas en el lugar donde debería haber un corazón. Tras mi máscara, duende verde, tenía una cara radiante de alegría. Quizá pude haberte salvado, pero ni lo intenté, duende verde, porque te odio con toda la fuerza con la que pueda dibujarme Gil Kane.

¿Que quién soy yo? Soy Spiderman

jueves, diciembre 07, 2006

Caricias al alma

- ¡Joder! ¿Qué me pasa, qué me está pasando? - digo al dejar de sentir mi cuerpo, al sorprenderme al ver mis brazos, sin sentirlo ni ordenarlo, mover el volante corrigiendo mi trayectoria para tomar la curva, sorprendido al pisar el freno de mi Citröen C3 para ceder el paso en una rotonda. Algo puenteaba mi cerebro y hacía que ejecutase los movimientos, yo no lo ordenaba, ni la parte de mi cerebro consciente tampoco. Quizá fuese un instinto, o una parte recóndita de mi cerebro. Quizá la araña, quizá mi alma. Empecé a tener miedo, te puedo asegurar que no sentir el cuerpo y seguir juicioso acojona. Hago un esfuerzo, abro la ventanilla y saco la cabeza, el aire fresco de la noche de diciembre me despeja un poco, lo suficiente como para coger de nuevo el control de mi cuerpo. 1 - 1 en la batalla con ese instinto, esa araña, quizá mi alma. Aparco de mala manera en el parking de la estación de tren, a poco más de 500 metros de mi casa. Tomo de aliado al aire fresco, que me devuelve un poco la sensibilidad de mi cuerpo, ese continente único, maravilloso, que por momentos no siento, que mi contenido parece querer salir de él como un cohete de fuegos artificiales. La llamo a ella, le explico cómo me siento y deja una cena con amigos para venir a cuidarme. Me dice que me vaya a casa andando, parece que mi instinto le hace caso y mueve mi cuerpo sin yo ordenarlo. Lo vertiginoso de ver eso con el juicio intacto produce un repicar de un tan-tan... es mi corazón, temeroso, que da vueltas de campana, quejándose ante lo que no entiende, hiperregando todos mis órganos... un poco de sensibilidad, pero se va. Llego a mi casa guiado por la araña, quizá por mi alma y me tumbo en la cama esperando y deseando que ella llegue. Y voy quedánome inconsciente, poco a poco, noto que mi mente abandona mi cuerpo y creo que voy a morir. Mi cuerpo se revela, quizá la araña, me estremezco, convulsiono y vuelvo a tener el control de mi cuerpo, la cordura y la consciencia. La lucha de todo un cuerpo, de todo un sistema nervioso por sobrevivir es encomiable y tremendamente dolorosa. Pierdo poco a poco la consciencia, pienso de nuevo que voy a morir y mi cuerpo no se deja, me espabila a base de convulsiones y recupero el juicio. Intento convencer a mi cuerpo de que no voy a morir, ni a entrar en coma, sólo a dormir, pero mi corazón es pasional y nunca cree al juicio. De repente llega ella, hago un enorme esfuerzo por levantarme de la cama para abrirle la puerta. La lucha es terrible, mi cuerpo apenas responde y está sometido a un sistema nervioso loco, que le hace hacer cosas raras, como moverme en círculos. Mi consciencia está ahí, observándolo todo, pero sin vínculo real con mi cuerpo, sin poder dar las órdenes habituales, lo que hago cada día tan fácilmente. Pero tengo que abrir, es ella, ella me va a cuidar. Hago un pacto con el sistema nervioso loco y le vendo mi alma, acerca a mi cuerpo hasta la puerta y consigo abrir. Mi cuerpo es suyo, mi alma está enjaulada y la araña ha probado un poco de insecticida. Es ella. Ella me cura con sus caricias, me venda el alma y me pone tiritas en el sistema nervioso loco, que se queja en forma de convulsiones. Me besa y me tranquiliza hasta conseguir dormirme. No muero, como correctamente predijo mi juicio, como temía mi corazón.

Y al día siguiente la veo, sigue ahí, cuidándome. Y me devuelve el alma, y el cuerpo, y la araña. Tranquiliza mi corazón y mi sistema nervioso. Ahora a ella le debo el alma, mi vida no, porque ya era de ella.

viernes, noviembre 24, 2006

Los Regalos de la muerte XVII

Capítulo XVII: Dame tu alma y cumpliré tus deseos

- Andrés Reyes, antes –

- ¿Cómo coño sabe usted eso? – Preguntó sorprendido como el niño que se levanta un 6 de enero intentándose explicar cómo los regalos de reyes habían llegado hasta el árbol de navidad. Y Andrés Reyes volvió a sentarse, se remangó un poco y agarró muy fuerte los posabrazos de la silla. Escuchaba en la sala de espera a su amigo Javi Lagos hablar, aunque no sabía qué decía, pensó que estaría diciendo sus típicas tonterías. Escuchó hablar a la secretaria/enfermera, y otra vez a Reyes, y la secretaria/enfermera estalló en una risa exagerada, casi histriónica. Y Andrés volvió a levantarse, como si estuviera borracho de adrenalina y quisiera vomitarla. Reyes miró a Villaescusa, con mirada de ‘la bolsa o la vida’ y pegó un salto estratosférico. El doctor quedó primero asustado, por la mirada de Andrés, luego pasó a perplejo ante la reacción del chaval... ¿saltar? Y por fin su rostro mostraba interés, mucho interés, al ver que Andrés tardaba en caer del salto. No voló, ni se quedó levitando, sólo que tardaba en caer, como si la gravedad lo afectase menos que a todo cuerpo, como si pudiera desafiar por unos instantes las leyes físicas más básicas. Volvió a aterrizar, por supuesto, pero tras un vertiginoso espacio de tiempo extremadamente largo, casi pasa la película de su vida ante sus ojos.

- ¡Impresionante! – Exclamó Villaescusa casi arrancando a aplaudir. ¿Cómo...? ¿Cómo lo hace, señor Reyes?

- ¿Impresionante? ¿Cómo hago qué? Doctor, déjese de chorradas y dígame cómo es posible que sepa que mi camello es Laviña – Exigió el jugador de baloncesto con esa mirada de ‘la bolsa o la vida’ entre jadeos, como si vencer la fuerza gravitatoria le hubiese supuesto un esfuerzo titánico y 2 toneladas de adrenalina.

- Está bien, señor Reyes. Pero con una condición – dijo dando ‘la bolsa’ en lugar de ‘la vida’.

- ¿Y cuál es esa condición, buen doctor?

- Únete al grupo – propuso Villaescusa reclinándose un poco, apoyando los codos sobre su revuelto y desordenado escritorio y con los dedos entrelazados y apoyados sobre su boca. ¿Qué de dices?

- Reyes levantó ligeramente la ceja derecha, sonrió, hizo como que se lo pensaba y estrechó la mano de Villaescusa. Cuenta conmigo, doc.

- Eduardo Villaescusa se excitó, tuvo un orgasmo profesional brutal, Reyes era quien había esperado toda su vida, ya rozaba casi su don, ya casi tenía su mente entre sus manos. Ya casi tenía a un ‘don’ nivel 4.

- Sé que Laviña es tu camello porque forma parte del grupo, de hecho es el líder, el que lleva el brazalete, y me había hablado de ti – dijo el doctor sin dejar de estrechar la mano de Reyes.

Reyes sonrió, apretando mucho más la mano, sin decir nada, pero con ganas de gritar... ¡qué cabrón!


- Javi Lagos, antes –

Javi decidió ir a la consulta del doctor Villaescusa después de que el sonido de la octavilla de publicidad que encontró en su limpiaparabrisas le diese buenas vibraciones. Le gustó el ruido del panfleto al retirarlo del limpia. Y Javi se guía por sonidos, tiene el don de saber si va a ocurrir algo bueno o malo a través de los sonidos. Su confidente es el ruido, como dijo una vez.

Llamó a la consulta y la puerta se la abrió una chica, con pinta de secretaria pero con el morbo de una enfermera. Después de todo estaba en la consulta de un doctor... ¡esperaba a una enfermera buenorra!

- Hola, buenos días – le dijo la enfermera con una sonrisa que dejaba entrever unos dientes perfectos, blancos como la nieve más sólida de los polos. (no me importaría echarle un casquete polar)
- Buenos días, contestó Lagos mientras sonreía por el comentario mental que se acababa de hacer. Soy Javier Lagos, tenía una cita con el doctor Villaescusa para hoy a las 12.
- Bien, veamos... – dijo la enfermera con rictus de secretaria mirando la lista de pacientes. Me has dicho que te llamas Javier, ¿verdad?
- Sí, Javier, ya sabes, y mi oficio es relativo a los javis – dijo Lagos moviendo los dedos índice y medio formando semicírculos.
- ¿Disculpa? – dijo la secretaria con cara de enfermera a la que le dices que “ya no hace falta que sujete” mientras te afeita para operarte de apendicitis.
- Oh, bueno... ¡y seguro que has puesto que sabes inglés en tu currículum!

La secretaria quedó perpleja, pensando que le estaban gastando una broma. ¿Javier? ¿Oficio relacionado con los javis? ¿De qué me habla? ¿Inglés en mi currículum? Ató cabos y de pronto pilló el chiste, así de repente, a quemarropa y estalló en una risa casi histriónica, que a los pocos segundos consiguió que se pusiese colorada. Después de una moderada espera y matando el tiempo gastando bromas a la enfermera vio salir de la consulta a su amigo Andrés Reyes. Saltó de la silla y fue a darle un abrazo a su amigo.

- Andrew, crack, la vida puede ser maravillosa, ra ta ta taaa, ¿qué haces aquí?

- Nos vemos luego, hermano, voy con un poco de prisa – dijo el jugador del Real Madrid de baloncesto dándole un abrazo a Lagos. Cuídate, ¿eh?

- Nos vemos, hermano, voy a ver al matasanos, a ver si me cura mi ludopatía. ¡Deséame suerte!

Reyes se despidió con una sonrisa, una palmadita en la espalda y deseando suerte a Lagos.

Javi pasó a la consulta, a vérselas con Eduardo Villaescusa. Al entrar empezó a fijarse en cada detalle de la consulta. Sus ojos se movían a la velocidad de un cometa y le llamó la atención lo desordenado que estaba el escritorio del doctor, sobre el que había, entre otras cosas, una orla de la licenciatura en derecho que debía de estar ahí con el fin de ser enmarcada algún día, pero no hoy. Pensó que posiblemente no era del doctor, que tendría otra carrera, sino que quizá sería de una hija suya, al ver que la mayoría de las fotos pertenecían a chicas. Otra cosa que le llamó la atención fue lo ordenado que estaba todo fuera del escritorio, como si todo lo caótico tendiese a concentrarse en el escritorio, el territorio del desorden. Se fijó en una de las estanterías llenas de libros antiguos, amarillentos, casi polvorientos en el que destacaba uno muy nuevo, impecable. Entrecerró los ojos para agudizar su visión y alcanzó a leer el título: “El cerebro sólo es el medio” y el autor: “Eduardo Villaescusa Cuevas”. Todo estaba cuidadosamente ordenado y limpio, excepto el escritorio, el purgatorio del desorden. Lagos tomó asiento sin que mediase palabra con el doctor.

- Hola, doc, buenos días. Me llamo Javier Lagos y tengo un problema.
- Vas al grano, hijo. Bien, tú dirás.
- Soy ludópata, maldita sea, me dejo hasta el último céntimo en el casino. No controlo, es superior a mis fuerzas, a pesar de... – arrancó Lagos parando de repente, últimamente había aprendido a callar... un poco.
- ¿A pesar de qué, Javier? – preguntó el doctor sorprendiéndose un poco con la pronta confianza que había cogido con Javier. Había hablado de usted a Reyes pero ya estaba tuteando a Javier, y acababa de conocerlo.
- Bueno, supongo que debo decírselo... tengo un don.

La excitación de Villaescusa empezaba a rozar el infinito y más allá que describió Buzz Light Year.

- Ejem... ¿un don? – preguntó casi retóricamente el doctor, atando de nuevo cabos y asociando a Javi Lagos con la otra persona sobre la que le había hablado Laviña, un tipo que era ludópata y que decía ser socio mayoritario de los sonidos, los chivatos más discretos.
- Sí, verá, los sonidos me dicen lo que va a ocurrir, ¿sabe? No exactamente lo que va a ocurrir, sino si va a ser bueno o malo, según me guste o no el ruido. Este don al principio me trajo mucho dinero, ganaba apostando a las cartas o a otros juegos en los que podía intuir la baza de mis contrincantes. Pero soy un bocazas, ¿sabe? Pronto se dieron cuenta de mi don, y sólo me dejan jugar a la ruleta, donde no es efectivo mi don. Sí, sé lo que me va a decir, que podría usar mi don en muchas otras cosas y ganar pasta por un tubarro. Pero no tengo paciencia, no soy estratégico, doc y la ludopatía me está consumiendo. Necesito dejar el juego. Lo necesito ya.
- Humm... interesante, Javier, creo que puedo ayudarte – dijo Villaescusa frotándose de nuevo las manos y sin poderse creer lo que le estaba ocurriendo. Dos personas con dones de nivel 4... ¡seguidos!
- ¿Sí? Eso es fantástico, doctor... y, ¿cómo podría ayudarme?

Villaescusa le habló del grupo, de que trataba gente especial y que hacían actividades especiales para superar este tipo de problemas.

- ¿El grupo? Suena bien, doctor, pero no veo exactamente cómo puede ayudarme.
- No te fías de mí, ¿verdad, Javier? Puedo ayudarte, hacemos, digamos, hipnosis para ir a la parte de tu cerebro y prohibirle que apueste dinero en el juego.
- Ja, ja, ja, muy buena, doc, ¿así que eres un comecocos?
- Me manejo bien en esos ámbitos, sí, tanto es así que podría sorprenderle diciéndole quién es su prestamista, el que le pasa la pasta para que apueste.
- No lo dudo, doctor, pero yo también podría sorprenderle a usted – dijo Lagos con una mirada que despertaba interés, que caía en el juego recurrente, en medirse al doctor. ¿Apostamos?
- Ja, ja, ja, apostemos, Javier, apostemos. Si le sorprendo se une al grupo.

Javier miró desafiante a Villaescusa, había encontrado un rival interesante, se acercó un poco al doctor arrastrando la silla y lanzó un órdago.

- No, doctor, si yo le sorprendo a usted, me acepta en el grupo.

El docto re devolvió la sonrisa, hizo una mueca con la boca y aceptó el órdago.

- De acuerdo, si me sorprende no le dejo escapar. Empiezo yo. Tu prestamista es Federico Laviña.

Javi quedó perplejo, sorprendido, pero su rostro ni se inmutó, parecía como si el doctor hubiese hecho la afirmación más trivial del mundo.

- ¿Eso es todo? Bien, es mi turno – contestó desafiante Lagos, agudizando su oído intentado captar toda la información que su don pudiese facilitarle. Javier miró otra vez el libro y empezó a hablar. Para empezar ha escrito usted un libro hace muy poquito, posiblemente ni esté publicado, sobre psicología y sobre el papel que juega el cerebro en cada cual. Y lo que es más importante, sobre el papel que deja de jugar – Lagos miró de nuevo la orla para ver que el año de la promoción... 2001 a 2006. Cojonudo, le daba una idea, y Lagos siguió hablando. Bien, este libro se lo ha dedicado a su hija, recién titulada en derecho.

Villaescusa quedó perpelo, sorprendido, y su rostro se inmutó, dando a entender que estaba perplejo y sorprendido. Lagos agudizó más aún su oído, hasta escuchar el latir del corazón de Villaescusa y comprobar por este sonido y otros como la respiración o los movimientos del doctor que había acertado casi todo. Lagos pensó en lo que posiblemente se había equivocado y siguió hablando.

- Perdón, dedicado a su hijo – terminó triunfante Javi el primer round, acertando de pleno y pensando rematar con: “quid pro quo, Clarice”, pero ahogó el comentario.

- ¿Cómo diablos...? – quedó sin saber qué decir el doctor

- ¿Esa cara que tiene usted es de sorprendido? Hummm... ¿no? Pues sigo - chuleó Lagos afinando más el oído. Villaescusa estaba en sus manos y era una orgía acústica que le confesaba muchos detalles – En el libro explica usted una teoría, doctor Villaescusa, en la que dice que en el cerebro no está el conocimiento humano, tal como se piensa. Dice en su libro que se pierde el tiempo investigando. Todo conocimiento humano, según usted, está en el alma, es ahí donde se almacenan los conocimientos, ¿por eso el saber no ocupa lugar? En en alma, y no en el cerebro, se guardan los conocimientos, las experiencias, los recuerdos... ¿cómo si no, de existir, van a saber su pasado los espíritus? ¿Cómo van a saber algo? Según usted, doctor Villaescusa, los conocimientos del alma son casi infinitos y la inteligencia de cada persona depende del acoplamiento del alma y el cerebro, que no es otra cosa que el medio entre el alma y lo exterior. Cuanto mejor es el acoplamiento mejor es la capacidad intelectual. Así explica usted que haya deficientes mentales o autistas, por un mal acople entre alma y cerebro. Así explica usted que los estudios del cerebro humano nunca han llegado a nada. Y así explica usted que haya tantas diferencias intelectuales cuando los cerebro humanos de todas las personas son muy similares entre sí... el acoplamiento entre el alma, la sabiduría, el conocimiento, con el cerebro, el medio de comunicación hasta el exterior. Dígame, doctor, ¿así cura a las personas? ¿Es capaz de realizar un acople distinto entre alma y cerebro del que cada cual tiene? ¿Puede hacerlo? Dame tu alma y cumpliré tus deseos, ¿no es así, doctor? Quid pro quo, Clarice – consiguió decir esta vez Javier Lagos para terminar su actuación que dejó muchísimo más que sorprendido al doctor Villaescusa.

¿Cómo coño sabe usted eso si no nadie ha leído mi libro ni he comentado mi teoría con nadie? – preguntó confuso Villaescusa con una sorpresa de órgado y una excitación de sota, caballo y rey.

domingo, noviembre 19, 2006

Spiderman: La última cacería de Kraven

Crees que te conoces, incluso que te controlas. Crees que distingues el bien del mal, o lo bueno de lo malo. Crees que diferencias el blanco del negro y que percibes cada tono de gris. Crees que la vida nunca acaba y que la juventud es eterna. Hey, no te enfades por lo que te digo, no es malo, yo también creo todas estas cosas. Pero no, ni te conoces ni te controlas, ni distingues el blanco del negro, todo todo lo ves en gris, como si fueses un daltónico del monocromo. No, no te conoces, al menos cuando aparece la araña. Esa sí que te conoce. La araña comprende, pero el hombre siempre está confuso. La araña toma el control de tu cuerpo cuando está al límite, cuando ya no hay energía, ni voluntad, ni fe. La araña es la esperanza del perdido. Que se lo pregunten a Peter Parker, que conoció a su verdadera araña en este crossover magistral, con una calidad en el guión y los dibujos absolutamente fuera de lo normal. Que se lo pregunten a Parker, que conoció a su verdadera araña a la semana de casarse, y eso es lo curioso, una obra maestra que realmente era un puente entra la vida de soltero de Peter y su vida de casado. Y es que la araña no entiende de estados civiles, se conforma con ser la que mejor te conoce a ti.

miércoles, noviembre 15, 2006

Spiderman: Blue


El tiempo es más que lo que te da tiempo hacer. El tiempo es paradójico porque es lo que has hecho y es lo que te queda por hacer, porque el tiempo se teje sin que apenas te dé tiempo. El tiempo es lo que has sido, y es lo que vas a ser. El tiempo te da la vida y el tiempo te mata. El tiempo te enamora y te desenamora. Y yo creía que ya estaba desenamorado. No. Mierda. Sigo enamorado de Gwen Stacy. El tiempo te abre las puertas y te las cierra. Te olvida. Te traiciona. Te recuerda y se alía contigo. El tiempo es la mano que te tiende un buen cómic y que te hace recordar tiempo atrás, cuando Peter Parker empezaba a dar sus primeros telarañazos, cuando sus mejillas y puños bailaban la danza de la muerte con los de sus primeros enemigos. ¡Qué tiempos!

Spiderman: Blue, la obra maestra de Loeb y Sale, no deja de ser un remake/resumen de la etapa del trepamuros dibujada por Romita Sr. con un guión impecable, traicionero como el tiempo, pero que se alía contigo. Un tiempo olvidado, pero que siempre recordarás. El guión te atrapa, como el tiempo, pero te da libertad. Es un nuevo guión de una misma situación en un tiempo distinto.

El dibujo exquisito. Sí, las comparaciones son odiosas, pero casi siempre también son inevitables. Sí, el dibujo es exquisito, pero eso no quiere decir que sea del nivel de Romita. Sólo quiero decir que no sale muy mal parado. Lo siento por Sale, pero el dibujo de Romita lo desborda por todos lados... ¿pero a quién no?

Gracias a este libro he recordado uno de mis mejores tiempos, y me ha hecho saber que sigo enamorado de Gwen Stacy.

martes, noviembre 14, 2006

Orange no es un color

Era fin de semana, y estaba en casa de mis padres, en Córdoba, viendo tranquilamente la tele, y vi un anuncio de Orange, la nueva compañía de telecomunicaciones. Jejeje, en el anuncio salía un chico que metía todas las canastas, tirara desde donde tirara, ¿os suena, chicos? ¿No? Bueno, el anuncio acaba con el chico fallando una canasta... ¿ahora sí? Curioso, curioso...

Estos de Orange, que están haciendo el casting de Andrés Reyes para la película de "Los regalos de la muerte" :p

Aprovecho este mensaje también para decir que amplío el contenido del blog, que voy a utilizar también para colgar reseñas hechas por mí de algunos buenos cómics :)

miércoles, noviembre 01, 2006

Los Regalos de la Muerte (XVI)

En Halloween tenemos más regalos de la muerte...

Relato especialmente dedicado a mis más fieles lectores del blog, Druida y flux :D

Los regalos de la muerte. Capítulo XVI: El grupo

- Andrés Reyes, antes –

“Señoras y caballeros, con todos ustedes... ¡Andrés, su majestad, Reyessss!”. Con esta frase esperaba ser recibido Andrés Reyes, el jugador de baloncesto, al entrar a la consulta de ese tal doctor Villaescusa. Había encontrado una octavilla entre la publicidad depositada en el buzón de su lujosa casa de la Moraleja. Pero fue recibido con un “adelante, señor” dicho por la secretaria o enfermera del buen doctor que le invitaba a pasar a la consulta. El doctor tampoco estalló de alegría al verle, pero al menos mostró un atisbo de curiosidad en su mirada, como diciendo muy bajito... “¡es él!”. Reyes pensó que era momento de actuar, para darle un poco de vidilla a ese pequeño brote entusiasta en la mirada del doctor, y se quitó la gorra de los Blazers que llevaba puesta, hizo una bola con la octavilla de propaganda que le había dado la secretaria/enfermera y comenzó a hacer un baile extraño (ridículo) moviendo mucho los pies, contorneando la cintura de atrás a delante y canturreando una canción extraña (ridícula) mientras bailaba. De repente paró en seco, gorra en la mano derecha, papelote en la izquierda, cruza los brazos y los abre muy rápidamente. El resultado fue espectacular, la gorra cayó justo en un pequeño perchero que tenía el doctor en la esquina de su consulta y la bola de papel, más espectacular todavía, en la papelera que tenía Villaescusa bajo su mesas. El doctor lo miró asombrado, por un momento a Andrés le pareció que iba a arrancar a aplaudirle (lo de la bola de papel fue realmente espectacular, tuvo que usar la pared del fondo como tablero) pero toda la reacción del doctor se quedó en un “Impresionante” un tanto indiferente mientras perdía su vista en una agenda de imitación de cuero beige .

- Ejem, soy Andrés Reyes, concerté una cita para hoy con su... bueno, ¿es su secretaria o su enfermera?

Villaescusa continuó, en silencio, mirando su agenda y echó una mirada por encima de las gafas bifocales al jugador de baloncesto.

- Buenos días, señor Reyes, por favor tome asiento – le dijo muy amablemente el doctor cerrando su agenda. Y bien, ¿en qué puedo ayudarle?
- Oh, sí, bueno, verá – el corazón de Reyes empezó a palpitar a la velocidad de la locomotora de Regreso al futuro (parte 3), tan rápido que Reyes se sintió más ligero – verá, doctor Villaescusa – cálmate, cálmate, cálmate, se decía a sí mismo intentado tranquilizarse – tengo un problema – consiguió terminar Reyes.

El doctor se inclinó un poco y se acomodó en su sillón de cuero (verdadero en este caso), carraspeó un poco, bebió un poco de agua muy lentamente y miró a Andrés fijamente. Esto ponía aún más nervioso a Reyes, que seguía intentado tranquilizarse. Villaescusa esperó unos segundo más antes de seguir hablando, consciente del nerviosismo del chico.

- ¿Un problema? Ha venido usted al lugar adecuado, señor Reyes, ¿y qué problema tiene?
- Oh, sí, bueno, verá. Ejem, bueno, se me hace un poco difícil explicar... ¿no me conoce?
- No, no le conozco, señor Reyes – dijo el doctor con un sucedáneo de sonrisa.
- Oh, ejem, sí, verá. A ver cómo le explico. Bueno, soy jugador de baloncesto, soy profesional y juego en el Real Madrid. Digamos que el problema que tengo es que no meto todas las canastas.
- Ja, ja, ja, ¿ese es el problema? Todos los jugadores fallan canastas, señor Reyes.
- Yo no, doctor, yo soy el número uno – dijo muy serio Andrés, y muy seguro, cosa que lo tranquilizó y volvió a tomar el control de sí mismo.

La risa de Villaescusa cesó de repente, la mirada de indiferencia se había convertido en interés, porque le había creído.

- Interesante – dijo esta vez el doctor con verdadero entusiasmo. La diferencia de éste que el ‘interesante’ anterior distaba un mundo, tanto como el primer ‘bien’ del segundo que contestaba el gentío infantil a la pregunta del payaso “¿Cómo están ustedes?” - ¿Y dice que no había fallado ninguna canasta?
- No, doctor, tirara como tirara o desde donde tiraba, todo iba dentro. Tengo una puntería extraordinaria, da miedo ver lo que puedo hacer. Hay quien me dice que tengo un don, un gran don, y así es, porque gracias a él me gano la vida. Pero los dones, doctor, siempre son de doble filo. No es ningún problema que cualquier jugador falle una canasta, pero hace cosa de un mes fallé la primera. La primera canasta que fallo en mi vida, curioso, ¿verdad? Y llevo un mes penoso, ¿sabe? Se pasa de héroe a villano a la velocidad de la luz y el trabajo que se ha de hacer para llegar a la cima es de hormiguita, día a día. Y, la verdad, no estoy acostumbrado a currar de esa manera, he llegado arriba del todo gracias a mi don, que ahora no tengo, ¿sabe? Estoy hundido, doctor.

Los ojos del doctor se abrieron como las puertas de un gran centro comercial el primer día de rebajas, fluyendo ilusión a espuertas, tanto que en su pupila se veía reflejado la cara de Andrés. Era el paciente que había esperado toda la vida, uno que tuviese realmente un don, porque la gente de ‘El grupo’ no podría decirse que tuviesen un don como tal. Se frotó las manos por ver su gran descubrimiento y pensó automáticamente en nombrar a Reyes líder del grupo y poseedor del brazalete.

- Muy interesante, señor Reyes. Le contaré una cosa, tengo a un grupo de gente a los que llamo ‘El grupo’. Estas personas, que de momento somos 4 y entre las que me incluyo, tienen cualidades especiales, fuera de lo normal, pero ninguna con un don como el de usted.. ¿podría ser de nivel 4? – se preguntó a sí mismo el doctor. En ‘El grupo’ hacemos trabajos psicológicos entre nosotros para mejorar y potenciar estos dones, ¿entiende? Con esto lo que le quiero decir es que puede unirse a nuestro grupo e intentar recuperar ese don o averiguar qué ha motivado su desaparición.
- Je, gracias por la propuesta, doctor, pero sé qué ha hecho que desaparezca temporalmente, porque mi don sigue ahí, aunque de forma intermitente, no tiene nada más que ver la demostración que le he hecho nada más entrar - dijo Andés con una sonrisa cansada.
- ¡Cierto!
- Pero sé qué hace que desaparezca mi don momentáneamente, doctor, la coca. Lo tengo comprobado, cuando la tomo mi don se anula. Y realmente ese es mi problema, doctor, estoy enganchadísimo a la coca, ayúdeme a dejara, ¿cree que puede hacerlo?

La cara de Villaescusa era una caja de sorpresas de esas que sale el cabezón de un bufón ensartado en un muelle haciendo ruiditos molestos, no podía creer lo que estaba escuchando, y empezaba a ver la magnitud tan brutal del don de Andrés Reyes. Villaescusa empezó a atar cabos y se lanzó un órgado.

- Señor Reyes, le propongo algo, si acierto el nombre del que le vende la coca se une usted a ‘El grupo’.
- Ja, ja, ja, no creo que lo acierte, doctor, pero me interesaría unirme a ‘El Grupo’ igualmente. Adelante si se siente tan seguro, ¿quién me pasa la coca?
- Federico Laviña – contestó el doctor en un tono que de seguro que era rozaba lo despectivo.

La cara de Andrés Reyes era ahora la del bufón cabezón, y se movía como loca con su muelle por la consulta del doctor.

- ¿Cómo coño? Es decir, ¿cómo coño sabe usted eso? – preguntó Andrés en un tono mezcla entre sorprendido y molesto mientras arrastraba la silla hacia atrás, cogía la gorra del perchero y hacía el amago de irse.

En ese momento sonó el timbre de la puerta de la calle, la secretaria/enfermera abrió la puerta y dejó pasar al joven que venía.

- Buenos días, me llamo Javier Lagos y tenía una cita con el doctor Villaescusa – saludó Javi con su eterna sonrisa.

Reyes dejó de nuevo la gorra en el perchero, se sentó y volvió a preguntar.

- ¿Cómo coño sabe usted eso?

miércoles, octubre 04, 2006

Los regalos de la muerte (XV)

Capítulo XV: Caraballo toma el mando

11:45 a.m. Casa de Luna Valdivieso

Te miras al espejo del baño casi escupiendo latidos de corazón por la boca, agarras el lavabo demasiado fuerte y con las dos manos. Te voy a matar, mascullas, hasta tal punto que se te cae saliva por la boca pareciendo rabioso. Te voy a matar, dices ahora claramente. Te vuelves y la ves muerta, fría, tirada como un objeto sin valor. Ha arrancado de ese cuerpo la esencia que lo es todo en este mundo, ¿qué belleza hay sin vida? ¿Qué sentido hay? Te miras de nuevo al espejo y te ajustas el sombrero. Te voy a matar, repites, aunque tenga que buscarte en el más allá. Sientes que la puerta se abre y alguien entra, te pones en tensión y decides ver quién es. Tu corazón casi explota, tu boca de fuego casi alcanza a una estrella roja, tu hielo en la mirada casi alcanza el 0 absoluto y las termitas de tu estómago son dinosaurios devorando árboles. Es Gandía, y viene armado. Bien, muy bien.

11:00 a.m. Comisaría de policía

- “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento, inténtelo de nuevo más tarde” – le dice una simpática señorita al inspector Froilán Caraballo cuando estaba intentando llamar a uno de sus principales sospechosos, Federico Laviña. Cierra la tapa de su móvil y le da vueltas a un lápiz mientras mira, pensativo y con la mirada perdida, a Gerardo De la Santa, antiguo ayudante de Caraballo en el caso Reyes-Lagos. De la Santa se pone nervioso e intenta centrarse en su trabajo. Caraballo para en seco el lápiz, cierra el puño y golpea con violencia su mesa con tanta fuerza que consigue sacar su pilot azul del lapicero dejándolo caer en el suelo.

- ¡Mierda! – grita a voz en cuello Caraballo asustando a De la Santa. ¡Mierda, mierda!
- ¿Q-qué ocurre, Froi? – pregunta con miedo el ayudante.
- Joder, Gerardo, nada, que creía que tenía por los huevos a Fede Laviña, pensaba que era el asesino con total seguridad pero se ha metido otra persona por medio.
- ¿O-otra persona?
- Sí, es un doctor que, digamos, conozco, y creo que él es el asesino o al menos algo tiene que ver. Desde luego Laviña tiene está metido en el ajo, me ha mentido con su coartada y no consigo localizarlo. Lo he declarado en busca y captura.
- ¿Y por qué piensas que tiene ese doctor que, digamos, conoces algo que ver?
- Laviña es un cero a la izquierda, tío, un patán, es incapaz de orquestar un homicidio y menos dos de la forma tan limpia como los de Reyes y Lagos. Es un peón en el juego y el doctor Villaescusa es la mano, estoy seguro. Por cierto, Gerardo, quiero un extracto de los movimientos bancarios de la última semana de las tarjetas de Federico Laviña. A ver dónde coño se ha metido este fulano.

11:50 a.m. Casa de Luna Valdivieso.

Es Gandía, y lo ves entrar con una pistola en la mano. El hielo de tus ojos apenas te deja verlo, y lo ves como una proyección en blanco y negro de un antiguo cine. Gandía te ve y te dice algo, pero no lo oyes, el ruido de las termitas devorando no te deja. Sólo escuchas el ruido característico del proyector cinematográfico antiguo, como si estuviera pegado a tu oído. Lo miras con cara de película bélica. Él se relaja, sigue hablando y se guarda la pipa. “Hijo de puta”, dices, “te voy a matar”, continúas, y te abalanzas como un halcón peregrino sobre su presa. Lo coges por la pechera, lo alzas en vilo y lo tiras al suelo. Ves que está confuso, te acercas a él, lo vuelves a coger por la pechera y lo levantas. Le lanzas un derechazo en la mejilla con la velocidad de una montaña rusa. Te mira confuso, con cara de canción triste, y te dice algo. Sólo oyes el ru ru del proyector cinematográfico. Le pegas un puñetazo en la boca del estómago, y dos, y tres. Gandía se retuerce y se arrodilla. Le pegas un codazo en la nuca y cae a plomo en el suelo. Le das la vuelta y lo ves semi-inconsciente, te intenta decir algo con voz de violín desafinado. “Ru, ruu” escuchas. Sacas tu pipa, te pones sobre él y le apuntas a la frente.

11:20 a.m. Comisaría de policía

- “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento, inténtelo de nuevo más tarde” – le dice una simpática señorita al inspector Caraballo cuando intenta llamar a su compañero Ramiro España.
- Joder, ¿qué coño pasa hoy, todo el mundo con el teléfono apagado? – dice Caraballo empezando a odiar ya a la chica del teléfono. Y, ¿dónde se habrá metido Rami? Había quedado con él aquí a las 11...

Caraballo sale a la puerta de la comisaría a tomar un poco el aire, se da un par de pequeños paseos y de puerta de la comisaría al borde de la acera y vuelta, con las manos metidas en los bolsillos, contando los tres pasos que tiene que dar en cada trayecto. Va a entrar de nuevo a la comisaría cuando, al girarse por instinto, ve a Ramiro España hablando por el móvil con cara de haber visto el monstruo del lago Ness.

- Pero, ¿no lo tenía apagado o fuera de cobertura?. ¡Rami! - le grita con la fuerza de un huracán cabreado. ¡Rami! – le vuelve a gritar. Pero España ni se inmuta, cierra la tapa de su móvil y se va corriendo con la velocidad de una barracuda.

Caraballo coge su móvil y vuelve a llamar a España...

... “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento, inténtelo de nuevo más tarde”

- Qué raro, ¡¿qué cojones está pasando aquí?! ¡¿Pero si estaba hablando ahora mismo por el móvil?! – murmura Caraballo mientras sale corriendo detrás de su compañero. ¿Dónde coño va? – se pregunta mientras lo sigue.

Un par de minutos después Caraballo ve a España entrar en su propia casa. Vuelve a coger el móvil y vuelve a intentar llamar a su compañero...

... “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento, inténtelo de nuevo más tarde”

- ¡Puta! – le grita a la señorita acercándose el auricular a la boca.

Caraballo se queda en la puerta del bloque de España dudando qué hacer, se da paseos hasta el borde de la acera y vuelve. ¿Subo? - Se pregunta. Lo piensa durante unos minutos y al final decide subir.

11:55 a.m. Casa de Luna Valdivieso

Le apuntas a la frente, dispuesto a dispararle. Te inclinas sobre él y le miras con cara de cuadro de Picasso, van explotando células de tu cuerpo, va muriendo la materia inocente que tienes en el cuerpo porque estás a punto de matar a Gandía, un asesino, pero una persona. Y se te aparece un ángel en tu hombro.

- No lo hagas, tú estás por encima de esto – te dice el ángel con voz de azúcar, dulce, melodiosa.

Y se te aparece un demonio en tu otro hombro.

- ¡Mátalo! El muy hijo de puta se ha cargado a la mujer a la que amas. Ojo por ojo, Ramiro España, diente por diente – te dice el demonio con voz de volcán, violenta, ardiente. Y te muerde la oreja, y juega con ella. ¡Mátalo!

Sí, te dices, me lo voy a cargar. Vas a disparar y el ángel te dice: “¿qué belleza hay sin vida? ¿Qué sentido hay?”. Y dudas. Y te das cuenta de que no eres un asesino y que no tienes lo que hay que tener para matar a una persona.

Gandía aprovecha tu momento de duda y te golpea la nariz con un golpe seco de su codo. Y te hacer caer. Gandía se levanta, te pega una patada en la mano haciéndote perder la pipa. Tú te dejas, ya te has rendido, pero sonríes con mueca de acordeón, deshinchándose tu sonrisa poco a poco. Sonríes porque, aunque sabes que Gandía te va a matar, te has demostrado a ti mismo que no eres un asesino, que respetas lo más valioso que hay... “¿qué belleza hay sin vida? ¿Qué sentido hay?” – te dices y te entregas a Gandía.

Gandía te pega un par de puñetazos, es rápido, y muy fuerte... y extrañamente bueno. Te lleva contra la pared, te golpea el estómago y te sienta en el suelo. Ves a Gandía, en blanco y negro, como la proyección de una antigua película. Te habla pero sólo escuchas el ru ru. Te mira con cara de novela de misterio y te enseña 3 dedos, luego 2, luego 1 y da un chasquido con el pulgar y el medio.

11:50 a.m. Casa de Ramiro España.

Froi decide subir al piso de España y ve la puerta entreabierta. Se pone en guardia, saca la pipa con mucha más destreza que su compañero y entra sigilosamente. Ve salir del baño a España. Froi apunta a su compañero con la pipa.

- ¿Estás bien, Rami? ¿Qué coño te pasa? ¿Por qué corrías así? Me tenías acojonado – le dice Caraballo a España apartando el arma y volviéndosela a guardar.

Caraballo se asusta un poco al ver la cara de su compañero, como echando fuego, como echando hielo, como alimentando a una manada de gusanos de seda gigantes. España lo mira con cara de tanatorio, sin decir nada, mudo como una nube que sólo sabe gritar en forma de trueno.

- ¿Tío, estás bien? Tienes mala cara

España se le echa encima, lo coge por la pechera y le da un derechazo que impacta en la cara de Caraballo como un autobús.

- ¿Qué cojones haces, cabrón? ¡Para ya!

España coge por la pechera a Caraballo, le pega 3 puñetazos en la boca del estómago y lo hace caer de rodillas. España le pega un codazo en la nuca haciéndolo caer y dejándolo casi grogui. Le da la vuelta y lo pone boca arriba.

- R-a-mi – masculla entre tos y tos.

España saca su pipa y le apunta a la frente. Duda. Caraballo aprovecha ese momento y se lo quita de encima pegándole un codazo en la nariz con la fuerza de la caída de un árbol recién talado. Lo desarma de una patada, le devuelve un par de puñetazos y lo sienta en el suelo.

- Está bien, está bien, Rami, escúchame, a la de 3 vas a despertar, ¿de acuerdo? Voy a enseñarte tres dedos y los voy a ir quitando uno a uno mientras cuento. A la de 3 doy un chasquido de dedos y despiertas, ¿de acuerdo? Tranquilo, todo va a salir bien.

Caraballo saca 3 dedos, 2, 1, chasquido y Ramiro España despierta.

12 p.m. Casa de Ramiro España.

Abres los ojos, aunque creías tenerlos abiertos, y te encuentras de repente a tu compañero Froi, con un ojo morado y derramando sangre por la nariz. Estás confuso, acojonado, y temblando como un tranvía antiguo.

- ¡Gandía ha asesinado a Luna, Froi! ¡Es un hijo de puta! – gritas con la impotencia de una margarita.

Miras hacia donde estaba Luna asesinada y no ves nada. Ni el cuerpo, ni la sangre, y descubres que estás en tu casa y arrancas a llorar. Sientes el abrazo de Froi, que te repite que todo va a salir bien.

- ¡Froi, qué me han hecho! Pensaba que estaba en casa de Luna y que estaba muerta. Pensaba que la había matado Gandía. ¿Qué diablos ocurre, Froi? ¿Qué? – Gritas como un energúmeno, pidiéndole explicaciones al viento.

Tranquilo, Rami, ¿vale? Si vienes de ver al doctor Villaescusa es muy posible que te haya practicado un salto al precipicio. Te hace creer cosas, oír cosas, ver cosas que no están pasando en realidad. Es como una especie de hipnosis.

- ¿Salto al precipicio? No sé, Froi – dices ya más calmado, el abrazo de Froi y lo seguro de su voz te serenan. He salido de la consulta del doctor Villaescusa, he tomado un café y me he ido para la oficina. Justo al entrar me ha llamado Luna, me ha dado su dirección y me ha pedido que fuese inmediatamente. Froi, creí haberla visto morir, decirme que Gandía la había matado y cuando tú entraste pensé que eras él.
- Está bien, Rami, descansa. Está clarísimo que te ha practicado un salto, no has podido hablar con Luna por teléfono porque lo tienes apagado, mamón, así que tranquilo, nada de lo que crees que ha pasado es verdad y Luna está viva. Voy por él, voy a pillarlo, Rami. Ahora descansa, te mantendré informado – te dice con una voz de roca, dura y fuerte mientras te quita el sombrero.

Ves a Froi ajustarse tu sombrero con las dos manos, te sonríe con cara de libro de misterio.

- Tomo el mando – te dice, y se marcha susurrándole al aire que Villaescusa lo va a pagar muy caro.

miércoles, septiembre 27, 2006

Rojo sabor a cereza

Hago un pequeño paréntesis en "Los regalos de la muerte" y pongo un relato cortito e independiente :D

Rojo sabor a cereza

Hoy vas a encontrarte con la mujer a la que amas, esa que te señala con el dedo índice y te dice: “Lo importante eres tú”. Y te lo dice con amor, con una sonrisa en la boca, tan roja como una cereza, que haría palidecer el más bello color. Hoy vas a encontrarte con ella y vas a abrazarla, a acariciarla como a ella le gusta, vas a amarla y besarla como sólo tú sabes hacer. Vas caminando por la desértica calle, ya estás a pocos metros de ella y de repente te pones nervioso, te emocionas tanto que te pones a hacer pequeñas estupideces, como saltar con los pies juntos de la acera a la calle y luego otra vez a la acera, como un niño pequeño que está a punto de descubrir un año más su regalo de reyes. De pronto no sabes qué hacer con las manos, si metértelas en los bolsillos, cruzarte de brazos, ponerlas en la espalda, y en todos lados te resultan incómodas y molestas y entiendes que es porque deben estar cogiendo las manos que amas, las de Alicia. Ya estás en la puerta y tu cabeza empieza a palpitar de la emoción, te pones nervioso pero te intentas tranquilizar… “Soy lo más importante para ella”, se dice.

¡Ahí está! Tus ojos se encienden con la emoción, ¡está ahí! – repites – Te vas corriendo como loco a abrazarla, a darle todo tu amor, toda tu pasión… pero ella se asusta al verte, grita y se aparta, y un hombre de casi 2 metros con mirada de tigre te empuja y te hace casi caer. “¿Qué coño crees que estás haciendo?” te dice… Tú tragas saliva, contienes la respiración y le contestas, “soy lo más importante para ella”.

Ja, ja, ja, ¡Otro loco con el mismo cuento! Te dice burlándose de ti, empujándote de nuevo y haciéndote caer esta vez y te deja tirado en el suelo, triste, y preguntándote por qué Alicia te dice desde el otro lado de la pantalla de la televisión, señalándote con el dedo índice, que eres lo más importante para ella.

lunes, septiembre 11, 2006

Los regalos de la muerte (XIV)

Los regalos de la muerte, capítulo 14

El frío abrazo


Los viejos rockeros nunca mueren. El inspector Ramiro España, el viejo rockero, se está enfrentado a alguien que cree que puede vencer pero se equivoca. Ramiro España es el “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, impulsivo, de sangre hirviendo. Ramiro es el “agua que no has de beber déjala correr”, no se mete en lo que no entiende, se empieza vistiendo por los pies y acaba por la gabardina y el sombrero. España es el “a quien madruga Dios le ayuda”, llega el primero y se va el último, está en la proa abriendo el mar y en la popa cosiéndolo con una estela. Porque España deja estela por donde va. Y se enfrenta alguien más duro que él. Se mide a un rompeolas salvaje, a un mar de aguas muy batidas sin faro.

Bicho malo nunca muere. El doctor Eduardo Villaescusa, el bicho malo, tiene donde quiere al indefenso inspector, sabe perfectamente que un bicho malo vence a un viejo rockero. Eduardo Villaescusa es “mañana será otro día”, calculador, saca el máximo provecho al tiempo y sabe que, bien elegido el momento, saber esperar es más rentable que actuar con impulsos. Eduardo es el “Nunca digas de esta agua no beberé”, estudia, profundiza, prueba todo aquello que desconoce y no para hasta conseguir resultados empíricos concluyentes para bien o para mal, no sigue un método, estudia el mejor camino detenidamente, pierde minutos para ahorrar horas. Villaescusa es el “no por mucho madrugar amanece más temprano”, cada cosa a su momento, en su lugar, en su estado. Se miden la más fría de las cabezas con el corazón más caliente.

Ramiro estaba confiado, cordero con piel de cordero. Comprobó los billetes de avión y estaban correctamente sellados y al nombre de Villaescusa. El doctor no podía ser el asesino, estaba fuera los días de los asesinatos y el día en el que Julio Gandía dijo haber estado reunido con Villaescusa. Era imposible.

Eduardo estaba contento, lobo con piel de lobo, con boca de lobo y con orejas de lobo. Más que contento estaba excitado. Estaba excitado, casi empalmado, por cómo había podido jugar con la mente de un inspector en apariencia rocoso, pero que no era más que un gato con guantes y con botas. Estudió su mente en el poco tiempo que compartieron y llegó a la conclusión de que era su “lado opuesto”. Era la pieza que faltaba, claro, ahora encajaba todo. Quería más tiempo, poder estudiar un poco más a España, sentía curiosidad.

- Pues sí, inspector, los días de los desafortunados asesinatos estaba fuera de España y llevo sin ver al señor Gandía al menos dos semanas – dijo Villaescuso con una mirada penetrante, con una sonrisa envolvente.
- Está clarísimo, doctor. Gracias por su tiempo – dijo muy agradecido y extrañamente sonriente el inspector. Ramiro no es tonto, se guía por impulsos. Tiene olfato de cordero, y huele más allá de su lana. Su corazón se cordero se aceleró y su cerebro de cordero le ordenó que endureciera su músculos faciales.
- Hummm... doctor, sólo una pregunta más – dijo el “agabardinado” inspector, endureciendo sus músculos gestuales hasta el nivel del acero, tensando su sonrisa hasta el nivel del arco de Ulises.
- Claro, dígame, inspector – contestó Villaescusa transformando su sonrisa envolvente en sonrisa nerviosa de testigo de Jehová.
- Al abrir la cartera para darme su DNI para comprobar su nombre y apellidos con los del billete de avión he visto que lleva una foto de un chico de unos 25 años. – dijo el inspector tensando más su sonrisa, dando un giro contundente a la conversación de besugos que habían mantenido donde todo se daba por sentado.
- Sí, es mi hijo, es la foto de la orla de cuando terminó sus estudios de derecho, ¿por? – Contestó confundido Villaescusa.
- Bueno, me he fijado que en esa foto aparece el nombre completo de su hijo. Dígame, ¿Cómo se llama su hijo?
- E-eduardo Villaescusa Cuevas
- Vaya, vaya, vaya, justo como usted, mismo nombre de pila y mismo segundo apellido, qué casualidad, ¿verdad, doctor? – dijo España con sonrisa afilada de lobo con piel de cordero.
- Je, sé qué insinúa, inspector – dijo medio riendo el doctor con una sonrisa más nerviosa que las de cien fieles de Jehová juntos. Pero tengo el pasaporte, mi pasaporte, perfectamente sellado, con la entrada y la salida de Honolulu en los días que indican los billetes de avión. Lástima que no tenga el pasaporte aquí en la consulta, lo tengo en mi casa.
- Está bien, no importa, no olvide traérselo mañana para que lo compruebe, simple rutina. Volveré entonces mañana a la misma hora.


España salió de la consulta a las 10 a.m. y se fue a la comisaría andando, disfrutando del aire fresco de la mañana y dándole vueltas al caso del que no dejaban de ocurrir cosas curiosas. Lo va a flipar Froi, se dijo. Paró a tomar un café y dos donuts en una cafetería, de la que salió a las 10:45 a.m. Debía darse prisa, pues había quedado con Froi en la comisaría a las 11 y todavía le quedaba un buen trecho. Eran las 11:20 y llegaba, jadeando, a la puerta de la comisaría. De pronto sonó el móvil.¿Numero restringido?, se preguntó. ¿Quién coño será?

- Ramiro, soy Luna – sollozó la prostutita
- ¿Luna? – preguntó confuso el inspector. Coño, ¿está llorando?
- Sí, soy yo, ven deprisa a casa, por favor – dijo Luna continuando con su llanto.

Ramiro salió pitado para la casa de la puta después de que le dijera su dirección, estaba muy cerca de la comisaría. Cuando llegó se sorprendió por ver la puerta entreabierta, sacó su pipa, que nunca había disparado y entró torpemente, a lo “Loca academia de policía”.

Luna estaba en el suelo, desangrándose, con una herida muy profunda de arma blanca en el vientre. Luna alcanzó a mirar al inspector con los ojos blancos y tras un titánico esfuerzo dijo... Gandía... para morir a continuación.

El rojo de la sangre de Luna que inundaba el suelo se metió en los ojos del inspector, que echaba fuego del color rojo sangre de prostituta muerta por la boca, hielo color blanco de ojos de prostituta muerta por los ojos y las termitas cebadas de su estómago empezaron a devorar. De repente se le apagó todo, el fuego, el hielo y las termitas y estalló en un llanto, abrazó al cadáver, llorándole, y estuvo abrazando a Luna hasta que se quedó fría.

Los viejos rockeros nunca mueren, se dijo, se incorporó, se limpió las lágrimas con la manga de la gabardina, sacó a pasear al cordero y se quedó con el lobo.

Gandía, la has cagado.