miércoles, octubre 28, 2009

Concierto en Zanzíbar de Manuel Cuesta y Alfonso Ribero

Una vez dijo un gran genio que la vida es como una caja de bombones, porque nunca sabes con qué te vas a encontrar. Anoche, la sala Zanzíbar (que no es un santo andaluz), se transformó en una improvisada caja de bombones porque ninguno de los asistentes nos imaginábamos lo que nos íbamos a encontrar: éramos sólo 4 en el concierto, los dos artistas (Manuel Cuesta y Alfonso Ribero), Azaústre y yo. El pobre Manuel respondía con sonrisa desganada de viejo acordeón a las bromas que les gastábamos por el poco público. Pero aún así, después de esperar un rato a que viniese más gente y viendo que no llegaba nadie, como son dos pedazos de artistas, decidieron sacar adelante el concierto. Para su público, el que sea. Por su público, el que sea.

Primero subió al escenario Alfonso Ribero, armado con su voz y su guitarra que atraviesa corazones y corta las cabezas de los dragones que secuestran princesas. Mientras, Manuel, esperaba en el banquillo, creyendo aún en la remontada.

Alfonso, nos contó su historia, sus historias, lo creativo que le resulta Madrid. Y de pronto se calló, tragó dos toneladas de saliva porque así, de la nada, como suele aparecer la magia de verdad, aparecieron tres personas más en el concierto, justo a tiempo, en el último segundo, vale la canasta y personal, RATATATATA.

Uno de los que entró fue Ismael Serrano, que con voz de proyector de cine, se fundió en un abrazo con Manuel y le dijo: “¡No podía faltar a este concierto!”. He traído a unos amigos, continuó. Y qué amigos. Se trajo a Ricardo Darín, que estaba de paso fugaz por Madrid y se vino al concierto animado por Ismael. Y a Kira Miró, el bombón que faltaba en nuestra particular caja de bombones, que no sabíamos por qué vino pero a ninguno parecía importarnos.

Alfonso quedó perplejo, desarmado y desmontado ante este público. Pero Alfonso también cree en las remontadas y en las chicas que saben volar. Y después de felicitar a Darín por “El secreto de sus ojos” se hizo con el escenario con rictus de coger al toro por los cuernos. Me atrevería a afirmar que Alfonso lucharía contra dinosaurios con un cazamariposas. Y sin prisioneros de guerra. Nos cantó sus canciones como mejor se puede hacer, con las palabras de la experiencia vivida, de las calles pateadas y de las vueltas y media de todo.

Y luego salió el trepamuros Manuel, que se subía por las paredes arropado por su especial público, con su voz potente y limpia, con su guitarra que ahuyenta a los miedos y a los fantasmas, tocando sin importarle si de público hay dos o hay dios. Porque cuando estás habituado a caminar por el precipicio empiezas por acostumbrarte y termina por gustarte.

El concierto era una bomba de arte a punto de explotar y Azaústre se subió al escenario para traer de vuelta unas gotas de Dingo Bar cortando el cable rojo de la bomba haciendo que explotase del todo.

Un gran concierto, un placer de conocer a Alfonso y de reencontrarme con Manuel, Ismael y Azaústre y una gratísima sorpresa por encontrarme y conocer a Ricardo y Kira, personas muy interesantes y que tienen mucho que decir.

Nos vemos en el siguiente, con más voces, guitarras y bombones.

sábado, octubre 17, 2009

Manuel Cuesta: La vida secreta de Peter Parker




Dijo Doc Brown (¿hace falta que diga de qué película hablo?) cuando construyó el DeLorean, allá por 1985, que ya que fabricaba una máquina del tiempo, ¿por qué no hacerlo con algo de estilo? Eligió el DeLorean porque aún no había salido el disco de Manuel Cuesta: La vida secreta de Peter Parker. De haberla construido en 2009 habría usado el CD del cantautor sevillano. Porque el disco de Cuesta ya trae un condensador de fluzo dentro, que te alimenta con 1,21 gigowatios de potencia con cada una de sus canciones y, mientras las escuchas, justo cuando tu corazón late a 140 km/h te trasportas al pasado o al futuro, viajas al punto de referencia que interpretas en cada canción, golpeando al calendario y al reloj, remontando las arenas movedizas de un reloj de arena que se empeña con terrible paciencia en enterrarnos. Viajas a Manhattan, a Queens, a Forest Hill, y asistes al primer beso y al primer encuentro entre Peter y MJ, y repites casi a la par que la pelirroja: “¿sabes, tigre? ¡Te acaba de tocar la lotería¬¬!”. Viajas al fatídico puente de Brooklyn donde, una vez más, intentas salvar a Gwen y una vez más no lo consigues. Viajas al pasado o al futuro porque la vida secreta de Peter Parker es tu vida secreta.
La vida secreta de Peter Parker no sólo es un cúmulo de canciones, acordes y voces. Es tu vida secreta y tu diario. Es tu manual de qué hacer cuando tu jefe despide a tu cordura. Es tu libro de instrucciones para encontrar la referencia, es el google maps que te dice dónde está la calle, cuál es el camino.
La vida secreta de Peter Parker es un alma perdida en un mundo de vivos, una gota de rocío en la inmensidad de un desierto. Es un susurro a tu espalda que te dice que no está todo perdido, que aún queda un poco de magia en este mundo lleno de trucos de conejos y chisteras, es poner las cosas en su sitio para plantarle cara al caos, es tumbarse bocarriba en la alameda de Sevilla y mirar las estrellas y verte reflejado en ellas. Es un faro nocturno con bombilla de repuesto. Es una primavera que nadie entiende, pero que no deja de florecer sobresalientes notas musicales.
La vida secreta de Peter Parker es un poema claustrofóbico de Azaústre atrapado en la pequeña distancia entre la punta de un lápiz y un folio en blanco y gritando por salir de ahí. La vida secreta de Peter Parker es un juego de espejos en el que ves reflejadas todas tus caras, las buenas y las malas, las brillantes y las oscuras. Es una forma de combatir la soledad más amarga, una llave a Nunca Jamás y el mejor arma del amo del calabozo. Es un pasadizo secreto al País de las Maravillas. Es el reloj escrupulosamente en hora del conejo que llega tarde. Es un trozo de tarta en la celebración de tu no cumpleaños. Es un camino de baldosas amarillas, es el valor del león cobarde.
La vida secreta de Peter Parker es el fino hilo que te une con el cometa Halley. Es una cometa que vuela por las nubes en las que tenemos la cabeza.
Quizá Manuel Cuesta no vive de la música, es más, me atrevería a decir que Manuel cuesta desvive de la música. Aunque escuchando este disco entiendes que vive por y para ella tanto como se desvive por y para ella.
Manuel nos deja este disco, que mata a las brujas malvadas y tiende una mano para intentar salvar de nuevo a Gwen y unos labios para besar una vez más a MJ.

martes, octubre 06, 2009

Spiderman, Tomo 25 Panini





Me dejé las uñas arañando y escarbando el pozo en el que te has metido, buscando el fin y el fondo, buscando la forma y el modo. Y no he encontrado ni fin ni fondo, ni forma ni modo. Sólo arena. Paja y arena, y mis uñas sangrando. (Es magia).

Me partí los dientes por seguir devorando, masticando y digeriendo tus aventuras, tu llamado nuevo status. Y no he encontrado nada, ni siquiera aventuras ni arañas radioactivas. Sólo unos dientes rotos y una mandíbula cansada de masticar. (Es magia).

Me quedé sin huellas dactilares por pasar tus páginas, mis yemas se desgastaron, se mancharon con tu tinta. No, no era tinta, era la savia de tus páginas sangrando. He pasado cientos de páginas en tu nuevo día y no he encontrado nada. Sólo unos dedos con la identidad borrada. (Es magia).

Ya se me han acabado las quejas, las amarguras, porque ya casi no siento nada y sólo cuando se valora algo es cuando se es capaz de sentir algo malo. Esto ya es ridículo. (Es magia).



Ya me he cansado de esquivar los golpes, de la mala suerte de los Parker y de que se me acabe la telaraña a mitad de camino. Ya no tengo ganas de zambullirme en el río Hudson, de rescatar imaginariamente a Gwen, de pasear en red y de incordiar al jovial Jameson. Ya no quiero ponerme la máscara para leer tus cómics y quitármela para reseñarte. Pero, ah, la magia hará que siga leyéndote, incluso reseñándote, pero ya no eres mi colega.

¿Es magia? Es pollas, Joe, es pollas.



... Y me quedé sin aliento (y sin uñas, sin dientes y sin identidad) cuando volví a verla y tú, cabrón, que ni la reconoces...

Spiderman, Tomo 24 Panini





Leer el tomo de Spiderman se ha vuelto un tanto tedioso, ya casi hay que decir lo en bajito, con la boca pequeño y tosiendo la mismo tiempo... ejem... leo-spiderman... ejem. Casi que leer a Spiderman se ha vuelto una formalidad mensual más que un placer, es como acudir al médico periódicamente, que ni apetece ni te deja más tranquilo, sobre todo si eres hipocondríaco.

A uno, hipocondríaco y spidermaníaco (y seguro que más cosas acabadas en -íaco), ya le cuesta leer al trepamuros. Leer a Spiderman es como conducir, al atardecer, hacia el oeste sin gafas de sol. Es como encontrarte un pelo en la sopa o en la cuchara, aunque últimamente me mosqueo más porque sé que el pelo es mío y no me quedan muchos. Un pelo menos. Leer Spiderman es como intentar quitarte un moco con unos guantes de boxeo o intentar, con esos mismos guantes, llamar a urgencias con un teléfono de esos antiguos de ruleta, ¿los recuerdas? Leer a Spiderman es como estornudar, con todas tus fuerzas, con las manos ocupadas en otra cosa... nunca sabes a quién le va a salpicar. Es como mear empalmado, que ni apuntas ni atinas. Leer a Spiderman se está convirtiendo en algo tan incómodo como subir unas escaleras mecánicas que están paradas, se hace raro, ¿verdad? O peor, como subir unas escaleras mecánicas que funcionan, pero hacia abajo (¡eso sí es incómodo!). Es como salir a la calle una tarde soleada de julio después de haber pasado horas en la oscuridad más absoluta... incordia. Es como masticar una bola de carne que se te queda en la boca y que nunca empequeñece por más que masticas, ni se reduce, ni descompone ni se puede tragar, sólo queda echarla fuera. Es como tragar agua clorada de sopetón en una piscina, es como morderte la lengua mientras masticas el inmasticable trozo de carne, o morderte la mejilla por dentro (¡cómo molesta!).

Me siento raro con Spiderman, un tanto molesto e incómdo y no me creo que vaya a cambiar o mejorar como no me creo lo que me dice el médico. Spidermaníaco hipocondríaco que es uno.

P.D. Creo que había una tormenta de nieve y lobezno pasaba por allí.

miércoles, diciembre 03, 2008

Felipe Reyes

Felipe Reyes es un monstruo (en el buen sentido) que tiene 4 brazos y 2 alas con las que vuela. Es el rey dentro de la pintura y el dueño de la montaña. Felipe Reyes es un monstruo que se alimenta de rebotes propios y ajenos. Es un guerrero. Es Leónidas, combatiendo y ganando mil guerras, es un espartano gritando a voz en cuello. Felipe Reyes es el Cid Campeador derrotando a todo el que se mide, es Don Quijote enfrentándose a mil molinos, es Abderramán III manteniendo un pulso contra los muladíes. Felipe Reyes tiene el extra que nos falta a casi todos, tiene el carácter para llevar la montaña a Mahoma, para arañar el esférico naranja y devorarlo a mordiscos, para quedárselo entre sus cuatro brazos y sus dos alas. Tiene la fuerza que a casi todos nos falta para arrancar dos puntos de un balón perdido, para nutrirse de rebotes que todos creían en las manos de otros.

Death Note. Cap. 1 al 25

Kira es el ángel de la muerte. Escribe con las plumas de sus alas un cuaderno maldito. Un cuaderno con guadaña, horca y guillotina. Unas plumas de sus alas que escriben con tu sangre tu muerte, tu destino más oscuro. Kira te lleva por el camino de la muerte marcando tus pasos, empujándote al precipicio, dejándote caer al infierno.

L es tu ángel de la guarda. Un ángel ciego pero con sus alas tan abiertas como sus brazos. L no completa a Kira ni Kira completa a L porque son totalmente opuestos. Kira es el infierno y L es el cielo. L es la distancia más corta entre dos puntos, es el pensar antes que actuar y es el actuar antes que parar. L es capaz de meterse en tu cabeza y saber qué estás pensando antes que tú. Jorge Berrocal lo llamaría simbiosis. L es tu única esperanza de ganarle la partida de dados a la muerte. A Kira tirando los dados. L es lo único que te queda para no sacar 3 seises seguidos e irte a casa.

Kira es el juez y ejecutor, es un ángel con puños americanos aspirando a Dios. Kira sabe cómo funciona el cuaderno. L no. Kira sabe las reglas del cuaderno. L no. Es más, Kira sabe qué es el cuaderno. L no. Por eso Kira tiene a L arrodillado junto a él. Por eso Kira va arrancando una a una las plumas de las alas de L, que es un ángel, como si fuera una margarita. Me quiere, no me quiere.

Y L se defiende y ataca como puede, a capa y espada, con valor, de frente, con la mirada del tigre, con las uñas sacadas y afiladas, con los puños y con el cerebro, se defiende metiendo a Kira en sus laberintos y ataca resolviendo todos los puzzles que le plantea Kira. Casi acorrala a Kira en una jaula. L se defiende panza arriba hasta que ya no le quedan plumas en las alas, hasta que ya no puede volar. L se defiende y ataca hasta el último instante, hasta que se le marchitan todos sus pétalos.

Spiderman, Tomo 23 Panini



Sí, ya sé que dije que no volvería a hacer una reseña de Un nuevo día sin contar nada o casi nada del cómic y sin quejarme amargamente de esta nueva etapa que está viviendo el trepamuros. Pero uno, cordobés impenitente, le cuesta seguir este viaje y, sensible y vengativo, me revuelvo a base de reseña-protestas para golpear con mis palabras cerradas de nudillos de carácteres la cara de Quesada con menos éxito que el programa de televisión llamado Circus. Sí, sin éxito, pero yo me quedo más tranquilo

Y además, como las promesas son para romperlas, como las lanzas, yo la rompo y me hago una nueva reseña que sigue sin decir nada pero que, a ritmo de canción de Joaquín Sabina, dejo aquí para ti, que has dedicado un tiempo en leerme.

Pongamos que hablo de spidey


Mefisto ha asustado a tu destino
ha tejido otro camino para ti
ya no regresa siempre el enemigo
pongamos que hablo de spidey

El daily bugle cambia de patrones
tu vida ya es un sinvivir
ya no despiertas mis pasiones
pongamos que hablo de spidey

Mary Jane ya no es mi princesa
tú ya no tienes nada qué decir
tu traje pende de una fina hebra
pongamos que hablo de spidey

Tu máscara deja de ser tu marca
tus motivaciones dejan de servir
sin traje negro ni araña blanca
pongamos que hablo de spidey

Desandas tu camino con las manos
tus pies no te saben dirigir
tu telaraña de nuevo se ha acabado
pongamos que hablo de spidey

Cuando Mefisto venga a visitarte
que te deje donde por última vez te vi
aquí no queda sitio para nadie
pongamos que hablo de spidey

Alberto Contador

Alberto Contador sigue sin perder la estela de los más grandes. Encadenado a unos platos y unos piñones, arrastra a millones de aficionados y arrasa en cada pico, en cada recta, en cada bajada.

No mira hacia atrás, porque todo lo que le interesa está delante. No se deja ganar, porque la esencia del deporte es participar... para ganar. No se deja ganar, como tampoco da parte de su sueldo a quien algún día hace una buena carrera. No se deja ganar porque tras 200 kilómetros encadenado a unos pedales dejarse ganar no es natural. Ni siquiera deportivo, ni honroso.

Quien quiera ganarle, que lo tumbe. Que lo deje atrás, que lo hunda en la profundidad de la montaña, le arranque la victoria a mordiscos con los dientes de unos platos y unos piñones, que le pase por encima a fuerza de rueda y golpe de pedal.

Un, dos, tres, ¡Contador! Un Tour, un Giro y una Vuelta. Y contando.

martes, septiembre 02, 2008

El caballero oscuro.




Había una vez una ciudad maldita, porque así lo dice su nombre. Una ciudad sin sándalo en su tierra ni azul en su cielo, llena de oscuridad y sin apenas luz que la ilumine o la guíe. Esta ciudad es un rastro de crímenes, un sumidero de perversión y locura. Es una ciudad que pende de un hilo que se deshilacha del manto negro del murciélago. Es una ciudad sin alma llena de almas opacas, una ciudad que te devuelve menos de la mitad de lo que le entregas y que se toma más del doble de lo que le ofreces. Una ciudad sin esperanza y sin escrúpulos.

Había una vez un héroe, con máscara de murciélago y agallas de león, con la fuerza de la ola que se tragaría al mejor surfista. Un héroe con el fuego de los infiernos en su manto, que porta mil almas, que le da esperanza a la ciudad sin alma y sin escrúpulos. Un héroe que no se queda mirando a las estrellas cuando todo está perdido, que no da su brazo a torcer y que pone la otra mejilla y la otra ala de murciélago.

Y había una vez un villano. El villano. Un genio criminal interpretado por un genial actor. Un villano que es muy bueno haciendo de malo, que saca lo mejor de sí para hacer las peores cosas: daño, destrozos, muertes, accidentes… Un villano que no se para ante nada y que no responde ante nadie, solo ante su auténtica ley: el caos. Un villano genial que se rige bajo el orden destructivo de su desequilibrada mente, que piensa y que actúa más rápido que nadie, de forma más precisa que nadie. Un villano que se mueve como pez en el agua dentro de su inesperado desorden, que baila mejor que nadie agarrado al caos y a la incertidumbre que genera, que completa al héroe y mata un poco más a la ciudad. Un villano que corrompe todo lo que toca y a todos los que habla. Porque habla como nadie. Porque te entiende como nadie, porque te mete por donde quiere su locura arrancándote de raíz la cordura que te queda dentro de tu alma opaca.

domingo, agosto 31, 2008

Spiderman, Tomo 22 Panini




Y con esta reseña espero dar por cerrado mi ciclo de reseña-protesta en la que muy poco o nada he contado sobre el cómic, simplemete me he despachado a gusto. Aunque bueno, quizá siempre lo haga así.


Tienes su máscara, pero no su marca, ni su huella. Tienes sus sentidos y sus instintos, pero no tienes su tacto. Tienes su cara, pero no su cruz, ni sus cruces. Tienes su fuerza, pero no su aliento, ni su rabia. Tienes su luz pero no sus sombras, ni sus penumbras, ni su parte oscura. Tienes su fuego, pero no su hielo. Tienes su traje, pero no tienes su alma, ni tienes sus adentros. Tienes su nombre pero no su identidad. Tienes su voz pero no sus silencios. Tienes sus trucos pero no su magia. Tienes su velocidad pero no su aplomo. Tienes sus puños pero no su pegada. Tienes su mundo pero no tienes casi ninguno de sus puntos de apoyo. Tienes su azúcar pero no su sal. Tienes sus golpes pero no su swing. Tienes su mente pero no tienes su anhelo. Tienes sus colores pero no sus pasiones. Tienes su calma pero no su tempestad. Tienes su sol pero no su luna. Tienes su apellido pero no su símbolo, no tienes lo que representa. Tienes su mar pero no tienes sus ríos que lo vertebran. Tienes su todo, pero no sus todos. Tienes su nada, pero no su nadie. Tienes su voz pero no tienes su palabra. Tienes su tronco, pero no su madera, ni su raíz. Tienes su paz pero no sus guerras. Tienes sus pies pero no su pisada. Tienes su imagen pero no su reflejo. Tienes su altura, pero no tienes su base. Tienes sus ojos pero no su fe, ni su esperanza, ni siquiera tienes su deseo.

Lo tienes todo, pero no eres nada. No eres nadie.

lunes, agosto 25, 2008

A 3 pasos del oro.




Oro parece. Es una plata que parece oro, que huele a oro, que aspira a oro. Cada punto de Rudy de Gasol o de Felipe eran de oro, eran balas de plata (y nunca mejor dicho) para matar a los hombres lobo americanos. Eran balas de plata contra puños americanos de oro, contra silbatos de oro que tenían una frecuencia favorable a los hombres lobo americanos.

Nos quedamos a 3 pasos del oro y solo conseguimos el metal argénteo (con el solo entre comillas). Un oro que merecimos, porque fuimos guerreros de oro con almas de oro, porque fuimos los mejores conductores.

Nos quedamos a un zarpazo del oro, a un triple de Carlos Jiménez que no fue, un Carlos que estuve impresionante, desquiciando con su defensa densa y pegajosa a todo americano que defendía, a todo hombre lobo que apuntaba con sus balas de plata.

Nos quedamos a un destello del oro, atrapados en una defensa americana propia de los gladiadores americanos del siglo 21, ese programa presentado por el gran Hulk. Nos quedamos atrapados en una defensa americana que era una jaula de oro custodia por un árbitro de un solo ojo (only one eye).

Nos quedamos sin el oro y sin balas de plata apuntando a la nuca de los hombres lobo y escuchando solo el clic al disparar con el cargador vacío, nos quedamos sin la bala de plata de Carlos Jiménez, pero nos quedamos con el espectáculo dorado, con los chicos de oro, con la medalla de plata.

Nos quedamos sin el oro, pero más que nunca esa plata reluce más que el oro por el espectáculo que tiene detrás.

martes, agosto 19, 2008

Spiderman, Tomo 21 Panini




Las palabras que dijo la bruja escarlata volvieron a mi cabeza y provocaron un eco estridente que aún perdura en el vacío inmenso que hay en mi testa. Bueno, 2 de esas 3 palabras, que la última venía cambiada: No más Spiderman. No diré, puedo garantizártelo, ni una sola vez en esta ¿reseña? que el cómic no es gracioso. No diré ni una vez que el cómic no es divertido o que no te ríes con él. No lo diré porque, leyéndolo con total abstracción, es la monda y Dan Slott está en plena forma. Pero aún así, aún sin decir nada malo sobre el cómic, sí voy a decir que en algún momento de la lectura me estaba planteando muy seriamente dejar de leer. Me pregunté un par de veces qué coño estaba leyendo, qué coño estaba pasando. Durante la lectura me apareció un par de veces el spidey fantasma pre-UDM, ¿sabes de lo que te hablo, no? Sí, por momentos pensaba que nada había pasado y que spidey seguía tal y como estaba antes, como ocurre cuando se te acaba de romper el reloj y dejas de llevarlo, que por unos días estás constantemente mirándote la muñeca desnuda para ver qué hora es, cuando descubres que allí no está tu reloj sino que, como mucho, hay una marcha blanca con forma de tu reloj en tu piel bronceada, te maldices, ¡claro que te maldices!
Me sentí así leyendo spidey, como si mirara un reloj que no existe o como si sintiera una parte de mi cuerpo que ya no existe. Maldigo, ¡claro que maldigo!
Maldigo porque tengo que tachar algunas reseñas que hice, como la civil war 2 o la muerte de Harry Osborn. Maldigo porque me han contado mentiras dentro de las mentiras (es mentira todo lo relacionado con Spiderman, claro está, pero esas mentiras que he decidido creerme, ahora son mentira). Maldigo con los lanzarredes orgánicos en las muñecas en las que solo tengo una marca de sol de un reloj, con los papeles de boda de Peter y MJ en una mano y el certificado de defunción de Harry en la otra. Maldigo con la fuerza de un universo ficticio, maldigo con el guión de Straczynski a mis espaldas y el dibujo de Romita Jr. en mi retina. Maldigo con mis manos perdidas pasando las páginas de Un Nuevo Día. Maldigo con las yemas de mis dedos manchadas con la tinta de las páginas de un cómic que se desangra. Maldigo a gritos con tipografía comic sans tamaño 50 en color rojo y trazo negro y saliéndose por todos lados del bocadillo. Maldigo con la palabra y con el silencio, con los gestos y con las carantoñas.
No más Spiderman, o casi no más Spiderman, que yo aún no me he bajado del carro, como tú, Quesada, que no te bajas de tu trono, ni te apeas de tu burro.
No más Spiderman, grito, mientras te maldigo, Quesada.

lunes, junio 09, 2008

Spiderman: Un día más.




El diablo es como la banca, siempre gana. Pactar con el diablo es apostar todo tu dinero al rojo en una ruleta que solo tiene números negros. Porque nadie sabe más que el diablo. Porque nadie ha tenido tantas experiencias vividas como el diablo. La muerte no pacta. El diablo sí. El diablo te enseña cartas cargadas de magias, te muestra caminos que se salen de lo natural. Caminos con peaje. Peaje con intereses de usurero. El diablo conoce cada rincón de tu casa y de tu alma, conoce la llama que te da fuerza y conoce tus debilidades, tus miedos y tus traumas. El diablo conoce tus heridas y hurga en ellas con su dedo de azufre mientras te pregunta que si te duele. El diablo sabe siempre de qué pie cojeas y no quiere tu alma. Ya no la quiere. Ya quiere cosas mejores. Cosas naturales y únicas y no repetidas e insípidas almas cargadas de tormento. El diablo ha aprendido a apreciar lo bello, lo auténtico y lo original. El diablo le da la vuelta a las medias mentiras y las convierte en medias verdades, aunque tú y yo sabemos que no es lo mismo. El diablo tienta tu presente mostrándote tu pasado y tus posibles futuros, hace que cualquier destello de luz aspire a relámpago. Y nos lo creemos. Y el diablo nos convence para que le demos nuestro tesoro por otro futuro y otra realidad. Nuestro tesoro por un sobre sorpresa. El diablo respira tu aire y tú respiras su carbono, su azufre y su sulfato amónico. Y juega contigo. Y te gana. Y te afecta y te deprime. Y te compra a precio de saldo. Y te vende a precio de oro. El diablo se ríe de ti y contigo mientras le entragas una a una cada una de las monedas que te pide. Se ríe de ti y contigo mientras tu alma arde entre las llamas del diablo. El diablo se ríe de ti mientras te marchas por la puerta de atrás, mientras tu cuerpo cae rendido en el vagón de cola. El diablo te da una de arena y te hace creer que lo malo es la cal.

Extraño a Harry y el perfume de la ausencia de Gwen. Pero lo romántico, lo que da fuerza a ese extraño cariño que se le tiene a estos personajes ficticios es que sabes que no van a volver. Que no deben volver. Pero el diablo le enseña a Harry los caminos de vuelta, pone las miguitas de pan para que regresen entre una maraña de telarañas tejidas por la mano ácida del diablo, orquestadas con la gorra de director de orquesta del diablo.

Sí, sé lo que me vas a decir, que Mefisto no es el diablo, solo es un simple demonio interdimensional. Pero yo no hablaba de Mefisto, hablaba del diablo, de Joe Quesada.

martes, abril 08, 2008

La suite de Manolete



La suite de Manolete es un libro con muchos libros dentro, es una historia compuesta de muchas historias. Es un conjunto de líneas llenas de entrelíneas, algunas de ellas escritas por el autor y otras por el lector. La suite de Manolete es un libro que cuenta las historias de varios hombres acompañados de la soledad, pero no de una soledad romántica o poética sino de una soledad moderna, una soledad que es un mal nuevo y que no se cura con la compañía de otras personas.

La suite de Manolete es un perfecto cruce de historias que entremezclan historias reales con historias ficticias por medio de las geniales líneas que escribe Joaquín Pérez Azaústre y las sutiles entrelíneas que aporta el lector. Es la historia de Bruno Díaz, un nombre que ocupa menos de una línea pero más de una entrelínea, un hombre enfermo de esta soledad moderna. Bruno recibe la llamada de un amigo de siempre, Jon Garcés, pero que no sabe de él desde hace unos años, en esa llamada hablan de sueños y alegrías antiguas, y esperanzas nuevas. Y, al poco, antes de que puedan verse, recibe la mala noticia del suicidio de Jon. Bruno descubre que Jon estaba escribiendo en sus últimos días de vida una biografía del diestro Manolete y, desenmarañando un hilo que llega hasta Córdoba (de mi alma), descubre que nada es lo que parece. En este proceso, Bruno va fusionándose con el desaparecido Jon, mimetizándose con él, pero a fuego lento, despacio, siguiendo sus pisadas y repitiendo sus gestos metiéndose en su piel y en sus costumbres por medio de una cazadora, unas gafas o unos cigarrillos.

La suite de Manolete nos cuenta la historia de lo que es el poder y de lo que es parecer poderoso. Es la historia de un hombre que se cree poderoso, Carlos Colomer y un hombre que es poderoso, Manolote. Colomer también tiende a mimetizar, en este caso a Manolete. Pero lo imita mal, rápido, quedándose en una superficie muy fina aunque sea de muchos quilates, se queda en lo superfluo sin sospechar siquiera que hay una raíz, sin imaginar si quiera que Manolete tenía muchos puntos de apoyo para mover el mundo. Colomer imitó solo lo fácil y ya se creía poderoso. Se creía poderoso porque dominaba a los medios y al público, porque con su látigo conseguía que se obedecieran órdenes. Pero era un hombre terriblemente solo a pesar de su poder mediático, era un hombre marcado por las obsesiones y los miedos tapados por las máscaras más grandes y vistosas, máscaras que también ocultaban sus debilidades, pero que estaban ahí.

La suite de Manolete también es un grato recuerdo de historias verdaderas, de José García Nieto y de Juana García Noreña y, por supuesto, es la deliciosa biografía de Manolete, perfectamente documentada y escrita con las palabras mejor elegidas y el acento cordobés de Joaquín.

La suite de Manolete es la historia de varios hombres y sus soledades, ninguna romántica y todas vistiendo de negro, como Spiderman. Porque estas soledades con las que empapa el autor a los personajes no son un estado de ánimo, ni siquiera un estado físico, es una forma de vida, tan negra como la cara oculta de la luna o como la novela negra que encierra en sus páginas.

viernes, febrero 15, 2008

Los regalos de la muerte XX

Mil perdones por el interminable retraso, pero ya está aquí el nuevo capítulo, aunque tendréis que releeros todos, que ya estarán olvidados!! :lol:

Capítulo XX: Enemigos naturales.

- Ramiro España, ahora –

No sabes qué coño te ha contado Froi sobre [i]saltos al precipicio [/i]pero has creído entender que te han lavado el coco. Estás sentado en el suelo de tu casa apoyado en la pared y viendo cómo Froi se marcha con tu sombrero puesto y gritándole al viento que Villaescusa lo va a pagar muy caro. Cuando se va te intentas incorporar, pero tu cuerpo se balancea y tus piernas apenas pueden contigo. Tiemblan como si fuesen de gelatina. Como si tuvieses miedo. Haces un titánico esfuerzo por ponerte de pie pero parece que ningún músculo de tu cuerpo quiera responderte. Te tambaleas para todos lados, como si te hubieses bebido, sin comer, una piscina llena de ron. A pesar de que te tambaleas no te caes y tu situación te recuerda a uno de esos muñecajos que tenías de crío que tenían una base esférica y que se movían hacia todos lados sin caerse. Pones una mano en la pared para ayudarte a subir porque tus piernas ya no dan más de sí, de tanto que tiemblan parece que solo quieran bailar el twist. Te muerdes con fuerza desmedida la manga de la gabardina del brazo que te queda libre. Y gritas por la impotencia, por el quiero y no puedo, dejando unas marcas de saliva ácida la zona que has mordido. La impotencia también te hace golpear la pared con la mano que te sirve de apoyo. Gritas de nuevo. Maldices. Blasfemas. Tu orgullo y tus cojones hacen que te pongas de nuevo en pie. Tu corazón se queja y lanza un ultimátum a tu cerebro para que te deje descansar aunque sea en el suelo. Pero tu cerebro comunica, incluso por la línea caliente. Notas que por tu esófago galopa tu desayuno, ese café y esos dos donuts que te tomaste en el bar después de visitar a Villaescusa, intentando trepar por tu garganta y huir por tu boca. Cuando ves que vomitas solo bilis entiendes que te han comido el coco, que te han hecho creer que has desayunado, que te han hecho creer ver a Luna muerta. Recuerdas la imagen que creíste ver de Luna muerta y eso te da el coraje que te faltaba para ponerte de pie y caminar. Tus piernas aún tiemblan, aunque ya no parecen gelatina, ni siquiera flan, ahora solo tiemblan como un adolescente en su primera cita. Sientes una punzada en el costado, como si te estuviesen taladrando el páncreas que, aunque no lo sabes, está inyectando en tu sangre un torrente de insulina para regular el déficit de azúcar que ha producido en tu cuerpo el salto. Interpretas esta punzada y el vómito de bilis como el chivato de la gasolina de un coche y llegas como puedes hasta tu cocina, y comes algo. Entonces evocas de nuevo a Luna tirada en tu sofá, muerta. Aprietas los dientes y cierras los puños clavándote las uñas en las palmas de la mano. Esta imagen te hace sentir miedo, incluso tiemblas. Y sientes que Luna está en peligro. Sientes que tienes que salvarla. “Salva a la prostituta, salva al mundo” – mascullas – y muestras una tímida sonrisa en tu cara, como la de un adolescente en la primera cita. Y pones en marcha tu caldera y tu nevera. Y empiezas a echar fuego por la boca. Y hielo por tu mirada. Y te vas para la comisaría, que tienes que currar, detener a alguien y salvar a la prostituta.

- Julio Gandía, antes -

Le late el corazón más rápido de lo normal, primero por el morbo que da coger y leer los papeles de otra persona. Abre el folio doblado por la mitad de Luna y lee la primera línea: “Luna, dulce Luna”. Esta línea ya le mosquea y el pumpum del latir de su corazón se acelera aún más, pero ya no por el morbo de leer un papel que no es suyo, sino porque ya sospecha (sabe) que es un poema dedicado a Luna (a su Luna) por el muerto de hambre o por el gilipollas de la canasta. Gandía se pone de mala hostia y terriblemente (e irracionalmente) celoso. Las yemas de sus dedos casi derriten el folio como si fuese una lámina de chocolate con leche, le hierve la sangre y le devoran los celos. Lee el poema y lo memoriza, se aprende cada palabra mientras su odio crece telescópicamente como la caña de pescar más larga del Decathlon. Arruga el folio y lo convierte en millones de papelitos de confeti coloreados con su odio y sus celos. Se repite cada estrofa del poema, mutilándose con cada una de ellas, que se le clavan en el corazón y el orgullo machito.
Luna, dulce Luna, - se repite en su cabeza llueve la soledad sin ti,y llora el cieloporque le falta la luna.
Luna, bella lunaamarga es mi libertady triste es mi vozsin tu mirada gatuna.
Luna, de ojos clarosde oscuros labiosde cabello de trigode escarcha de amorde sincero dolorde apresuradas risasy de lánguidos sueños.
Luna, de jardín tempranode semilla de besosde sentido perdónde silueta firmede musical desconciertoy de fatal perdición.
Luna, de mañana sin míLuna, de camino inciertoe indudable temblor.
Gandía memoriza la poesía y planea mil formas de estrangular al muerto de hambre y de degollar el puto jugador de baloncesto. Esos dos mierdas están revoloteando sobre (su) Luna. Le importa tres cojones quién haya sido de los dos, pero planea mil formas de matarlos y las memoriza todas, quizá algún día le sea útil.
Justo cuando planea la forma 1002 de matar a Javier Lagos y Andrés Reyes aparece Luna, que venía al recoger su bolso. El mismo bolso en el que había estado hurgando Gandía y del que le robó el poema.
- Vaya, pero si está aquí la dulce Luna… ¿pero de verdad llueve la soledad? Menuda chorrada… - Dice Gandía intentando disimular sus celos con unos gramos de ironía sin conseguirlo demasiado.- ¿Estás celoso, Julio? – Responde Luna, alegrándose en cierta medida de que lo estuviera.- ¿Yo celoso? ¡Y una mierda! Y menos del muerto de hambre o el tonto del culo de la pelotita naranja – Dice Gandía sin convencimiento, sabe que ella se ha dado cuenta y que su intento de disimularlos ha sido tan fútil como el que se echa desodorante en las axilas estando sudadas y pretendiendo eliminar el mal olor. Pero te voy a decir una cosa, Luna – continúa Gandía acercándose a ella y cogiéndola por el brazo, clavándole sus pulgares y derritiéndole la piel como si fuera una lámina de chocolate o un trozo de papel con un poema – tú eres mía (y solo mía) y así será mientras yo (y solo yo) siga sabiendo tu secreto, ¿te queda claro, no?
Luna no contesta, solo le mira con asco aunque disimula mejor que Gandía los celos y es capaz de hacerlo pasar por asentimiento. No contesta, solo se suelta de Gandía para terminar diciendo: “Me haces daño”.
- Porque estos dos mindundis – continúa hablando Julio – son unos perdedores, pero están jugando conmigo e intentando ser mis enemigos naturales, ¿y ya sabes qué hago yo con mis enemigos naturales, verdad? ¿Sabes cómo he llegado yo hasta aquí, no?
Ella no responde, solo le abraza, y le hace ver que es suya (y solo suya).Gandía memoriza ese abrazo (como hace con todo) y lo compara con sus registros anteriores y lo acepta como sincero.

- Froilán Caraballo, antes –
- Día del encuentro con el inspector Caraballo –
- (día de la primera y única derrota de Caraballo al ajedrez) -


Te pones de pie como puedes, y mientras notas cómo tu fuerza se va recuperando miras al tiparraco con bata blanca que hay frente a ti (por cierto, no tienes ni pueda idea de dónde estas). Cierras tu puño, le dices que apriete los dientes, le pegas un puñetazo con la fuerza de un tanque del ejército y lo dejas KO. Te llama la atención la consulta y le echas un largo vistazo. Ves en un diploma que tiene colgado que el tipo que hay tirado en el suelo y que ha saboreado tus puños se llama Eduardo Villaescusa, un doctor parece ser. Vuelves con él, lo levantas a pulso y le das un par de veces en la cara para que espabile. Cuento recupera la conciencia, le hablas.
- Espabila, Edu, ¿puedo llamarte Edu? Sí, seguro que sí, siempre puedo. Verás, doctor, tengo un jodido problema o una jodida virtud, a saber. He notado que cuando mis pulsaciones superan las 140 por minuto me vuelvo, digamos, muy muy fuerte pero, ah, terriblemente inestable. Esto solo lo sé yo, doctor, así que confío en su profesionalidad y en que no largará nada. O mejor que confiar en su profesionalidad, confío en que sepas que no te conviene tenerme como enemigo (natural), ¿capishi? Sí, seguro que sí, siempre lo entendéis. He estado trasteando tu chiringuito y veo que tiene muchos libros sobre temas del coco, del comportamiento humano y de las, cómo decirlo, capacidades, virtudes y dones de las personas. ¿Tengo yo un don, doctor? ¿Cree que puede ayudarme, Edu? Cuéntame de nuevo eso del alma, del cerebro y del acople de ambos, que no me he enterado muy bien y me interesa.
Mientras tienes cogido al doctor por el pecho, se recupera, te mira y te responde:
- Sí, puedes llamarme Edu. Sí, sé que no me conviene como enemigo (natural). Sí, tienes un don y muy posible que nivel 4. Sí, puedo ayudarte y gustosamente te cuento lo del cerebro y el alma – termina diciendo el doctor con una sonrisa de abismo y con voz de celda de alcatraz.

- Ramiro España, ahora –

Llegas a comisaría como llegó Maradona a casa el primer día que probó la coca, allí encuentras a Gerardo de la Santa y al chico nueva que nunca recuerdas cómo se llama. Ves que tienen el pasamontañas con la E mayúscula bordada a altura de la frente y te temes lo peor… te van a volver a pedir que hagas el numerito del capitán España. Oh, no, ahí vienen.
- Hey, Rami, menuda cara tras, tío, ¿estás bien? – te pregunta de la Santa con cierta preocupación pero sin soltar el pasamontañas.- Más o menos bien, chico. He estado mucho peor – dices intentando sonreír pero sin conseguirlo. - Tío, hazle a Joaquín la escena del capitán España, ¡que le va a encantar!- Veeeenga, dame el pasamontañas que lo hago – dices ahora consiguiendo sonreír esta vez.
Te pones el pasamontañas y gritas:
- SOY EL CAPITÁN ESPAÑA, ¿O ES QUE CREES QUE ESTA “E” SIGNIFICA FRANCIA? – vociferas señalándote con el dedo índice la letra bordada del pasamontañas.
- JUA JUA JUA JUA, JUA JUA JUA JUA – se descojona de la Santa mientras le dice al chico nuevo que hay que ser muy friki para pillarlo.
-Ah, Rami, por cierto, tengo información nueva sobre el caso Lagos/Reyes – dijo de la Santa olvidando ya la broma y poniéndose serio. Iba a llamar a Froi para contártelo pero ya te lo digo a ti también – continuó de la Santa – Froi me pidió un extracto de los movimientos bancarios de la última semana de las tarjetas de Federico Laviña y, ¿adivina qué? Compró con su tarjeta de crédito unos guantes solo una hora antes del asesinato de Javier Lagos y en la gasolinera más cercana al lugar. Interesante, ¿verdad?
Podría decir que esta noticia me sentó mal, esta prueba apunta con gran fuerza hacia Laviña como el asesino, pero estaba tan seguro de que era Gandía, al que había empezado a sentir como mi enemigo natural…
- Y otra cosa más, Rami, acaba de llegar el cartel de “Se busca” de Federico Laviña, que está en paradero desconocido y la prueba de la compra con la tarjeta le convierte en el principal sospechoso. Échale un vistazo, a ver qué tal.
Cojo el cartel y lo miro. Me cambia la cara al verlo, se me olvida lo mal que me encuentro y salgo pitando en busca de Froi.

martes, septiembre 04, 2007

Civil War 2


La máscara es la huella suave del héroe, la marca dulce, o unos ojos para mirar tras sus ojos, un color para el cristal con que se mira. La máscara es la belleza del ausente, el hombre tras la cortina o el as en la manga. Peter Parker es Spiderman. Lo sabíamos nosotros porque así se llamaba una de sus colecciones, pero no lo sabían la mayoría de los personajes ficticios al otro lado de la máscara, de esos ojos blancos polarizados. Peter Parker se ha quitado la máscara y ha dicho a todo el mundo que es Spiderman, que no se arrepiente de ello y está orgulloso. Peter Parker es Spiderman y se ha quitado la máscara sin saber dónde va pero sabiendo muy bien dónde no va a poder volver nunca. Ni al instituto. Ni a la redacción del Daily Bugle.
Peter Parker se ha quitado la máscara, quizá animado por Tony Stark, que quizá sea un pepito grillo corrupto.
Peter Parker rompe con su pasado mostrando su mayor secreto, quizá su mayor virtud, su mayor encanto o su mejor arma. Rompe con su pasado y arrastra con su máscara muchos de sus recuerdos, ya irrepetibles... no sabe dónde va, pero sí dónde no va a volver nunca. Arrastra con su máscara a forma de saco parte de lo que es, gran parte de su libertad y toda su intimidad.
Peter Parker se quita la máscara en público, y mete en ella los más jugosos gusanos... los mejores reclamos pero sin anzuelos para sus enemigos.
Y hay quien le odia. Y hay quien le mataría. A él y a ellas.
Peter Parker se quita la máscara, disfrazando a su libertad y su intimidad con las más elegantes camisas de fuerza y poniéndose el traje de moda que marca Stark y el registro.
Peter se quita la máscara y ya casi nadie puede mirarlo a la cara.

jueves, agosto 30, 2007

La entrada más amarga.




Esto no es un cuento, ni un relato. Es la despedida amarga. De un amigo que ni conocía en persona pero que era un amigo. Amarga como la mirada del otro, que nunca ves pero que siempre quieres ver. El 11 de junio nos dejó Sebas, uno de los grandes del PAMMHG, al que perdíamos siempre en las caídas y siempre recuperábamos. Esta vez no, amigo, maldita sea, y no sabes cuánto lo siento. Nos dejaste el 11 de junio, pero me acabo de enterar y ha sido un jarro de agua fría. Mil jarros de agua fría. No me hago a la idea, amigo mío, todavía de tu pérdida, de que siempre vas a faltar, como la mirada del otro. Te echaré muchísimo de menos, amigo, aunque todavía no me haga a la idea de cuánto. No puedo entender que no estés, no puedo entender que faltes. Todavía no puedo entender la amarga soledad que nos espera sin ti. No puedo entender que siempre vayas a estar desconectado en mi messenger, el hilo que me unía contigo a falta de conocernos en persona, cuando siempre estabas conectado y hablando conmigo de muchas cosas (amigo, spidey ya no será lo mismo sin ti). No puedo entender que ya no estés cuando eras el que más estabas, no puedo entender que ya no estés porque siempre me decías que las cosas había que hacerlas hoy y no dejarlas para mañana. No puedo entender que ya no estés, ni lo macabro de la jugada de dados de la parca para elegirte.


Hasta siempre, Sebas, amigo mío. No sabes cuánto te echaré de menos, ni siquiera yo me hago a la idea.

martes, mayo 22, 2007

Los regalos de la muerte XIX.

Los regalos de la muerte.

Capítulo XIX: Luna, dulce Luna.

- Luna Valdivieso, antes –

Julio Gandía se sienta a tu lado, en una nueva sesión, terapia o lo que sea este invento del doctor Villaescusa con el que dice que te va a curar tu mal. Gandía te sonríe con 1 parte de sinceridad y 9 de babas. Hace un movimiento lento y te pone el brazo por encima. Te incomoda, incluso te molesta, pero no haces nada. Sólo le devuelves la sonrisa con 1 parte de odio y 9 de asco.

Llega el doctor y saluda al grupo. Te pregunta cómo estás. Si estás mejor que ayer. Le contestas que más o menos igual. Él te asiente y te dice que es normal, que necesitas un par de días más para que empieces a notar una sensible mejora. A continuación os cuenta a ti y al resto del grupo que, hoy mismo, van a unirse 2 nuevos miembros al grupo y que deben de estar a punto de llegar. Dice, fascinado, que ambos tienen un don de nivel 4. Villaescusa alucinando, Gandía parece alegrarse, Laviña recela y parece proteger su brazalete con su brazo en forma de escudo, y tú, indiferente, escupes un “¡vaya!” más falso que un duro de chocolate. Te la suda, ni siquiera sabes qué significa tener un don nivel 4. Ni tampoco qué significa un nivel 3, al que perteneces. Sólo quieres volver a ser la misma. Quieres ser otra vez Luna, apasionada como ninguna.

Y de repente suena el timbre, y escuchas a Beatriz hablar con alguien. Reconoces enseguida la voz de ese alguien. Te pones un poco nerviosa, tu corazón palpita un poco más deprisa y con más fuerza, tanto que escuchas tu sangre circular por tus venas más cercanas al oído. Dios, es Javi, te dices. Y te alegras. Te alegras de que sea Javi, al que creías que no volverías a ver. Al que le habías dicho que no querías. Lo escuchas hablar con Beatriz y notas un punto de coquetería en la chica y un millón de puntos de más en Javi. Y te sientes celosa, a pesar de estar con Gandía y tener sus zarpas en tu hombro. Entonces decides fingir que te pica el hombro en el que Julio te tiene puesta la mano y se la apartas para rascarte confiando en que no vuelva a ponértela. El aguijón de los celos se te clava un poquito más con la risa de seducida de Bea y con la voz contundente de tu ex-amante.

Villaescusa dice que ya ha llegado el primero de los nuevos integrantes y dice que va a salir a recibirlo. Al instante regresa con Javi al que el doctor presenta al grupo. Y Javi, como siempre, entra como un torbellino en la casa de paja del cerdito del cuento. Notas que está nervioso, pero también como siempre, saca un as de la manga para compensarlo y empieza a chulear a Laviña, que se hace enormemente pequeño con los envites de Javi. Después de acabar con Laviña se vuelve hacia ti y te sonríe. Al principio le odias. Pero de repente te dice: “Hey, Luna”. Y te lo dice con su tranquilidad, su aire de despreocupado y su cierta mirada de cordero, que te recuerda al poema que te escribió, el que tituló “Luna, dulce Luna”. Con el que te enamoró. Con el que consiguió que te decantaras por él antes que por Andrés. “Hey, Javi” le contestas, con tu sonrisa de algodón de azúcar y devolviéndole la mirada de cordero degollado, que consigue ponerlo, de nuevo, un poco nervioso.

- Froilán Caraballo, antes –

(día de la primera y única derrota de Caraballo al ajedrez)

- Vaya, vaya, mira quién me llama, je, je, je, ¿qué querrá este ahora?... ¿Dígame? – digo, como si no supiese quién llama, al descolgar el móvil.
- ¿Froi? Soy Fede, ¿qué tal, tío? ¿Por qué no te vienes a echar una partida de ajedrez? Después de la partida del otro día creo que puedo ganarte... – me contesta con sorprendente confianza. Supongo que estará de coña... el otro día lo machaqué de manera humillante.
- Joder, Fede, al ajedrez serás un paquete, pero tirándote el pisto eres único. ¿Quieres que vuelva a machacarte? Está bien, tío, está bien. Salgo para tu casa.
- Aquí te espero, ¡y prepárate para tu primera derrota!

El camino hasta la casa de Fede lo aprovecho para pensar mil y una maneras de vencer y humillarlo en el tablero. Me entretiene la “pre-partida” tanto, que el viaje se me hace cortísimo. Cuando me doy cuenta, ya estoy en casa de Laviña, colocando mis fichas negras y pidiéndole Laviña una birrita bien fría.

Laviña me trae la cerveza, sin decir palabra y sin dejar de mirarme a los ojos. Me sorprende que sea así, porque normalmente mira al tablero, al techo o al suelo, pero no me incomoda que lo haga. Es más, tampoco le aparto la mirada. Coloca sus fichas sin dejar de mirarme, poniéndolas perfectamente en su sitio y de memoria. Cuando termina de colocarlas, hace su apertura.

- Apertura del peón del rey – te dice colocando el peón 2 posiciones más adelante, serio e inmutable, en lugar de su típico chiste “jaque, jaca tú que yo ya he jacao”.
- Tío, ¿estás bien? Estás irreconocible... – le contesto perplejo. Bah, si quiere tomárselo en serio, adelante, voy a machacarlo de cualquier forma.
- Sí, estoy bien, es tu turno - me dice con voz de saxofón antiguo pero afinado.

Hago la misma apertura, peón del rey y rápidamente mueve él, colocando el peón del alfil del rey 2 posiciones más adelante y ofreciéndome un gambito del rey*. Y se queda callado, en lugar de decir su manida frase: “gambito del rey... ¡el rey de los gambitos!”. Decido no aceptar el gambito y sacar el alfil para amenazar al caballo que ha dejado al descubierto con el segundo movimiento.

La partida transcurre de manera extraña, me cuesta ver la jugada y Fede siempre hace los movimientos que yo hubiera hecho, como si me leyera el pensamiento, como si ahora él en lugar de yo pudiese anticipar los movimientos. Me está puteando, jamás Laviña había llegado tan lejos es una partida. Ni Laviña ni nadie que se hubiese enfrentado a mí. Fede tenía la claridad de movimientos de Capablanca y la agresividad en ataque de Fischer. Había conseguido neutralizar mi ataque con una defensa incontestable y, para más inri, consiguió evitar que hiciese un enroque.

Y entonces llegó el momento que más temía...

- Mate en 2 – me dijo con voz de cuchillo afilado.

No pude decir nada, sólo mirar el tablero. Era mate en 2. Joder ¡ JODER !

Laviña no dejada de mirarme, impasible, sin decir nada, sin regodearse de su victoria incontestable.

- ¡ JODER ! – grito perdiendo los papeles y tirando el tablero con todas las fichas. ¡JODER!

Me siento derrotado, por los suelos, mucho peor de lo que nunca haya podido sentirme. Quizás no lo entiendas, es sólo una partida, pero para mí es algo muy grande. Jamás he perdido una partida, con nadie, nunca. Esto me resulta muy doloroso. Salgo a la calle, sin despedirme. Huyo gritando como un desalmado, como un paranoico. Mis pulsaciones rozan las 180 por segundo. Siento los ojos salirse de sus órbitas y mis puños cobrar una fuerza descomunal. Me acerco a mi coche y pillo a alguien intentando robarme la antena del coche.

- ¡¿ QUÉ COÑO HACES ?! – le grito, y le enseño mi puño con nudillos de garras de león, y golpeo el lateral de mi C3 hundiendo la chapa y desplazando unos centímetros el coche. La fuerza del puñetazo fue sobrehumana, incluso sobrepaquiderma (quizá proporcional a la de una araña). El chico que me intentaba quitar la antena se le puso la cara blanca como los 3 últimos años del Real Madrid y salió huyendo manchando sus calzoncillos con batido de chocolate... o similar.

Mientras insulto al chico huyendo, encuentro en mi limpiaparabrisas una octavilla que reza: “¿Tiene problemas que no le dejan vivir? El doctor Villaescusa tiene la solución. Llame y hablemos.” Pero no me salía de la polla llamar, así que como venía la dirección decidí acercarme en coche sin pedir cita previa. Y allí me presenté.

Me abrió directamente el tal doctor Villaescusa.

- Ru, ruuu – me dice, dejándote totalmente descolocado.
- ¿Qué coño dices? – le pregunto alterado.

Y me coge la mano. Y me dobla la muñeca. Caigo de rodillas del dolor.

- Ru, ruuu – me dice con voz de teléfono móvil sin cobertura.

Estando de rodillas, me pone la mano en la cabeza, y me la acaricia.

- Ru, ruuuu, azúcar... ru, ruuuu, no puedes.... ru, ruuuu – me dije de forma ilegible con voz de megáfono afónico.

Ahora me coge el pelo y tira fuerte de él. Me hace daño y va a pagarlo. Por mis cojones que va a pagarlo.

- Ru, ruuu, hasta que se consuma, ru, ruuuu, sólo puedo salvarte yo, ¿entiendes?, ru, ruuuu, y no puedes despertar, ru, ruuu – me dice con voz de iceberg derritiéndose.

Entonces me levanto, me pongo en pie a pesar de que me tambalean las piernas, le digo al tipo que tengo frente a mí que apriete los dientes y le golpeo con todo lo que tengo la repulsiva cara del tipo este. Cae al suelo inconsciente.
- ¿QUÉ COJONES DICES? – le grito alterado y recuperando totalmente la conciencia. Mientras le veo caer del puñetazo brutal que le he dado.

- Fede Laviña, antes –

(día de la primera y única derrota de Caraballo al ajedrez)

- Villaescusa, viene de camino Froilán Caraballo, le practico el salto al precipicio y te lo mando. – le dice por teléfono Laviña al doctor Villaescusa.
- Excelente, Fede. Si llega hasta mí y se confirma que es un don nivel 4 te habrás ganado el brazalete con creces. – Le contesta el doctor con voz de excitado voyeour.
- Ve preparando el brazalete – concluyó Laviña antes de colgar.

Fede esperó a Froi en la puerta de su casa escondido en una esquina. Esperó paciente, hasta que entró. Se abalanzó sobre el inspector y le puso 3 dedos en la cara. Luego 2. Y luego 1. Y, finalmente, le habló.

- Shhhh, tranquilo, Froi, tranquilo, déjate llevar.
- GARHHHGGG – apenas pudo articular guturalmente el inspector.
- Tranqui, Froi. Ahora vas a imaginar que te gano al ajedrez, con movimientos que harías tú. Y después de perder la partida te vas a dirigir a la C/ Alcorcón, 4, 6º B en Fuenlabrada. A la consulta del doctor Villaescusa pidiendo ayuda. ¿Lo entiendes?
- GIIIIRHHH
- Lo tomaré como un sí, Froi.

Y Froi, hipnotizado y cumpliendo órdenes, se marcha.

- Villaescusa, va para allá. Le dices al doctor cuando ves partir al inspector.

- Eduardo Villaescusa, antes –

(día de la primera y única derrota de Caraballo al ajedrez)

Abres la puerta y te encuentras a Froilán Caraballo, con los ojos en órbitas, en tu puerta. Se movía como si convulsionara, como si su sistema nervioso estuviese loco. Le das la mano y se la aprietas con fuerza. Con tanta que cae de rodillas del dolor. Por los síntomas deduces que Laviña le ha practicado un salto al vacío agresivo. Qué hijo de puta, piensas.

Le acaricias la cabeza, casi con amor. Tienes a tus pies y de rodillas a un presumible don nivel 4. Y está a tu disposición. A tus órdenes. Y no puede hacer nada que tú no le digas que haga. Y le empiezas a hablar.

- ¿Sabes, Froi? Puedo llamarte Froi, ¿verdad? Verás, Froi, te han practicado un salto al vacío agresivo. ¿Y qué quiere decir esto? Quiere decir que estás jodido. Que tu alma está es desacople con tu cerebro y que te están haciendo creer cosas que no están ocurriendo. Pero sí están pasando para tu cerebro. ¿Trágico, verdad? Sí, lo es, sobre todo porque tú no tienes ni puta idea de lo que está pasado. Te cuento, tus neuronas están funcionando como 100 veces más rápido de lo normal, el consumo de glucosa, es 100 veces mayor. Tu cerebro demanda azúcar, pero, a su vez, tus músculos, en tensión, palpitando, están demandando 100 veces más glucosa y, lo que es peor si cabe, 100 veces más de oxígeno. Que tú sólo puedes proporcionar a muy corto plazo. Tu cerebro, desesperado y por instinto, empezará a buscar oxígeno y azúcar de cualquier rincón de tu cuerpo. Cuando no encuentre nada, te lo quitará de las uñas, que se pondrán azules por la carencia de oxígeno, no puedes vivir si yo no lo quiero.

Entonces dejas de acariciarle la cabeza y le tiras del pelo con violencia.

- Estarás así hasta que se consuma todo tu azúcar o todo tu oxígeno, hasta que ya no quede nada en ti. Te consumirás como una supernova, sólo yo puedo salvarte, ¿entiendes? Estad a mí merced y no puedes despertar si yo no te lo ordeno.

Cuando acabas de hablar, Caraballo se pone de pie ante tu sorpresa. Ha salido, inexplicablemente, del salto al precipicio. No sabes reaccionar y escuchas que te dice: “aprieta los dientes” justo antes de descargarte un puñetazo con la fuerza de un Renault Fuego con el motor trucado que le hace caer al suelo inconsciente.

- Luna Valdivieso, ahora –

Despiertas estando desorientada y presa en un espacio muy pequeño. Oyes algo y ves que una puerta se abre. Aparece la figura de tu raptor, que reconoces inmediatamente.- ¡TÚ! – le gritas, y supones inmediatamente que él es el asesino de Reyes y Lagos.

jueves, febrero 01, 2007

Los regalos de la muerte (XVIII)

Después de un largo paréntesis, seguimos con Los regalos de la muerte con un nuevo capítulo que va especialmente dedicado a flux, druida, Selena e Isis. A disfrutarlo! :D

Los regalos de la muerte

Capítulo XVIII: El brazalete de Laviña


- Froilán Caraballo, ahora –

- “Tomo el mando” le dices a Ramiro España mientras te ajustas el sombrero que le has quitado y te marchas susurrando que Villaescusa lo va a pagar muy caro.

Tu corazón se acelera, te pones unos segundos los dedos en el cuello y calculas tu frecuencia cardíaca... más de 120 pulsaciones por minuto. Maldices a Villaescusa mientras sacas los nudillos como un león las garras. Te dices a ti mismo que vas a por él, a machacarlo. Va a pagar con muchos intereses el haberle practicado un salto al único poli que te sigue el ritmo de todo Madrid y una de las mejores personas que conoces. Vuelves a maldecir al doctor y te imaginas cara a cara con él y se te ocurren mil y una formas de vengarte, todas violentas, todas con tus puños con garras de león cabreado como protagonistas y tu corazón se desboca y empieza a parecerse a un motor de un ferrari alimentado con gasofa de un millón de octanos. Calculas que rozas las 150 pulsaciones por minuto e intentas calmarte, para ello acaricias ligeramente el ala del sombrero de España, inspiras por la nariz y espiras por la boca muy lentamente... casi 160 pulsaciones. Gritas a voz en cuello que no sirve de nada, blasfemas, maldices y entonces te sientes culpable. Te sientes tremendamente culpable por no haber compartido la mirada de hielo con Ramiro, ni la boca de fuego. Te sientes miserable por no haber llevado junto a él el peso de las termitas, por haberte apartado. Cuando tienes 180 pulsaciones por minuto te das cuenta que no hay otra salida. Que tienes que hacerlo. Que vas a hacerlo. Con las 180 pulsaciones decides hacerte el vaciado. Te paras en la acera, cierras los ojos y extiendes los brazos formando unos cuernos con los dedos y, tras unos segundos, los usas para cerrar el puño. Levantas ligeramente la cabeza unos segundos y luego la echas todo lo que puedes hacia atrás. Abres tus párpados pero tus ojos aparecen en blanco, como salidos de su órbita y te concentras. Piensas en el universo, en las estrellas, recorres mentalmente un viaje del Enterprise. Y al cabo de unos segundos has terminado el vaciado y aparece en tu rostro una sonrisa de tiburón, con la fuerza de tu corazón a mil por hora y la ambigüedad de la mueca de Mona Lisa, aparecen de nuevo tus ojos, que parecen estar otra vez en sus cuencas. Pero tus ojos son ahora inexpresivos, como si le hubiesen arrancado la vida, como si fuesen de cristal, hasta el marrón de tu pupila palidece pasando de ser de marrón brillo a marrón mate. Y tus pulsaciones bajan vertiginosamente, estabilizándose en las 40 por minuto.

Con tu sonrisa de tiburón disfrazado de Mona Lisa, tus ojos vacuos marrón mate y tus pulsaciones de Indaráin en sus mejores tiempos te marchas hacia tu coche, vas a hacerle una visita sorpresa al buen doctor mientras sonríes y te preguntas si Villaescusa le tiene miedo a los tiburones. Concluyes que sí y enseñas los dientes de tiburón.

Cuando llegas a tu coche te encuentras a un chico intentando robarte la antena de la radio. Te acercas a él tan tranquilo y venenoso como un campo de trigo y le dices con un tono de voz poco más potente que un susurro que deje la antena, que no es comunitaria, mientras haces un gesto con la mano y le preguntas que si lo pilla. El chico se vuelve con gesto amenazante clavando su pupila en tu pupila marrón mate. Y tú te metes las manos en los bolsillos, le sonríes y le dices... “poesía eres tú”. Y transformas su gesto amenazante en balido de cordero degollado paralizado por el miedo. Te acercas a él, sin superar nunca las 40 pulsaciones por minuto y le dices que esté tranquilo y que se marche a casa. Le regalas una sonrisa más de tiburón blanco y te metes en el coche.

- Javi Lagos, antes –

Villaescusa quedó impresionado con las citas que tuvo con Javier Lagos y Andrés Reyes. Hacía mucho tiempo que el doctor no se las había visto con personas con dones de nivel 4. De hecho, hasta ahora, sólo conocía a una persona que lo tuviera... Froilán Caraballo.

Así que el doctor decidió telefonear a Javi y Andrés para que se unieran a El Grupo. Enseguida consiguió contactar y convencer al primero, el jugador de baloncesto ni siquiera le cogía el teléfono. De momento se conformó con Javi, y quedó con él para una sesión con todos los componentes de El Grupo.

Javi no faltó a la cita. No sólo no faltó, sino que llegó con más de un cuarto de hora de antelación, cosa que delataba el interés desmedido que le despertaba este grupúsculo. Había hablado con el doctor de su don, de la teoría del conocimiento del alma, de El Grupo que lo forman gente con dones. Sí, tenía mucho interés, tanto como para hacerle llegar más de un cuarto de hora antes. Lo recibió la secretaria/enfermera.

- Buenos días, ¿ llego pronto, señorita...? – saludó Javi alargando la última a de señorita un par de segundos.
- Buenos días, señor Lagos, llega pronto pero no va a tener que esperar mucho. Por cierto, me llamo Beatriz Abad y... no quiero más chistes malos sobre nombres – dijo la secretaria con sonrisa picarona y con mirada expectante, como exigiéndole que le contara un chiste sobre nombres con la autoridad de las enfermeras de los pósters de los hospitales que piden silencio con el dedo índice entre los labios.
- Ja,ja,ja, pues vaya, se me acaba de ocurrir uno sobre tu nombre.
- ¿Con Beatriz? ¿Pero qué chiste puede haber sobre ese nombre?
- ¿Eso significa que quieres que te lo cuente, señorita Abad?
- Eso significa que de haberlo, es malo, muy malo.
- Ja, ja, ja, pues sí, es bastante malo. Pésimo, diría yo – dijo Javi con ese tono entre pasota y chulesco que tan bien le salía. Esta era su especialidad, hacerse el interesante.
- Pues nunca viene mal saberse los chistes sobre tu propio nombre. Dispare.
- Mujer valiente, sin duda. Está bien, ahí va... ¿sabes cuál es el masculino de Beatriz? – preguntó Lagos levantando un par de veces las cejas y luego arqueando sólo la derecha.
- Ja, ja, ja, ¡ni me había parado a pensarlo! ¿Cuál es?
- Beator – contestó Lagos y como suponía que no lo iba a pillar susurró: “Ya sabes, actriz... actor, institutriz... institutor...”
- ¡Pero qué malo! – exclamó la enfermera alargando la o un par de segundos.
- Pésimo, diría yo – añadió Javi sonriendo.

En ese momento llegó a recepción proveniente de un cuarto el doctor Villaescusa, que dio los buenos días a Javi y le pidió que le acompañase. El doctor lo llevó al cuarto del que venía. Estaba nervioso, y no es que los chistes malos lo pongan nervioso, es que la curiosidad lo desbordaba, como a los gatos.

En el cuarto, además del doctor había 3 personas. Al verlas se llevó un sobresalto. La sorpresa casi le hace gritar, pero aguantó estoicamente y guardó las formas.

- Javier, te presento a El Grupo. La chica se llama Luna Valdivieso, él es Julio Gandía y, por último, te presento a Federico Laviña.
- Los conozco a todos, doctor – dijo Javi tragando 3 metros cúbicos de saliva.
- Pero... ¿Cómo...? ¡Increíble!

Javi estaba mucho más que nervioso, casi arrancaba a sudar, le picaban las palmas de las manos y su boca estaba seca. Intentó reaccionar y miraba para todos lados, movía los ojos de un sitio para otro intentado encontrar algo que lo tranquilizase. Y se fijó en que Laviña, su prestamista, llevaba un brazalete puesto. ¿Qué cojones será ese brazalete? Se preguntó. Como vio que eso lo calmó un poco, insistió en ello.

- Fede, ¿y ese brazalete? – preguntó Javi a Laviña señalándose el bíceps.

Laviña quedó callado, confuso. Se le notaba una pizca de miedo y 2 cucharadas de inseguridad. Por momentos parecía que temía que se lo quitasen. Sentimiento que, por supuesto, Javi notó enseguida. No dudaría en aprovechar ese temor de Laviña para paliar el nerviosismo y las ganas de huir que tenía.

- A su debido tiempo lo sabrás, Javi – Le contestó como asustado Laviña, ocultando el brazalete que lucía en su brazo izquierdo y formando una especie de escudo con su brazo derecho.

Javi hizo un amago de ir a quitarle el brazalete y Laviña reaccionó de un respingo muy brusco.

- Tranquilo, Gollum, que no te quito tu brazalete para unirlos a todos – dijo Lagos entre risas. Mi tesssoro – añadió.

Laviña no le respondió con palabras, pero sí con una mirada de odio que aumentaría en 8 grados centígrados el calentamiento global del planeta.

viernes, diciembre 15, 2006

Amazing Spiderman 121 y 122

Amazing Spiderman 121 y 122: La muerte de Gwen Stacy

Reseña dedicada a Druida, que le gustaba más el spidey anterior al simbionte :p




Yo te maldigo, duende verde, porque has destrozado de un golpe todo mi ser. Me has golpeado, humillado, amarrado, envenenado. Me has privado de mi intimidad, duende verde, me has arrancado mi futuro, mis sueños y los has tirado al río Hudson. Has matado a la mujer a la que amo. Todo lo anterior te lo perdono, no es nada, pero esto no. Me planteo incluso matarte, duende verde. Sí, puede que te mate (no, matar nunca). Sí, puede que lo haga a pesar de ser culpa mía. Gwen murió por mi culpa. Le fallé. A ella y al capitán Stacy, al que le prometí en su lecho de muerte que la protegería. Ni siquiera soy capaz de proteger a la persona que más me importa. Es culpa mía, sí, porque debí dejar de ser Spiderman, debí dejar de llevar esta vida tétrica, oscura, de máscaras y puñetazos, de violencia. Debí ejecutar el Spiderman no more. Yo te maldigo, duende verde, porque incluso me haces sentirme responsable de tus malos actos.

¿Sabes, duendecillo? Me alegró verte morir. Disfruté viéndote agonizar. Casi reí al ver tu aerodeslizador clavado en tu pecho, destrozando lo que sea que tengas en el lugar donde debería haber un corazón. Tras mi máscara, duende verde, tenía una cara radiante de alegría. Quizá pude haberte salvado, pero ni lo intenté, duende verde, porque te odio con toda la fuerza con la que pueda dibujarme Gil Kane.

¿Que quién soy yo? Soy Spiderman