lunes, julio 03, 2006

Los regalos de la muerte (XII)

Los regalos de la muerte (XII): ¿Quién es el doctor Villaescusa?

Te tocas con tu sombrero más nuevo, te pones tu gabardina más elegante y te colocas frente al espejo, coqueteas contigo mismo y piensas si a Luna le gustarías así, si seguiría llamándote Flanagan. Me gusta que me llame Flanagan, dices. Sales al balcón de tu casa y admiras la puesta de sol, disfrutas con todos los atardeceres porque cada color de cada atardecer siempre es distinto... y único. Disfrutas porque se acaba o porque sólo lo bello se acaba o porque lo que nos queda siempre es lo bello. Según tu estado de ánimo piensas una cosa u otra. Hoy piensas que lo bello es lo que nos quedas y entre el color único del atardecer ves reflejada a Luna, esa puta del flower's sospechosa de dos asesinatos. Pero la descartas como sospechosa, lo bello es lo que nos queda, lo único puro, y ella es más bella que cualquier atardecer y piensas que a nadie ha matado un atardecer. Piensas que has venido a tu casa a ver la puesta de sol, como haces siempre que puedes, pero te descubres a ti mismo pensando que lo has hecho porque tienes que hacer una nueva visita al club flowers, a vértelas con Julio Gandía, y querías estar limpio y elegante por si la casualidad hace que te veas de nuevo con Luna. Te vuelves a sorprender a ti mismo porque esta es la tercera vez esta tarde noche que has pensado en ella, y siempre acompañado de un cosquilleo en el estómago. Descartas que sea por atracción sexual, cuando es de ese tipo el cosquilleo lo tienes un par de palmos más abajo. Te asusta pensar que te has enamorado con sólo haber estado unos minutos con ella, pero es que cada sonrisa de ella es un atardecer de color único.

De repente oyes sonar tu móvil, y antes de ir a cogerlo echas una última mirada a la puesta de sol y piensas que te gustaría tener una gabardina de ese color. Coges el móvil... Inspector España, ¿dígame?... dices. Son tus jefes y quedas a la escucha, y quedas perplejo, te están diciendo cosas que no quieres creer, el cosquilleo del estómago se convierte en un huracán salvaje, en una úlcera kilométrica o en un trozo de madera pasto de las termitas. Cuelgas y quedas tembloroso, tétrico, porque te has enamorado de la muerte, porque el atardecer está sangrando como un huracán salvaje, o como una úlcera kilométrica o como un trozo de madera pasto de las termitas. Te han dicho que Luna Valdivieso es la principal sospecha y que tienes que ir a detenerla inmediatamente. Te han contado que han encontrado el teléfono móvil de Andrés Reyes y que tenía una amenaza de muerte por parte de Luna. Te han dicho que la amenaza de muerte era debido a un secreto que tenía la prostituta y que conocía el asesinado y que tenía intención de contar. Joder, te han dicho que la detengas inmediatamente, y el hormigueo te hace una llave de judo en tu estómago. Menos mal que el cosquilleo no es un par de palmos más abajo, dices, soltando una pequeña sonrisa que pronto te tragas, y que pronto es devorada por el cosquilleo. Miras una vez más al atardecer, ya no está Luna reflejada allí... Y sales para el club flowers.

Llegas al club, como si fueses un volcán salvaje, y ves al camarero que habías chuleado la otra vez. Él también te ve, y se asusta de tu mirada, ardiendo como la lava. Lu-Luna no está, señor, te dice sin que le hayas preguntado nada, ya de-debería haber llegado pero no está, señor, continúa diciéndote. Te sorprendes de nuevo a ti mismo diciéndole que no vienes por Luna, como te habían ordenado. Y gritas, y explotas y el magma de tu estómago sale disparado por tus poros. Y le preguntas al chico que dónde está Julio Gandía, y adornas la pregunta con muchísimos exabruptos, sin repetir ninguno, únicos, como el color de los atardeceres. El camarero, acojonado, te acompaña hasta una puerta que el chico te dice que es la de su despacho, y se va, y llamas a la puerta...

- Toc, toc, toc
- Vaya, vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí... – te dice Gandía al abrir la puerta y ver que tú lo buscabas. Pero si es el famoso “Flanagan” te continúa diciendo con cierta ironía. Si buscas a Luna no está aquí.

Te cuelas en su despacho, cierras la puerta tras de ti y lo coges por el pecho. Vengo por ti, le dices y le clavas en los ojos una mirada de hielo ardiendo en lava. Y quiero respuestas, ¿me oyes? Le dices desafiante, con tus manos apretando cada vez más el pecho de Gandía. Le dices que sabes que Luna tiene un secreto, pero no dices nada de la amenaza de muerte a Andrés Reyes, en el fondo lo haces porque estás convencido de que Luna es inocente y quieres demostrarlo, incluso temes que quieras demostrarlo a cualquier precio... como colándole el muerto a otro, y piensas que el ideal es Gandía, un rival menos, y te sientes absurdo pero ya crees estar seguro de estar enamorado con sólo unos minutos que has estado con ella. Gandía se asusta, y ves en sus ojos los de un cordero, y se asusta aún más cuando te oye decir lo del secreto de Luna. Tengo preguntas, le insistes, y quiero respuestas. Empecemos, a) ¿Cuál es ese secreto? b) ¿Dónde estabas los días y horas de los asesinatos de Javier Lagos y Andrés Reyes? He oído decir que les odiabas a muerte a los dos y c) ¿Dónde cojones está Luna?
Ves que a Gandía le falta el aire y le sobra el miedo y te preguntas cómo te verá para que esté tan asustado, si no eres más que un poli con gabardina al que llaman Flanagan. Y lo agarras más fuerte de la pechera y le clavas más miradas de hielo ardiendo y Gandía se rinde y te dice que no sabe dónde está Luna, que ya debería estar aquí y te contesta que en los días y en las horas de los asesinatos estaba en la consulta del doctor Villaescusa y te sorprendes cuando te dice que allí también iban los asesinados y aún más cuando te dice que también iban Federico Laviña y Luna. Y sueltas a Gandía cuando te contesta a la pregunta “a” y Gandía cae y le sigue faltando el aire, y le sigue sobrando el miedo aunque tú ya no tengas hielo, ni lava, ni termitas ni úlceras, ya no te queda nada, ni capacidad para sorprenderte porque la has agotado toda al saber que el secreto de Luna es que es seropositiva.

Y lo único en lo que se te ocurre pensar es en quién cojones es el doctor Villaescusa, para apartar de tu mente a Luna y su secreto, y ya no recuerdas el atardecer, de color único, que nunca más volverá.

7 comentarios:

Druida dijo...

Las evidencias parecen incontestables, de hecho parecen "sospechosamente" incontestables. Demasiado claras para que un detective tan retorcido como nuestro protagonista, las acepte como válidas :o).
Y ese Dr. Villaescusa en el que convergen todos los caminos resulta cada vez más similar a una tela de araña tejida para ir atrapando uno a uno a todas esas pequeñas hormigas que sirven de alimento a su tejedora, pero ¿quién será en este caso esa mano tejedora? ;o)

Birk dijo...

Vas perfilando a tu principal sospechoso, druida? Llevamos 3 de momento y te puedo adelantar que sólo queda uno más. Una vez presentado este último, pero no por ello menos importarte, empezaremos con las apuestas. ;)

flux dijo...

Poco a poco voy atando cabos...

flux dijo...

El profesor explicaba:
"Un cable eléctrico conduce la corriente para equilibrar la carga desde un extremo al otro".
El niño preguntó: "¿Cómo los abrazos?"
"Como los abrazos", -respondió el profesor....



Fran Reca

Birk dijo...

¿Fran Reca? Ese no es un cordobés nacido en el 78... ¿de qué me suena? jejeje. Muas!

delon dijo...

Ya estoy enganchado Birk. A la espera de que llegue el siguiente relato. Salu2

Birk dijo...

jajaja, ya te los leíste todos, delon? Decirte que está a punto de salir el siguiente y que puedo adelantarte el título: "Ya eres mío, Laviña / Ya te tengo, Gandía"

Puedes amenizar la espera con los otros relatos (todos autoconclusivos :p)