viernes, julio 06, 2012

House se marcha de casa


Embargan House, que era una serie como una casa. Cierran el hospital abriendo una herida. Y acaba a lo grande, quizá de la única manera posible, con House convertido en una casa en ruinas. Con un monstruo haciendo de Wilson su casa. Wilson tenía al enemigo en casa, con un punto de ironía amarga, como tenía toda la serie. House y Wilson, con su cierto aire, más allá de unas iniciales, a Holmes y Watson tiran la casa por la ventana en este final de temporada que es final de serie. Punto, set y partido. Y torneo. Si algo he aprendido de esta serie ha sido a) que nunca es Lupus y b) que hasta el caos busca el orden, busca ese equilibrio como objetivo obsesivo. Que las piezas encajan y que los saltos hacia atrás, a veces, son para tomar carrerilla (aunque sea con cojera).



Me quedo especialmente con un momento de este final de temporada que define a la perfección la relación entre House y Wilson, que siempre ha sido un tira y afloja. Un tensar la cuerda. O un camina o revienta. Incluso un camina y revienta. Me quedo con un momento de esta temporada, y es cuando Wilson decide someterse contra toda su lógica conservadora a un fiero tratamiento contra su cáncer en casa de House. Sufre mucho dolor y cuando ya no les quedan calmantes House empieza a suministrarle su reserva particular de vicodina. Le miente a Wilson diciéndole que tiene mucha (todo el mundo miente). Y mientras Wilson descansa se ve a House retorciéndose de dolor en su pierna. Y se ve que apenas tiene vicodina. Por un segundo se ve el rostro y la mirada del actor. Deja la vicodina y se toma un trago de whiskey. Por una vez House es el que sacrifica en la relación.



House, maldito, tu serie era un hogar y ahora me echas de casa.


lunes, mayo 14, 2012

Ismael Serrano - Todo empieza y acaba en ti.



Elige un punto de tu mundo o de tu vida. Ese punto será el punto de partida. Traza un una línea infinita que sea el trayecto: serán las curvas del cuerpo de la mujer a la que amas (o el hombre al que amas). Anda con vértigo por esa línea que es un trayecto, sin red ni salvavidas. Ni paracaídas. Escucha "Te odio" para sacudirte de una la parte de ti que hasta tu sombra repugna. Contra el miedo, canciones. Contra la crisis, canciones. Mantén tu equilibrio con "Te debo una canción", acostúmbrate a ese vértigo de déficits y disfruta con ello. Que te ladren, tú cabalga. Contra la falta canciones. Contra la ausencia canciones. Ponte "Semana" y agárrate con todas tus fuerzas a ese susurro atávico de Ismael. Sigue con paso firme tu semana y tu trayecto. Contra la nostalgia, poesía hecha canción. Sigue adelante, prefiero a un hombre derrotado que a un hombre sin alma. No dejes de oír "Yo era un hombre solitario" una canción con alas arañadas de novela. Contra la soledad, literatura hecha canción. No te pares, continúa con "Por fin te encontré" porque nada está perdido, porque nunca necesitaste un rastro para encontrarla, ni un camino de baldosas amarillas. Contra la pérdida, canciones. Contra el silencio canciones. Sigue por ese trayecto infinito que dibujaste y oye "Con una pena de muerte" para maldecir las injusticias y las pesadillas, los traumas y el azufre en las heridas. Contra el dolor canciones. Para luego ir en tu andar seguro escuchando "Habrá que someter a Referéndum" con el fin de ahogar tristezas y amarguras, para tomarle aire y granos de arena al reloj de arenas movedizas en el que te hundes. Tu salir de corazón te sacará a flote. Contra este otoño de libros, canciones. Entonces escucha "Despierta"  que ya estás en el abril de tu camino, continúa tu trayecto aunque estés agotado, supera las cortinas de humo de tu camino. Contra la fatiga, canciones. Y "Mientras tú llegas" me inyecto como droga las agujas del reloj de tu tiempo sin ti. Acaba tu trayecto. Marca con una X el final (la X siempre marca el lugar). Si es donde empezaste puedes decir que "Todo empieza y todo acaba en ti". Seguiste el camino correcto.

martes, enero 10, 2012

Señor Paracaídas

Se sienta en el suelo, triste, y se apoya contra una pared fría y bajo la presión de una espada invisible. Se tapa la cabeza y parte de su cara con su gorro de lana, tal vez por el frío tal vez porque se siente un poco más seguro escondiéndose en su nada, regodeándose en su burbuja.

- Lo he vuelto a hacer, lo he vuelto a hacer… - repite El Chapas entredientes a una calle desolada.

- ¿Tan tremendo es lo que has vuelto a hacer? – Le dice una cara amable que surge de la nada de la calle desolada. Se saca un Marlboro y se lo ofrece a El Chapas que lo acepta con la mano temblorosa. La cara amable toma otro y se lo enciende.

- Gra.. gracias por el piti, tío. Toma asiento – dice El Chapas con la voz más temblorosa que la de sus manos y señalando al suelo. Bueno – continúa – para mí es grave, y me siento como cayendo en un pozo oscuro sin fondo ni luz al final del túnel.

- En mi tierra se suele decir que lo más grave de una caída es la gravedad – dice cara amable expulsando una buena bocanada de humo.

- Vaya, gracias, señor paracaídas, porque apareces así como de la nada, como caído del cielo. Tu tierra debe ser cuna de filósofos. – Replica El Chapas un poco perturbado por el tipo paracaídas este que se le ha sentado… ¡no habrá suelo en las calles! – piensas -

- En cierto sentido, sí. – Contesta el señor paracaídas mostrando un sucedáneo de sonrisa que le hace la cara aún más amable.

- Je, ya veo, perdón por la tontería, paraca, ¿en cierto sentido eres mi paracaídas o en cierto sentido tu tierra es de filósofos? Y, por cierto, ¿de dónde eres? – responde El Chapas destensando un poco su rostro y contagiándose un poco de la sonrisa del señor paracaídas.

- Ambas. Y soy de…¡Nunca Jamás! – Exclama el señor paracaídas endulzando el rostro.

- ¡Oh, vaya! ¿Y eres Campanilla o Peter Pan? – pregunta intrigado el cada vez más jocoso Chapas.

- Soy… ¡Pedro Bread! Y vengo a enseñarte a volar – le contesta dicharachero el señor paracaídas.

- ¡JA! Ya veo, ya, y eres un pedazo de pan – contesta sonriente El Chapas. Gracias, Pedro, o como coño te llames. Me has animado, realmente eres mi paracaídas, tío.

- Te lo dije, vengo a enseñarte a volar – le dice Pedro mientras le pasa unos gramos de coca a El Chapas.

- No, tío… no quiero esta mierda. – Le dice apagándose de nuevo, cayendo de nuevo.

- Hey, quédatela, si la quieres tómala, si no tírala, tú decides – dice Pedro apurando la colilla. Tú decides, tío, tienes que aprender a volar – continúa mientras se levanta y se pira. Tú decides - grita de lejos mientras se aleja.

El Chapas se termina la coca ese mismo día y a la mañana siguiente vuelve a la misma calle…

Se sienta en el suelo, triste, y se apoya contra una pared fría y bajo la presión de una espada invisible. Se tapa la cabeza y parte de su cara con su gorro de lana, tal vez por el frío tal vez porque se siente un poco más seguro escondiéndose en su nada, regodeándose en su burbuja.

Lo he vuelto a hacer, lo he vuelto a hacer… - repite.

lunes, enero 09, 2012

Muertos Vivientes.




La excusa son los zombies. El decorado de corchopán son los muertos vivientes. La verdadera intención de Kirkman es llevar al límite al ser humano. Afilar ese instinto animal anestesiado y apagado que tenemos los hombres. Porque, querido lector, el humano es el más complejo de los animales. Y el lado animal de un hombre, sin duda, es el que más aristas y más espejos tiene. Un león apretando los dientes o rugiendo asusta que te cagas. Un hombre apretando los dientes y rugiendo asusta más.

El envoltorio son los zombies. El caramelo de dentro es descubrir a través de Kirkman de qué puta pasta están hechos los hombres, de cómo bordean el precipicio, de cómo sacan a relucir sus sombras que asfixian y de qué manera a las pocas luces que quedan cuando el instinto animal se zampa a la razón, al juicio y a la cordura.

El atrezzo son unos muertos vivientes sin luces, tan peligrosos como torpes. El auténtico propósito del genial autor es desvelar la auténtica naturaleza de unos hombres que son unas bestias, de correr la cortina de humo que crea la sociedad, de quitar máscaras y mostrar cartas. De exponer la fuerza psicológica y la energía mental de los supervivientes, de la debilidad animal de los que caen.

Los zombies son las palomitas, el maquillaje. Lo que realmente da miedo es el hombre al límite. Lo que es capaz de hacer el hombre que está contra las cuerdas, la espada y la pared. Las cosas que es capaz de hacer. Eso es lo que asusta. Eso es lo que me pone la piel de gallina.

Los zombies son un chascarrillo. Y el hombre es el que mete miedo.

miércoles, diciembre 21, 2011

Alberto Ballesteros.


Hace un frío intolerante en Madrid, el invierno nos ha invadido sin hacer prisioneros y ha degollado a un otoño que apenas nos ha habitado unos días: las hojas caen congeladas de los árboles. Hace un frío vehemente en Madrid que tirita carteras y apaga alientos de dragones, pero aún quedan refugios y caminos a Oz, aún quedan guitarras para zurdos y armónicas afinadas. Anoche hubo un refugio cálido en el Libertad 8 en el concierto de Alberto Ballesteros, que puso contra las cuerdas a este invierno traicionero y despiadado.

Hace un frío de cueva en Madrid, pero Alberto nos trasportó a Solly Street a bucar pelea, yerba o quedarnos demasiado despiertos. Adonde arden las naves y donde no te piden las llaves. Decidido iba marcando el ritmo del concierto, descubriéndonos el camino a Oz de baldosas amarillas. Nos recitó sus canciones, nos las contó como un cuento melancólico de final feliz.

Hacía un frío de estalactita en Madrid, pero nos cobijamos al calor de las canciones de novela de Alberto, que se batía junto a Héctor Tuya, guitarras enfrentadas, en duelo a muerte contra la desidia para vencerla. Y para conseguir un directo que mejora a la grabación.

Hacía un frío de mármol y de acero en Madrid, pero lo vencíamos una vez más con “No habrá dolor” que perfeccionaba una vez más y un poquito más. Esta canción muestra siempre un rincón nuevo donde tomarte una copa, descubres cada vez que la toca una nueva esquina que no habías girado. Un nuevo sentido que se te había escapado.

Hacía un frío de escarcha en Madrid, pero el blues sigue vivo y Ángel Pastor aún tiene la armónica afinada y afilada para encender la chispa adecuada que tumbe cualquier frío de cualquier ciudad, a ambas orillas del río.

viernes, noviembre 18, 2011

Mar donde naufragan mis recuerdos.

Un atardecer más vuelvo a la orilla de esta playa salvaje y virgen a disfrutar de una nueva y única puesta de sol. Me quito los zapatos y meto mis pies, aún con los calcetines puestos, en la orilla. El agua está fría y cortante como la mirada de un asesino despiadado. Incluso me duelen los dientes de lo fría que está. Me como un puñado de pipas y escupo las cáscaras lo más lejos que puedo. Soy tan patético en esto que muchas veces caen en mi abdomen. Doy un buen sorbo a mi cerveza, mi garganta me lo agradece (o se queja) con un sonoro eructo. Me relajo y arrojo todos mis recuerdos y momentos negativos en este inmenso mar, a ver si se ahogan. A veces, los muy hijos de puta, arrastran con ellos algunos de mis recuerdos y momentos positivos, el precio a pagar por poder volver a empezar un nuevo día. Miro al sol, brillante y penetrante, casi tocando el borde un mar que a saber dónde acaba, casi rompiendo un horizonte más limpio que las bragas de una virgen. Me recuerda a una moneda a punto de entrar en una tragaperras o en una máquina de esas con joystick y grúa con la que nunca he conseguido atrapar ningún peluche. Casi espero encontrarme dibujados 3 cirsas en el cielo o que una grúa gigante intente atrapar a una sirena perdida en este mar. Suena una alarma de fondo, tal vez sea el barco del arroz, ese que está tan perdido. Yo creo que son los 3 cirsas y que me han tocado las especiales. Araño como loco la arena de la playa, como intentando encontrar las monedas. El graznido áspero y sucio de una gaviota me saca de mi trance. Una vez más me quedo sin monedas. Una vez más estoy a punto de gritar queriéndome tragar los puñados de arena donde, seguramente, esté aún la colilla del piti que me fumé ayer.

Me tranquilizo, me quito de la cabeza la idea de comer tierra y colillas… mi estómago me lo agradecerá. Ya más calmado me levanto y me limpio las cáscaras de pipas que me quedan por el cuerpo. Una ola intenta arañarme los tobillos, intuyo que son mis malos recuerdos depositados en este mar intentando volver a torturarme. Ahí las dejo naufragando. Los necesito ahí para poder empezar un nuevo día.

Antes de irme dedico un último vistazo al sol, que está siendo devorado y asfixiado entre el horizonte y el mar. Volverá a nacer un nuevo sol, como volveré a nacer yo.

Vuelvo, mi tutor me espera, como cada día. Me abraza y me dice que lo he conseguido un día más, que ya llevo 3 meses sin jugar a las tragaperras. “Je”, le digo y me callo, y pienso para mí que juego a diario en esta playa. Aunque nunca alineo los 3 cirsas ni nunca pillo a la sirena de cintura mareante con mi grúa imaginaria. Como siempre esta última parte la ahogo, como un mal recuerdo naufragando en un mar apagasoles.

lunes, septiembre 19, 2011

Tres formas de perder la cabeza

La oscuridad del bosque es tan densa como un pastel de tres chocolates, camino junto a las vías de tren más tétricas que haya visto nunca, pisando a saber qué, tal vez hojas muertas de un árbol que ya no existe o crujientes cucarachas que fueron buscando un lugar donde morir. Camino junto a las vías como si fuera un río muerto y contaminado, donde sólo habitan zapatos, latas de cocacola y condones con nudo.

Respeto mucho a esas vías, que me susurran un graznido con desprecio, tal vez me estén insultando. Acerco mis oídos a ellas y su silbido punzante me chilla que un tren se acerca, aunque aún está lejos. Es el momento de coger al toro por los cuernos y al tren por la chimenea. Tengo miedo, claro que tengo miedo, y eso es bueno, ¿acaso no es el miedo el brazo más fuerte con el que me agarro a esta vida? Me pongo de pie sobre las vías y escupo en ellas un lapo de varios centímetros de radio. Sonrío tenuemente – el tren va a derrapar, digo –.

Me meto las manos en los bolsillos y me voy a mi sitio favorito de la vía, justo donde está la curva más cerrada, andando por uno de los raíles creyéndome un malabarista perdedor. - ¡Y sin red!, grito, sacudiendo una sonrisa que no proyecta nada de luz - Nunca me he explicado cómo coño se las apaña un tren para tomar esa curva – reflexiono cuando dejo de sonreír como una maldita hiena -.

Acerco de nuevo la oreja a la vía, el raíl casi me muerde la oreja con un chirrido eléctrico y perforador. Ya casi está aquí el tren. Pasajeros al tren.

Me llamo Marcos, y estoy a punto de perder la cabeza.

Me pongo en mitad de la vía, con unas manos cobardes que se esconden cabizbajas en mis bolsillos. Mi pupila se sale de las órbitas al ver, ya no tan lejos, el foco del tren que se acerca como una manada de velociraptores intentando arrancarme a dentelladas la vida. Trago un depósito de saliva mezclada con un puñado de mocos y que hubiese preferido escupir. Me tiembla el pulso y mis pulsaciones rozan las 160 por minuto. Mi pies dudan y quieren salir corriendo, mientras yo les ordeno vehemente que se queden donde están, como si fueran un par de perros malcriados. El tren se acerca y empieza a pitarme – Es porque soy guapo, rico y muy bueno, me digo para espantar al miedo, aunque es tan efectivo como intentar derrotar dragones con cazamariposas -. Mi esfínter anal pierde el pulso – esto sí que es un pastel denso de tres chocolates, me digo -. Mi vejiga explota en un recuerdo húmero entre mis piernas. No me muevo de las vías. El tren está a unos 200 metros. Aprieto los dientes y me trago los empastes, las fundas y una muela del juicio. Saben a sangre, arena y barro. El tren está a unos 100 metros. Y yo estoy quieto en mitad de la curva relampagueante. Un torbellino de adrenalina se apodera de mi sistema circulatorio. Tengo una erección de caballo en celo – no por lo largo, sino por lo eficaz -. El tren está a 50 metros. Cuanto hacia atrás desde cinco. Cuando llegue a cero saltaré y caeré sobre las hojas muertas o las cucarachas como un saco de mierda. Cinco… el foco del tren me mira como un cíclope imparable… cuatro… noto como trozos de carne de la palma de mi mano pasan a formar parte de mis uñas de gato manso… tres… mi corazón empieza a quemar el leño rojo… dos… mis pies quieren saltar, salvarse, pero no se atreven a desobedecerme, son aún más cobardes que mis manos… uno… me corro encima, adornando el recuerdo húmedo… cero… salto justo a tiempo y evito el tren. Respiro aliviado en el suelo, que me recoge con sus manos rocosas y asquerosas. Tirito de miedo, pasión o frío. Mis manos tiemblan como las alas de un colibrí harto de cafeína. Mis pies están dormidos, como si un millón de hormigas carnívoras se estuviesen dando un festín a mi costa. En fin, que me siento vivo de nuevo, me siento feliz de nuevo. Hora de volver a casa.

Estás en la barra de un garito que no sabes ni cómo se llama, como te gustaría que pasara con tus amantes… si los tuvieras. Sientes que no estás, que no respiras. Que no tragas ni palpitas. Sientes que no sientes nada, que es la peor de las cosas que puedes sentir. Necesitas algo diferente que te estimule, un golpe de efecto que te descoloque y te desmarque de una vida que no sientes como tuya. Necesitas hacer algo urgentemente porque el aire ya no cala en tus pulmones coloreados con un amarillo nicotina. Te bebes de un sorbo el gintonic que te has pedido, aunque la tónica sigue entera. Te vas al baño, esperando encontrar un poco de aliento, un poco de salsa para tu sosa vida. Ves el espejo inmenso que tiene el baño. Te ves en él y no te gusta lo que ves.

Te llamas Rosa, y estás a punto de perder la cabeza.

Te apartas un poco del espejo, que casi te insulta con lo que te enseña, porque la verdad es el arma que más duele, que más se clava cuando te atacan con ella… porque difícilmente tiene defensa eficaz. Te alejas otro poco, para verte un poco difusa, para que el color de ese cristal con el que te miras sea un poco distinto, como si alejándote la luz fuese a mostrarte otra cosa. Y parece que lo consigues, parece que ya no eres tú quien está delante del espejo sino alguien mejor. Alguien que siente. Te muerdes los labios escasos de besos, te clavas los dientes hasta saborear el cálido paladar que tiene tu sangre. Tocas tus senos, que empiezan a endurecerse y a querer asomar como un pollo recién salido del huevo. Te gusta lo que ves en el espejo: alguien que siente. Tú jamás sientes, y te machacas por ello. Notas un ruido en algún lugar del baño. Eso te excita y casi ruegas que entre alguien. Alguien que te bese: que te haga sentir.

Te buscas entre las piernas, donde tienes un pequeño oasis que casi siempre es un espejismo. Esta vez no es un espejismo. Esta vez sientes. Tal vez porque lo que ves en el espejo no es la realidad. Pero te da igual. Sientes. Acaricias tu botón y formas pequeños círculos, como rodeándolo. Escribes la palabra deseo sobre tu abdomen y deseas con todas tus ganas tomarte un sorbo de ti usando tu ombligo como vaso improvisado. Tu garganta ruge, tus dientes desean arrancar un poco de sabor carnal de un aire cargado de tabaco. De repente alguien abre la puerta, tu cuerpo se pone en tensión, gimes derramando un susurro que llena el baño de destellos. Miras al espejo y ves a alguien feliz, a alguien que pierde la cabeza por ganarle a la vida un racimo de sentimiento. Quien quiera que sea decide no entrar. Tal vez te ha visto, tal vez le ha surgido otra cosa. Ya no te importa: ya sientes. Y pierdas la cabeza mientras te corres y disfrutas de la imagen que ves en el espejo. Te retuerces de placer como una cometa luchando contra un tornado.

Te sientes viva de nuevo, te sientes feliz de nuevo. Es hora de volver a casa.


Siempre la ha gustado mucho su nombre. Aunque es de las pocas cosas que le gustan de ella. Le dicen que es demasiado controladora para ser feliz. Que no arriesga nada. Que nunca muestra sus cartas ni pronuncia una palabra más alta que otra. Que la mayor locura que ha hecho ha sido no pagar una multa en los primeros 15 días. Se siente avergonzada por ello, pero es que tenía a su hija en el hospital y no podía ir a pagarla. Tuvo que conformarse con pagarla a los 20. Su vida está llena de huecos de experiencias que no podrá llenar fácilmente Ya no sabe qué hacer para salir de esa jaula autoimpuesta de control, de riesgo cero y apuestas seguras en la que se ha encerrado. Hoy quiere cometer una locura: Va a ir a un concierto de Dream Theater. Apuesta arriesgada teniendo en cuenta que sólo ha ido a conciertos de Los Pecos. Disfruta de las canciones, de los combates a muerte de John Petrucci contra una guitarra atronadora y maravillosa.

Se llama Jimena, y está a punto de perder la cabeza.

Mastica un chicle sin azúcar que se deshace entre sus dientes. Se lo traga, nerviosa, porque está a punto de colarse como una vulgar loca en el escenario. La noche es fría y clava sus rayos de hielo sobre su fina piel. Se aparta de la muchedumbre y se desnuda entera dejándose sólo una máscara que le tapa parte de la cara. En sus tetas escribe: “Kevin, quiero un hijo tuyo”. Sueña con vestirse e irse. La parte razonable de tu cabeza que siempre te ha dominado se deshace como un chicle sin azúcar entre tus dientes. Pero sus ganas de salir por una vez del tedio, de su jaula, de tomar un puto sorbo de aire fresco pueden y le animan a cometer la locura. Sueña con que huye volando, con que el universo va a protegerla de todo. Se da una guantada y se convence de que ella es la única que puede protegerse. Reúne el valor que le queda a regañadientes y sale al escenario. Desnuda como los deseos más tiernos de un bebé. Desnuda como un pequeño pájaro que quiere volar sin apenas plumas. El concierto para. Se hace un silencio casi completo. Se escuchan algunos silbidos, no, lo que se escucha es un tren a lo lejos, se escucha un gemido de una chica saciándose. Se escucha, por fin, el sonido metálico de una jaula y unos grilletes que se rompen. Todos la miran y, de repente, se quita la máscara. Kevin, el cantante de Dream Theater, deja de cantar y le aplaude. Todo el mundo le sigue. Todo el mundo le aplaude.

Se siente viva de nuevo, se siente feliz de nuevo. Es hora de volver a casa.