lunes, enero 09, 2012

Muertos Vivientes.




La excusa son los zombies. El decorado de corchopán son los muertos vivientes. La verdadera intención de Kirkman es llevar al límite al ser humano. Afilar ese instinto animal anestesiado y apagado que tenemos los hombres. Porque, querido lector, el humano es el más complejo de los animales. Y el lado animal de un hombre, sin duda, es el que más aristas y más espejos tiene. Un león apretando los dientes o rugiendo asusta que te cagas. Un hombre apretando los dientes y rugiendo asusta más.

El envoltorio son los zombies. El caramelo de dentro es descubrir a través de Kirkman de qué puta pasta están hechos los hombres, de cómo bordean el precipicio, de cómo sacan a relucir sus sombras que asfixian y de qué manera a las pocas luces que quedan cuando el instinto animal se zampa a la razón, al juicio y a la cordura.

El atrezzo son unos muertos vivientes sin luces, tan peligrosos como torpes. El auténtico propósito del genial autor es desvelar la auténtica naturaleza de unos hombres que son unas bestias, de correr la cortina de humo que crea la sociedad, de quitar máscaras y mostrar cartas. De exponer la fuerza psicológica y la energía mental de los supervivientes, de la debilidad animal de los que caen.

Los zombies son las palomitas, el maquillaje. Lo que realmente da miedo es el hombre al límite. Lo que es capaz de hacer el hombre que está contra las cuerdas, la espada y la pared. Las cosas que es capaz de hacer. Eso es lo que asusta. Eso es lo que me pone la piel de gallina.

Los zombies son un chascarrillo. Y el hombre es el que mete miedo.